miércoles, 27 de julio de 2016

Un detective muy particular


"En este tiempo de exceso de novelas negras, se agradece mucho un cambio de registro que supere al propio género. La sociedad en su conjunto, y las prácticas y usos comúnmente aceptados, no saldrán indemnes del ejercicio de estilo y de las cargas de profundidad que nos lanza el autor. Una prosa plagada de hallazgos estéticos y significativos, junto a una doble voz narrativa, y una trama de final inesperado, completan una obra tan original como absorbente"

lunes, 18 de julio de 2016

La capital del mundo, novela negra

El escritor bilbaíno Gonzalo Garrido lleva publicadas con su último libro “La capital del mundo” tres novelas. Todas muy diferentes entre sí. Desde la intriga de la primera, el intimismo y la reflexión de la segunda hasta llegar al más auténtico género negro, el autor ha cubierto un largo periplo demostrando que se ha convertido en uno de los escritores vascos de mayor proyección y calidad.
La capital del mundo es una sólida novela negra con un protagonista un tanto peculiar que, anteriormente, había trabajado como taxista. La denuncia social está presente en cada una de las páginas de la novela pero, también, el humor, la crítica hacia las instituciones políticas y una investigación que nos deja sin aliento hasta llegar a un final sorprendente. Gonzalo Garrido nos cuenta todas sus motivaciones literarias en esta entrevista.
La capital del mundo” es una novela negra. Después de pasar por la novela de intriga y por la novela literaria, ¿se ha encontrado a gusto en este género? ¿Definiría como negra su novela?
Sí, la verdad. Es un género muy agradecido. De hecho mi interés por la novela negra viene por su capacidad de someter al poder y a la sociedad a un tercer grado…
¿En qué género se encuentra más cómodo escribiendo?
En todos me siento cómodo aunque he sufrido más en la novela intimista por todo lo que conlleva de carga emocional. Ahora me apetece volver a cambiar y tocar el género de humor, nada fácil por cierto.
La novela destila mucho humor negro. ¿Es la única forma de enfrentarse con el mundo actual?
Creo que sí. Ante la impotencia de ver tantas injusticias y tanta estupidez, conviene armarse de ironía y de humor para sobrevivir con dignidad. Además, permite no tomarse la vida demasiado en serio.
También da mucha caña a su ciudad, incluso la denomina ciudad de cotillas. ¿Ha recibido alguna amenaza por ello?
Todavía no, pero todo se andará. Por de pronto le he dicho a mi editor que me busque piso en Barcelona. Es broma. Las sociedades democráticas permiten que sus intelectuales las critiquen. Espero que sea el caso de Bilbao.
De un bilbaíno no podíamos esperar menos que denominar a su ciudad la capital del mundo. ¿Tiene Bilbao los ingredientes necesarios para serlo?
Bilbao ha cambiado mucho en los últimos años y, dentro de su tamaño, sí puede ser una ciudad representativa a nivel mundial, pero de ahí a ser la capital del mundo…
Su protagonista Ricardo Malpartida es un perdedor nato, un superviviente que pasa de ser taxista a ser detective privado. ¿Es el protagonista ideal para una novela de género?
No sé qué decirte. Me enamoré de Malpartida como protagonista y después se comportó como un canalla conmigo. Uno no se puede fiar de los taxistas.
Malpartida, un apellido que nos recuerda mucho a Alatriste, es un protagonista que nos parece puede tener un largo recorrido. ¿Ha pensado volver a trabajar con él? ¿Cómo se le ocurrió ponerle ese apellido que no es muy vasco, por cierto?
Sí, me gustaría que me acompañase a lo largo de mi vida. Creo que es un buen compañero de fatigas. En mi primera novela el detective se llamaba Maldonado. He querido seguir con esa pauta de personas cuyo apellido puede marcarlos de por vida.
Corrupción urbanística, políticos, instituciones bancarias, prostitución y pornografía, terrorismo, etc. ¿No son muchos temas para una sola novela?
He hecho una panorámica de la ciudad y en esa radiografía han salido las principales contradicciones, que son muchas y muy variadas.
¿Le ha quedado una novela muy coral? ¿Ha querido reflejar con tanto protagonista la sociedad bilbaína?
Sí, he querido que la ciudad quedase bien reflejada, algo que ya hice con Las flores de Baudelaire, sólo que con cien años de distancia. De hecho, algunos lectores me han comparado las dos ciudades.
Narrada en tercera persona, tiene en los capítulos pares unas reflexiones en primera persona de varios narradores anónimos. ¿Por qué ha introducido esas cavilaciones de una protagonista presuntamente secundaria?
Quería salirme de la novela negra clásica y deseaba dotarla de cierta profundidad. Esa segunda voz conlleva una mayor reflexión, otros matices muy necesarios para entender la historia narrada y nuestro tiempo.
¿Cree que nuestra sociedad es demasiado conformista y resignada?
Sin duda. No hace falta más que leer los periódicos, seguir las redes sociales, etc. Nunca hemos tenido tanta información y nunca se ha utilizado tan pobremente, con tan poco criterio.
¿Es peligroso tener ideas propias?
Siempre ha sido peligroso. En las sociedades estrechas de mente, mucho más. Pero eso no debe condicionar al escritor que en el fondo es un rompedor de barreras, un luchador contra la intolerancia.
En la novela, vemos cómo los políticos abusan de su poder con las personas débiles.Sin embargo, los ciudadanos continúan votando una y otra vez a los mismos candidatos. ¿Algún día se romperá ese círculo vicioso?
Supongo que sí pero para eso hay que tener antes ciudadanos libres, educados, comprometidos… De momento no interesa a nadie.

Otro de los temas que trata es la pornografía en las redes. ¿Se está haciendo un mal uso de estas nuevas tecnologías?
Las tecnologías sirve para lo mejor y lo peor. Depende de las personas, no de los instrumentos. En el caso de la pornografía, está claro que es un campo abonado en el que muchos están enganchados.
Uno de los protagonistas secundarios es su editor, Jorge Dolz. Por supuesto, no tiene nada que ver con la realidad ¿no?
Es un guiño simpático… aunque nunca se sabe. Los editores son terribles.
¿Ha quedado satisfecho con el resultado de la novela?
Sí, me he divertido mucho escribiéndola y creo que eso se transmite al lector. Tanto es así que ha salido la segunda edición en menos de un mes. 

* Entrevista en TODO LITERATURA

martes, 14 de junio de 2016

La capital del mundo, #1 en ventas

La capital del mundo se ha portado muy bien en la Feria del Libro de Bilbao. Ha sido número uno en ventas, gracias al esfuerzo de editores, distribuidores, medios, blogueros y, en especial, lectores, que han confiado en Ricardo Malpartida. Que siga así.

martes, 24 de mayo de 2016

La capital del mundo

Esta nueva novela es una historia de intriga escrita con humor y lucidez. El autor de Las flores de Baudelaire y El patio inglés centra en esta ocasión su atención en el conformismo de la sociedad, así como el abuso de poder y la manipulación de los medios.
Ricardo Malpartida, detective privado de los bajos fondos, investiga el asesinato de un famoso científico de Bilbao, ciudad cada vez más obsesionada por ofrecer una buena imagen al mundo. En su particular búsqueda de la verdad, Malpartida deberá enfrentarse con numerosos fantasmas, propios y ajenos, que desvelarán el lado más oscuro del ser humano. Con una buena dosis de provocación, Gonzalo Garrido desarrolla una trama que engulle al lector y que muestra las contradicciones íntimas de un Bilbao y, por extensión, de una Euskadi autocomplacientes. A través de la investigación los lectores entrarán en una espiral de la que no podrán desengancharse hasta terminar la novela.

domingo, 21 de junio de 2015

Entrevista impublicada de ayer y de hoy

Cómo definiría sus estilo narrativo
Aunque no soy la persona más indicada, creo que intento escribir con un estilo propio, preciso, minimalista, donde cada palabra tenga un sentido definido. 

De cuál de sus obras se siente más orgulloso.
Cada libro tiene su vida propia y ha compartido muchas horas conmigo. Creo que de los dos que he publicado hasta ahora, cada uno por distintos motivos.  

Cuando escribe un libro cómo lo hace
Siempre con el ordenador. Lo que escribo a mano son apuntes de todo tipo que me puedan parecer interesantes para desarrollar después en la novela.  

A veces pensamos que un libro que para nosotros es bueno resulta un fracaso editorial, y viceversa. ¿Por qué?
El sector editorial es muy injusto y manipulado, lo que hace que gente con gran calidad no destaque y gente bastante vulgar literariamente hablando llegue muy lejos.  

Tiene algún ritual para ponerse a escribir?
No. Escribo donde puedo y cuando puedo, eso hace que sea pragmático. Cuando lo hago en mi oficina, a última hora de la tarde, cambio las luces para sentir que estoy en otro ambiente. Poco más.  

El escritor vale lo que valen sus obras. ¿Está de acuerdo?
Las obras son el producto de la creatividad del escritor y creo que deben ser juzgadas con independencia de su autor. Aun así, también pienso que ahora los autores tienen mayor visibilidad y, por tanto, son juzgados por sus ideas fuera de su obra.  

Sus novelas son de capítulos cortos. ¿Lo hace por darle más originalidad y rapidez a la narración? 
Escribo de una manera muy sucinta, intentando centrarme en lo importante y dejando lo accesorio fuera. Y quiero mantener un ritmo. 
Las flores de Baudelaire funcionan muy bien como fresco panorámico de una época. ¿El proceso de documentación ha sido fundamental?
En una novela con tintes históricos es necesario documentarse mucho para coger el tono. Y no es fácil. Por eso no me quise alejar más de cien años, porque nuestra mentalidad es muy similar a aquella época, dado que comienza la modernidad de la sociedad. Más lejos me hubiera sido imposible.  

El transfondo del argumento de su novela es la convulsa industrialización de Bilbao. ¿Por qué eligió este tema?
Me interesa escribir y aprender al mismo tiempo. Y los comienzos del siglo XX son interesantísimos a nivel europeo y, por supuesto, español y vasco. Así que me pareció un buen contexto para introducir un crimen y conocer la ciudad, sus desigualdades, el mal... Además, tiene similitudes con los años 2000, cuando la riqueza y la especulación eran muy fáciles en nuestro país.  

En el Ulises de James Joyce se aconseja leer primero el final, para la mejor comprensión de la obra. ¿Ocurre esto con alguna de sus obras?
El Ulises se puede leer de cualquier forma porque es un gran artefacto literario. En mi caso las novelas son más tradicionales, todo mucho más sensato.

¿Qué intenta que transmitan sus novelas?
Quiero que hagan pensar, que nos pongan en una situación determinada, no siempre cómoda. También que entretengan, claro.  

¿Cuál es la parte más dura y complicada para escribir una novela?
Comenzar siempre es complicado. Saber dónde está la historia, encontrar la voz narradora, dar el tono a la narración... 

¿Cómo definiría su generación literaria dentro de la novela negra?
No me considero un escritor típico de novela negra. He utilizado el género porque me convenía, pero en mi segunda novela me alejo completamente del género y toco temas más intimistas.  

¿Le gusta ser crítico con su obra?
Soy muy crítico y nunca releo lo escrito una vez publicado. Creo que todo se puede mejorar. 

¿Qué esconde el éxito?
El principio de un fracaso. 

¿Escribir y publicar es su gran sueño?
Sí, y tener lectores que aprecien lo que haces y te sigan en tu carrera literaria.  

El libro vive en el momento en que lo estamos leyendo. ¿Qué piensa de ello?
Es muy emocionante saber que otros lectores están interpretando a su manera lo que has escrito. Y te da muchas sorpresas escuchar sus opiniones.  

¿Cuándo y cómo empezó a escribir?
Desde joven he querido escribir, pero no me veía capaz. Me lo tomé en serio cuando vi que tenía una historia y que quería contarla.  

A escribir se aprende leyendo?
Sin duda alguna. No puede haber un buen escritor que no sea a su vez un buen lector. 

Una vez que la idea se ha desarrollado en su cabeza, ¿cómo surge la trama?
Es cuestión de obsesionarse con la historia e ir visualizándola hasta que parece real. Y después corregir mucho.  

Tener éxito no es una cuestión de medios, sino de fines. ¿Qué piensa al respecto?
La suma de fines y medios es lo ideal, aunque si tengo que escoger prefiero los fines. 

¿Existe algún escritor maldito?
En el pasado, muchos. En la actualidad, lo dudo. Somos todos demasiado homogéneos.  

La perfección tiene una relación directa con el éxito. ¿Consigue ambos casos?
No creo que haya una relación directa. Hay éxitos muy imperfectos. Es cuestión de mirar los libros más vendidos. 

¿Cuál es la novela favorita? 
No tengo una novela favorita, pero me gustan mucho las comprometidas, tipo Sostiene Pereira, de Tabucchi. 

Lo más importante, ¿es el reconocimiento de su obra?
No, hay cosas más importantes, pero desde el punto de vista artístico, sí. 

¿Le preocupa no aparecer en la lista de los escritores más vendidos del momento?
No, ya que conozco los factores que intevienen en la composición de esas listas. Me preocupa más que mi libro no se siga leyendo destro de diez años.  

¿De dónde saca los temas?
De mis obsesione personales, de lo que me cuentan, de lo que leo... 

¿Cómo es crecer al lado de unos personajes?
Muy excitante. Al final somos compañeros de fatigas que compartimos muchas horas de soledad juntos. Incluso nos respetamos, aunque no siempre.  

¿Se ha planteado el fin de alguno de ellos para terminar una saga literaria?
Sí, claro. También deben morir como yo.  

¿A qué aspira como escritor?
A divertirme escribiendo y a que mis lectores se emocionen conmigo.

¿Existe el crimen perfecto?
Sí, seguro.  

En el plano personal, ¿cómo se definiría?
Como una persona inquieta intelectualmente, pero tranquila en lo personal. Sin demasiadas pretensiones. 

Qué opina del siguiente símil: Escritor=Domador de palabras
Tiene bastante de verdad, aunque creo que primero se deben domar las ideas.  

A los soldados el valor se les supone. A los escritores, se os supone la vanidad. ¿Qué piensa al respecto?
Algo de cierto hay, aunque creo que más importancia es la constancia.  

¿Qué piensa de los premios literarios?
Que la mayoría están dados de antemano y que son puros reclamos comerciales de las propias editoriales que los otorgan, directa o indirectamente.  

¿Tiene algún premio literario?
He quedado finalista de la Semana Negra de Gijón. 

¿Cuál le gustaría ganar?
El Goncourt, pero sé que eso suena raro

¿Diría que hay un antes y un después en su trayectoria literaria?
Creo que con mi segunda novela, El patio inglés, hay un punto de inflexión. Veremos cómo evoluciono. 


* Entrevista que nunca se llegó a publicar por cierre de la revista literaria. 

jueves, 11 de junio de 2015

La precisión de El patio inglés

Opiniones que justifican todo el esfuerzo y animan a seguir peleando por la novela.  
"El patio inglés es una novela escrita con enorme precisión léxica y expresiva, lo que determina la raza del escritor. Además, el tema es sumamente interesante, el suicidio de un hombre joven, así como las relaciones del muchacho con su padre. Todo ello viene subrayado por la efectiva forma de ir cambiando de narrador. La referencia al suicidio está magistralmente tramada, y me recuerda los cuentos de Horacio Quiroga, donde de un momento a otro se hace el gran vacío, creado por la muerte de alguien. En fin, una novela estupenda, que cumple los requisitos más exigentes, y además socialmente útil".
Germán Gullón, catedrático de literatura española y crítico,

jueves, 4 de diciembre de 2014

Con segundas...



Ahora sí que sí. Oficial. ‪El patio inglés sale con su segunda edición. Ha pasado poco más de un mes y volvemos a la carga. La novela está resultando pequeña pero matona. Muchas gracias a todos los que la habéis apoyado con vuestras reseñas, recomendaciones y comentarios. Sin ese cariño no hubiera sido posible llegar tan lejos. Y un recuerdo muy especial a Josep Forment, que creyó en este patio tan singular desde el primer momento. 

martes, 25 de noviembre de 2014

Entrevista apócrifa


¿De qué trata la novela?
Es la crónica de una familia de clase media en los años ochenta encarnada por un padre y un hijo. Una época muy intensa desde el punto de vista político, económico y social en España y, en especial, en el País Vasco.
Hay un hecho trágico que desencadena la historia...
Cierto, un decisión del hijo que rompe con la armonía de la familia y que obliga a replantearse todo lo vivido y el futuro más inmediato.
El planteamiento es original
Los protagonistas nos desvelan no solo los hechos que suceden a la largo de la historia sino también los sentimientos y emociones que éstos les provocan. En cada capítulo se cambia la perspectiva, intercalando la visión de Pablo con la de su padre como si de una conversación se tratase. Al ser los dos personajes los narradores, construirán la historia desde su propio punto de vista, y en consecuencia,  parciales en sus respectivas narraciones. 
¿Qué pretende con este texto? 
Mostrar dos realidades confrontadas muy diferentes. Vemos la vida de Pablo con toda su fuerza e ingenuidad, y la del padre con toda su madurez y desencanto. Ambas nos son muy cercanas como lectores, ya que todos hemos sido hijos y muchos somos padres.
Hay una extensa tradición literaria con esta temática generacional
Cierto. Se ha escrito mucho sobre los hijos disconformes con sus padres, pero no tanto sobre la visión de los padres con respecto de los hijos. He intentado reflejar ambas de una manera crítica y neutral.
Así que no hay moraleja
No, en absoluto. He mostrado las dificultades de comunicación entre padres e hijos, antes y ahora, así como la dificultad de los seres humanos para comprenderse, para perdonarse, para construir algo juntos. Escribo sobre la soledad dentro de la familia, la cobardía ante la vida, la insatisfacción...Después, cada lector afrontará la historia de Pablo y su padre con la suya propia y sacará las conclusiones que quiera.
¿Qué opina del suicidio?
Creo que toda persona inteligente ha pensado alguna vez en suicidarse. No es un acto de cobardía, sino de rebeldía. Dicho esto pienso que la muerte no es la solución de los males. Creo que hay que luchar por la vida, a pesar de que nos desagrade, que nos ofenda en muchas ocasiones. Ya habrá tiempo para morir.

viernes, 19 de septiembre de 2014

El patio inglés sale a escena

El patio inglés, mi nueva novela, sale a escena a partir del 13 de octubre de la mano de la editorial Alrevés. En esta ocasión cambio de registro hacia algo más personal. Es una historia íntima y universal sobre la vida, el desencanto y el dolor. La novela centra su atención en los conflictos familiares, en lo injusto de algunos planteamientos de nuestra sociedad, en la dificultad para afrontar nuestro propio destino.
El protagonista, Pablo, es un joven de los años ochenta que ha comenzado Derecho y que vive con su familia en un piso que da a un patio inglés. Los fines de semana sale con sus amigos a emborracharse, ha tenido alguna novia y forma parte de un círculo literario que le ha permitido publicar un artículo bastante polémico en un periódico. Sus padres le notan distante, apático y a vueltas con el mundo, una actitud común en la gran mayoría de los adolescentes. Sin embargo, un día, ante el asombro e incomprensión de sus progenitores, abre la ventana del comedor y se lanza al vacío.
El patio inglés combina dos monólogos interiores –padre e hijo– que relatan una dura historia familiar, mezclando pensamientos íntimos, reproches mutuos, crítica social y búsqueda de respuestas.
Esta novela se suma a una larga tradición literaria –como Carta al padre, de Kafka o Demian, de Herman Hesse–, donde las relaciones paternofiliales son causa de incompresión permanente.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El autor y la edición

No estamos solos. Al menos no del todo. Es algo que debemos pensar los integrantes de la industria del libro, pero en especial los autores, ante la situación de constante cambio del sector. 
Para dar algunas respuestas, la Asociación de Escritores de Euskadi ha organizado un jornada sobre El autor en el nuevo mundo de la edición, una iniciativa abierta tanto a los miembros de la AEE/EIE como a cualquier otra persona interesada. En ella mi participación será de moderador de la Mesa El mundo de la edición hoy. Contaremos con la presencia de Sergio Mejías (Bubok), Jesús Ortiz (Milrazones), Andrés Fernández (Gremio Editores)y Pepe Verdes (Manuscritics). Intanteremos ser precisos y entretenidos.
Según los organizadores la jornada está dirigida a quienes buscan obtener más información antes de lanzarse a la tarea de publicar. También se orienta a los alumnos de talleres de escritura y a los que los imparten. En general, a personas relacionadas con el sector desde todos los puntos de la cadena: la creación, la edición, la distribución, la venta y las bibliotecas.
El mundo editorial se ha llenado de nombres nuevos en la última década: Lulu, Bubok, Wattpad, Smashwords, BookCountry, Authonomy, Kindle Publishing Direct, Kobo SelfPublishing, iAuthor de Apple, Barnes & Noble, la iBookstore, y Google Play. Muchos de ellos han surgido en los últimos cinco años. Los expertos anuncian que aún no hemos visto nada ya que la década 2010-2020 promete revolucionar este sector hasta el punto de que serán los años de la consolidación de la autoedición.
Si ya era prácticamente imposible adentrarse en la selva de la edición y el camino estaba lleno de preguntas sin respuesta, a menudo ni siquiera las propuestas de las editoriales ayudaba a solucionar las dudas. Todo va muy rápido y a las formas tradicionales de edición hay que sumar cada curso una o dos nuevas asignaturas.
No es fácil hacerse una idea clara, cifras y datos van conformando una realidad inestable: los editores estadounidenses confiesan que la autoedición creció un 58% en 2013. Amazon afirma que sus libros autoeditados suponían ya el 25% de sus TOP 100. La edición tradicional se resiente y el Gremio de Editores de España anuncia que las ventas descendieron en el mismo periodo un 9,7% (291 millones de euros de facturación menos que en 2012) y acumulan una caída del 19% en los últimos diez años. El libro digital es el único que creció durante 2013, con un 8,1% de aumento y una facturación de 80,26 millones de euros...

miércoles, 29 de enero de 2014

Editor de cabecera*

El veterano editor Constantino Bértolo, que cumple diez años al frente del minoritario sello Caballo de Troya, perteneciente al grupo Penguin Random House, ha dicho a Efe que "los premios literarios son una de las formas de corrupción más claras de este país".

"Sorprende que los autores que han participado en ese tinglado de los premios se rasguen luego las vestiduras hablando de la corrupción de los demás; yo no los disculpo aunque entiendo que es difícil llevar a cabo la carrera de un escritor de una manera digna, incluso en lo económico, sin entrar en ese juego", ha añadido.
El editor ha matizado que no quiere decir que "todos los premios estén amañados; pero cuando hablamos de premios sabemos de qué premios hablamos".  
Bértolo, que ha intervenido en la Universidad de Sevilla en un encuentro sobre la crítica literaria actual, ha dicho que "la crítica se ha adaptado al papel de mero acompañante del marketing editorial; es como una publicidad que busca cierto crédito y que difícilmente lo encuentra", y ha ironizado diciendo que si habla así es porque, a sus 67 años, su vida laboral está acabando.
Con internet "la crítica ha engordado, pero no ha crecido, porque sus valores y su selección es la misma; lo más importante no es el texto de la crítica, sino su selección, quién crea la necesidad de leer qué; y eso no lo hace la crítica sino el marketing editorial".
"Pertenezco a una época en la que los editores leían; hoy un editor que lee es un fracasado; si para publicar algo tienes que leerlo antes, mala cosa", ha añadido Bértolo, por cuyas manos pasan unos 500 manuscritos de narrativa al año, de los que sólo publica una media de ocho anuales.
Sobre si merece la pena enfrentarse cada año a esos 500 manuscritos, ha contestado con lo mejor de estos diez últimos años de trabajo: "Cuando encuentras un texto nuevo y reconocido, que ha llegado de manera espontánea" y que "si tú no lo publicas, a lo mejor no se publica nunca; en ese momento sabes por qué trabajas y que lo que haces tiene sentido".
La mayor parte de las novelas que publica no son largas, a diferencia de los superventas habituales, de los que dice que "los 'best-sellers' son como una habitación cómoda, deben ser habitables y, si son grandes, te acogen mejor; pasa como con la habitación del hotel, que tiene televisión, flores y algunas hasta libros".
De los 80 libros publicados en Caballo de Troya -nunca más de once al año- cinco no sólo han conseguido una segunda edición sino que han llegado a edición de bolsillo, aunque ha asegurado que si vende 600 ejemplares de media debe estar satisfecho.
Sobre que un gran grupo editorial mantenga en su seno un sello como Caballo de Troya -momento que aprovecha para ironizar con el significado de ese nombre- ha afirmado que tiene un sentido, primero porque "el capital vende lo que sea" y, segundo, porque "las editoriales independientes o pobres exploran para las grandes" y lo que él hace es trabajo de cantera".
Cuando se le recuerda que cuando descubrió a Ray Loriga exclamó "por fin, algo que no tiene que ver con el 68", responde que fue porque "el 68, con perdón, después de su derrota se refugió en el sentimentalismo de izquierdas y cultivó el existencialismo de la miseria; y ahí hay cierta cursilería tremendista".
Como editor prefiere descubrir narraciones en las que se vea "cómo la precariedad anida en el alma, sobre los miedos y los deseos" en los que se desenvuelve la actual generación de mileuristas.
Sobre qué ha detener un libro para que lo publique, ha dicho: "Uno siempre tiene en la cabeza el libro que busca; que se enfrente al código dominante, que ofrezca un ángulo inesperado; que no sea experimental pero sí osado, teniendo en cuenta que la osadía puede consistir en plantear una novela muy tradicional; que sea una literatura con capacidad para reflejar un espacio y un tiempo".

lunes, 27 de enero de 2014

La cultura y más*


Gonzalo Garrido nació en 1963, quiere decir esto que forma parte de la generación de 1959, aquella que forman las personas nacidas entre 1952 y 1966. Cuando esta generación llegó a los treinta años, entre 1982 y 1996, una serie de acontecimientos históricos nacionales e internacionales han marcado su propuesta personal e intergeneracional a nivel social: los sucesivos gobiernos del PSOE a nivel nacional, dando lugar a la partitocracia turnista. 

Se produjo la entrada de España en la Unión Europea, entidad supranacional que también tiene sus responsabilidades en las ineptitudes y corrupciones de nuestro tiempo: recordemos que todos los fondos europeos tienen que ser supervisados por la burocracia y los organismos de la UE. Y acaeció la caída del muro de Berlín.
Gonzalo Garrido ha cosechado un gran reconocimiento literario a raíz de la publicación de su novela Las flores de Baudelaire (Alrevés Editorial), obra que también está obteniendo unas importantes ventas. Hay que celebrar que autores como él que aman la vocación de escritor estén rompiendo las dificultades que en los últimos años rodean a las circunstancias de los escritores que empiezan.
Durante nuestra charla, Gonzalo Garrido me comenta que aprendió a amar la escritura a través de la lectura de la excelente biblioteca de su padre.
¿Qué rol puede desempeñar el escritor en la sociedad?
La sociedad ha cambiado mucho en los últimos años y el papel de los escritores también. Hoy en día el escritor es uno más en el conjunto de voces que pretenden influir en la realidad y su peso ha disminuido con respecto a épocas pasadas no tan lejanas. Sin embargo, sigue jugando un papel nada despreciable como interpretador de las grandes aspiraciones humanas y de la situación del mundo actual. Sin su forma de ver el mundo nuestras vidas serían más pobres.
Qué temas consideras prioritarios que un literato a través del ensayo, la novela, la poesía o los géneros periodísticos tiene que abordar en nuestro tiempo.
Creo que cada escritor debe escoger sus propios temas de interés dependiendo de sus inquietudes y de su contexto personal. En mi caso, me interesa mucho la crítica social porque creo que, ante la pérdida de objetividad y neutralidad de los medios de comunicación, son los escritores los que debemos cubrir esa zona con nuestras distintas voces.
¿Qué actos estimas hay que llevar a cabo para que el escritor y el público –la sociedad civil– tengan una relación más cotidiana?
Nada fácil de conseguir. Las distracciones son muchas y la competencia con otros soportes mucho menos exigentes, también. El interés por la novela ha variado. Desde luego, el escritor tiene que ser consciente de que debe atraer al lector y ofrecerle un producto de gran calidad. Para ello es necesaria una buena dosis de profesionalidad y de honestidad con uno mismo y con los demás. A partir de ahí, habrá que jugar con las redes sociales, los clubs de lectura, la participación en conferencias, etc.
Vivimos en un mundo con demasiados compartimentos estancos. ¿Cómo pueden contribuir quien escribe y quien lee, quien actúa en un teatro o quien va a verle a actuar para trazar puentes de colaboración?
Con una actitud abierta, curiosa, deseosa de compartir conocimiento. Antes los creadores estaban encerrados en sus torres de marfil y apenas se relacionaban con sus lectores. Eran otros los que hacían esa labor, ya fueran editores, críticos, libreros… Ahora todo eso no es suficiente. Es el propio autor el que tiene que abrir un diálogo con sus lectores/público para que conozcan, no sólo su obra, sino también sus ideas y su forma de vida.
En cualquier pueblo o ciudad de España, Europa o en otras partes del mundo, contamos con magníficas bibliotecas, centros cívicos, teatros… Hace unos días asistí a un acto de presentación de un libro de Albert Camus con presencia de su traductora y de una nieta de Camus. La sala estaba llena, pero apenas unas cinco personas tendrían entre los 18 y los 25 años. ¿Qué hay que hacer para que la generación más joven se una y tire con fuerza de actos como el citado?
No lo veo fácil. En una sociedad como la española que desprecia la cultura, con unos políticos incultos hasta límites insospechados, con una televisión basura que alienta lo degradante, con una educación que simplemente cumple el expediente, esperar que la juventud llene las salas no parece razonable. La cultura es un trabajo de décadas, muy difícil de construir y muy sencillo de destruir. Hay que hacer toda una labor pedagógica previa donde deben estar implicadas instituciones, empresas y personas…
En EEUU, los intelectuales de prestigio desde hace décadas escriben en revistas especializadas, dejando al margen a la prensa de masas. En España, se tendió hacia la prensa generalista. ¿Qué publicaciones híbridas se pueden hacer para acercar sus reflexiones al gran público?
No creo en acciones lineales, sino en la suma de muchas iniciativas que puedan mejorar la relevancia del autor y su valoración. En ese sentido, pienso que lo importante es tener contenido propio que pueda ser expuesto en distintos formatos a los potenciales lectores. Los medios son facilitadores y deberían estar muy implicados, dedicar más páginas a estos temas, fomentar a los nuevos creadores, pero también otro tipo de organizaciones como las universidades, etc.
¿Qué análisis haces de los medios digitales en la difusión de la labor del escritor en esta época y su comunicación con sus conciudadanos?
Fundamentales. Creo que estamos viviendo una revolución que todavía no alcanzamos a entender y para la que no contamos con perspectiva suficiente, pero estoy seguro que los medios digitales jugarán un papel determinante en los próximos años porque facilitan la creatividad sin conllevar grandes desembolsos económicos. Eso es un gran cambio con respecto a otras épocas.
¿Qué literatos del pasado y actuales consideras que han realizado y realizan una labor valiosa a nivel cívico, y por qué?
Hay muchos escritores con una gran carga de responsabilidad social, pero me gustaría destacar por su influencia en mi forma de ver el mundo y de escribir a alguien que has mencionado antes, a Albert Camus. Para mí fue una revelación por su compromiso democrático, por su independencia y por su capacidad creadora.
Sobre qué te gustaría hablar que no hayamos hablado.
Sobre la propia creación literaria, pero lo dejamos para otro día.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Escribir para otros*

El de escritor es uno de los oficios que está planteado en términos de mayor liberalismo económico. Se supone que el escritor debe vivir de las ventas de sus libros. Lo cierto es que tan sólo un ridículo número de escritores vive de las ventas de sus libros, y que la inmensa mayoría se ve abocado a tomar un trabajo y realizar las labores de su oficio (leer y escribir) en horas robadas a su tiempo de descanso.
Con suerte, con el tiempo, algunos consiguen “vivir de la literatura”, es decir, de pequeñas ofertas de trabajo alrededor de la publicación de sus libros: artículos en prensa, conferencias, talleres literarios, algún recital o lectura remunerados, etc.
He conocido a estupendos escritores que han tomado empleos como el de operador de telefonía o cuidador de ancianos en la necesidad de conseguir algún dinero para su subsistencia. Los escritores se ven obligados a desempeñarse en los trabajos más variados; son profesores, periodistas, programadores culturales, trabajan en el mundo editorial; pero también hay casos de porteros de finca, celadores de hospital, guías turísticos, y, además de el largo etcétera que debería seguir, gentes que más o menos subsisten como pueden para poder disponer del tiempo suficiente y escribir.
En la otra mano, el escritor o escritora tiene la opción de ingresar en el mundo de las publicaciones periódicas, “trabajar escribiendo” para (en los ratos libres) escribir sus libros. Y esto parecería el paradigma de la independencia y el éxito social y profesional. Escribir en la prensa, salir en la televisión… Todo ello alza considerablemente las posibilidades de vender algún que otro libro más, y, en cualquier caso, por esta vía el escritor o escritora obtiene una gran consideración, en calidad de escritor (aunque lo que esté haciendo sea otra cosa). Sin embargo, con toda probabilidad deberá manifestarse en defensa de las ideas de un partido político y en contra de las de otro. Y si bien muchos escritores aceptan esto (escribir y manifestarse al servicio de) como un mal menor, lo cierto es que, incluso cuando defiendan a un partido con cuyas ideas estén absolutamente de acuerdo, y se opongan a las de otro cuyas ideas no compartan en absoluto, no dejan de convertirse en una suerte de mercenarios (de columna en columna y de plató en plató), además de postergar a un segundo término su trabajo como verdaderos artistas.
Entrar en el juego político está muy bien pagado (en sueldos contantes y sonantes y, también, con distinciones “literarias”: no hay más que ver quiénes obtienen qué premios, y con qué libros), pero es muy probable que a muchos escritores ni se les pase por la cabeza, sea porque no quieran o porque no sean capaces o porque se trate de un mundo vedado para el tipo de escritores que son.
La otra opción posible, que en esta sociedad (y en otras anteriores) han asumido algunos escritores, es la de encerrarse con su trabajo caiga quien caiga, aun corriendo el riesgo de incurrir en la exclusión social. En ese caso, el escritor o escritora difícilmente podrá tener familia, y, si la tiene, tanto lo pagará él o ella como su pareja y sus hijos, que tendrán que aceptar la situación de dependencia del escritor o escritora respecto del “cabeza” de familia.
Se trata, sin duda, de un problema social, aunque acaso muchos escritores no se vean o no quieran verse a sí mismos como afectados. Muy al contrario, asumen las dificultades y tiran adelante como pueden. En algunos casos, sin manifestar su descontento, o con un profundo sentimiento de culpa por no ser capaces de vivir de lo que escriben (achacándoselo muchas veces a su propia impericia a la hora de hacer aquellas cosas que sí están bien recompensadas económicamente, o a su falta de talento para escribir una obra que se abra paso en el mundo entero, que se difunda masivamente, alcanzando a lectores de todas partes); si no confundidos, sin saber muy bien a quién o qué achacar su situación.
Los aspectos épicos de las vidas cotidianas de los autores los dignifican tanto ante nuestros ojos... Y no deja de ser sintomático. En una sociedad realmente moderna, en la que aspiramos a que todas las personas tengan una vida lo más digna posible, tal vez debiera avergonzarnos que sean precisamente los escritores quienes pasen penurias y dificultades. Y acaso sea indigno de toda la sociedad que esté tan bien considerado que un escritor tenga que sacrificar aspectos fundamentales de su vida para escribir su obra. Me pregunto hasta qué punto esa emoción épica que extasía a la sociedad cuando conoce las miserias que un escritor hubo de soportar para sacar adelante su trabajo, no deberían de suponer una vergüenza para esa misma sociedad, pues no es más que una muestra tan sangrante de su fracaso.
Resulta desconcertante observar cómo las personas se afanan en consumir todo tipo de productos lujosos, de necesidad más o menos cuestionable según qué casos, y cómo la sociedad premia con su más alta consideración esa “capacidad de consumir”, mientras que los escritores quedan relegados a una posición tan lejos del supuesto glamur del consumo. Habremos de suponer que se trata de una cuestión de valores. Consumir “cosas” de utilidad tan limitada en el tiempo ha pasado al primer plano de la vida social, mientras que los generadores de una belleza indeleble, ahora, se nos antojan seres improductivos.
Y desde luego no resulta sencillo comprender cómo es posible que los escritores estén contentos (y si no lo están, al menos no lo manifiestan) con el lugar que les asigna la sociedad en sus presupuestos, teniendo que pasar por todo lo expuesto para sacar adelante la escritura de sus libros, y recibiendo como único pago (no la concesión) la posibilidad de concesión de algún premio, cuando no la posibilidad de que algún día se les reconozca por ello, con suerte antes de fallecer.
Porque lo cierto es que, en el momento que cualquier persona se dice escritor o escritora y aparece ante la sociedad con un libro, la sociedad empieza a exigirle: imaginación, lucidez, inventiva, un pensamiento que la estimule, el necesario cuestionamiento de lo establecido, emociones, belleza, una actitud irreprochable ante multitud de aspectos de la vida; el desarrollo de una gran capacidad intelectual; que el escritor sepa, que conozca; que lo exprese; que su condición de escritor se vea claramente refrendada con la aparición de trabajos que demuestren que lo es, etc.

(Eso sin tener en cuenta que, normalmente, lo tendrá que hacer en su tiempo libre)

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Resulta paradigmático: los escritores más desprotegidos son aquellos que están dispuestos a sacrificarlo todo por escribir.
Hace unos años escuché a la viuda de Manuel Padorno decir a mi lado, como en un suspiro que se deja caer al suelo, ni siquiera dirigido a mí: “Todo eso lo hicimos con tanto esfuerzo…”
Por “todo eso” se refería a la obra de Manuel Padorno. Nunca me pareció más acertada, rabiosamente justa, la utilización del plural.
Pero siendo esta la situación, a quién correspondería aportar soluciones, propiciar un cambio: ¿al mercado, la industria del libro? ¿Al Estado, las instituciones? ¿A ambas? (¿Financiación pública?, ¿privada?, ¿las dos?) Se trataría, al fin y al cabo, de conseguir ampliar el número de escritores que puedan vivir realizando las labores de su oficio, leer y escribir. Ahora, sólo lo consiguen los que venden mucho, y no siempre son los mejores. De hecho, la dictadura del mercado está propiciando, claramente, una banalización de la cultura, colocando en el lugar más visible, no a los de mayor calidad, sino a los más comerciales, que muchas veces son los que ofrecen un mayor espectáculo (en el caso del cine y el arte contemporáneo es muy evidente, pero no deja de ser igual en la literatura).
Dinero público: resulta imposible no constatar, llegado este punto, que el ujier de cualquier empresa participada por capital público; el ejecutivo, el maquillador o la presentadora de una televisión autonómica; el ganadero y el agricultor; muchas empresas de medios de comunicación; tantas editoriales, productoras, constructoras, empresas que realizan obras públicas; quienes trabajan en la mayoría de las ONGs; quienes se plantean ahora dedicarse a fabricar energía con molinos de viento, reciben dinero público para desarrollar su trabajo, muchas veces sin plantearse si quiera si su sueldo proviene del erario público, de una empresa privada, o de una empresa privada que además recibe dinero público; y sin embargo todos cuestionamos en mayor o menor medida que quienes escriben obras literarias deban recibir el mismo trato.
Habría que buscar la verdadera razón, en cada caso, de que el ejecutivo de televisión más o menos pública, el profesor (de pública o concertada), el ganadero, el agricultor, el músico, el cineasta, etc., sí sean considerados a la hora de una aportación pública en la que les puede ir la vida; mientras que el escritor, no. Acaso algunos piensen que con la financiación por parte de diputaciones, ayuntamientos y cabildos y gobiernos autonómicos de numerosos premios literarios, queda resuelta la subsistencia de los escritores, o quizás esta aportación es tan publicitada –por interés más de los políticos que de los propios escritores—, que pareciera que ya está todo hecho, que las instituciones han cumplido, que han hecho lo suficiente.
Tal vez la sociedad considera indispensable la existencia de una televisión pública autonómica, por ejemplo, y no considera indispensable la creación literaria. O acaso considera que la financiación pública es “indispensable” para la existencia de una televisión autonómica, y la cree “innecesaria” para la aparición y existencia de buenas obras literarias. La subsistencia del ejecutivo de televisión es objeto de financiación pública, ¿acaso porque su participación se ha hecho indispensable para la existencia de una televisión pública?; la subsistencia de los escritores no nos resulta indispensable en absoluto –ni siquiera le resulta indispensable a los que necesitan libros para poder comerciar con ellos, toda una industria.
También es verdad que son muchos los que piensan que escribir, mire desde donde se mire, no es trabajar. El escritor, dramaturgo y guionista norteamericano David Mamet comenta que durante un tiempo hubo de escribir en cafeterías, porque si se quedaba en casa siempre había alguien dispuesto a pedirle “que arreglase la alcachofa de la ducha”. Y eso que, en su caso, la escritura si ha rendido algunos beneficios económicos.
Acaso son muchos los que consideran que “siempre habrá” algún que otro escritor que, a lo largo de toda una vida de desvelos, consiga un hueco en su cotidianidad para regalarnos (nunca mejor dicho lo de regalar) una de esas fuentes de belleza y conocimiento indispensables para que comprendamos nuestro tiempo y a nosotros mismos. Y además, “¡si siempre ha sido así, los escritores nunca lo han tenido fácil y a pesar de todo ahí están todos esos clásicos maravillosos!”.
Colijo, pues, que tal vez la situación “laboral” de los escritores en la actualidad se deba a que siguen ostentando los mismos (paupérrimos) derechos que antaño, y acaso se hayan quedado ahí mientras que la sociedad en su conjunto ha avanzado y muchos de sus componentes han adquirido, desde el primer momento de su existencia, unos derechos que los escritores nunca tuvieron.
Siempre habrá alguien dispuesto a espetarle a un escritor, “¡menos lloriquear y más trabajar!”, y podemos suponer que lo de trabajar va en dos sentidos: el escritor es un gandul por querer dedicarse a escribir en vez de trabajar, que es lo que hace todo el mundo; y el escritor es un inepto, un fracasado, si protesta en vez de ponerse a escribir para ofrecernos una de esas obras fulgurantes que, con el tiempo, dignifican la existencia de los pueblos. Pero tampoco debe de ser sólo esto. Del libro viven los impresores, los editores, los distribuidores, los libreros, los diseñadores… Los autores, no. Tal vez debiéramos plantearnos de una vez la pregunta impertinente: Por qué. Y si sabemos que los autores no consiguen vivir de las ventas de sus libros, y nos importa que éstos puedan encerrarse a escribir y leer, escribir y leer, escribir y leer, que es su trabajo, por qué no tomamos las medidas necesarias para que lo puedan hacer. ¿Es imposible? ¿O se trata de una clamorosa falta de voluntad social y política, sazonada con la clásica indefensión del escritor individuo que bracea por el encrespado mar de su vida, en solitario, y a mucha honra?
Cada vez se hace más necesario el análisis de las verdaderas razones de que el dinero público vaya donde va. Normalmente se combinan el interés de la sociedad, o de una parte de esta, con los intereses de los políticos. Pero urge un análisis exhaustivo de cómo el factor “lo que le interesa financiar al político” influye en que el reparto sea menos interesante para el conjunto de la sociedad.
Es muy fácil de defender desde la política, ante la ciudadanía, que el dinero de esta se invierta en una televisión pública autonómica (como se diría en los anuncios) “nuestra”, “la de todos nosotros”. Todo esto soslayando que al político le interesa invertir el dinero de todos los ciudadanos en un medio de comunicación a través del cual –aparte de que se activen ciertos aspectos de la economía—, podrá contarle las cosas tal como a él le interesa.
Qué hace falta para poner en marcha una televisión: maquilladores, realizadores, infraestructuras, maquinaria, ejecutivos… Cuánto cuesta un ejecutivo, cuánto la maquinaria, cuánto es en total: al contribuyente le interesa, aquí está el dinero, el contribuyente lo pone.
Cuánto hace falta para que Roberto Bolaño, Karmelo C. Iribarren, Isaac de Vega, escriban sus libros. ¿Tiempo? ¿Que se puedan poner a ello? ¿Dinero para que se puedan poner a ello? Eso cuánto es, ¡tan poco! No hay.
Además, si son escritores de verdad lo harán de todos modos. ¿Que podrían hacer más?, no importa, nos conformamos con lo que nos den. De todos modos, es su problema, serán juzgados por lo que sean capaces de escribir (no nos van a venir con el cuento de que no pudieron hacer más porque tenían que dedicarse a otras cosas para su manutención y la de su familia, que no son más cultos o que no pudieron escribir obras más brillantes porque no tuvieron tiempo para leer y escribir). Y en cualquier caso, ¿por qué no escriben cosas que se vendan? Si lo que escriben no le interesa a la (suficiente) gente como para que puedan vivir de las ventas de sus libros, qué quieren. ¡Más trabajo y menos lloriqueo!
He oído comentar muchas veces que el escritor debe ser libre, independiente, dando por sentado que cualquier aportación pública que recibiese por realizar su trabajo lo convierte en todo lo contrario. ¿Hablamos de libertad, de independencia, o estamos confundiendo estas con liberalismo económico, con explotación, con indefensión e intemperie a la hora de realizar lo que “es” el trabajo de los escritores?

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El ochenta o noventa por ciento de los actos públicos en los que participan los escritores son gratis, no sólo para el público, también para las instituciones y organismos que los fomentan, al menos en lo que respecta a la intervención de los escritores, que a saber por qué razones participan: ¿por vanidad?, ¿por generosidad?, ¿porque han sacado un libro (aunque las ventas que se pueda obtener de éste en ese acto o gracias a la organización de ese acto no reviertan, en absoluto, en la manutención del escritor; las cosas como son)?
Los pocos autores que pueden subsistir por –o gracias a— lo que escriben, son precisamente aquellos poquitos invitados constantemente a realizar actos públicos remunerados (bolos). Pero no parece que las instituciones públicas tengan la menor voluntad de potenciar esa industria, imprescindible para la subsistencia de cada vez más escritores y, por lo tanto, indispensable para que estos desarrollen su actividad intelectual y creativa. Tal vez (del mismo modo que se potencia la creación musical promoviendo la existencia de conciertos desde todo tipo de instituciones públicas) los escritores deberían de exigir que se potencie un circuito estable en el que los escritores difundan su obra y sus conocimientos… cobrando. Esto sí supondría un avance significativo en las condiciones de vida de muchos escritores. También sería un avance significativo en materia de cultura.
Otro de los frentes posibles, en nuestro deseo de una mejor vida para los escritores, es la necesidad de crear becas o ayudas a la creación. Curiosamente, sí consideramos merecedor de una ayuda económica al guionista de cine (que puede presentar proyectos de escritura a diferentes administraciones y, consecuentemente, sacar adelante la escritura de su guión cinematográfico al margen de lo que luego éste pueda valer o no en el mercado, incluso al margen de si éste llega o no a convertirse en película), pero no consideramos merecedor de un trato similar a los escritores. Acaso consideremos más “profesional” al guionista que al escritor; aunque habría que plantearse, en este caso, a qué llamamos “profesionalidad”. ¿O es que consideramos indispensable la escritura de guiones para que se realicen buenas películas y se potencie una actividad que es industrial, pero no nos resulta indispensable respaldar la escritura de buenos libros porque los escritores ya hacen el esfuerzo de todos modos y la industria editorial no parece necesitar del apoyo a los escritores para su desarrollo?
No parece que fuera tan complicado habilitar becas de escritura para que los autores que quisieran y lo necesitasen pudieran encerrarse con su trabajo; o disponer una pensión de escritura a la que pudieran acogerse todos aquellos autores que prefirieran dejar “su empleo” por un tiempo para encerrarse con “su trabajo”, leer y escribir.
Sin duda habría muchos escritores que, al menos en algún momento de sus vidas, preferirían ganar menos y poder dedicarse a lo que seguro entienden como su verdadera razón de ser; pero es que hay otros tantos que se acogerían a esa pensión de autor –por ridícula que fuera— toda su vida, pues para muchos escritores resulta más satisfactorio sobrevivir escribiendo que obtener un buen sueldo relegando la escritura a un segundo plano. Más de un “escritor de verdad” se acogería, si pudiese, a la pensión que pudiera recibir un discapacitado, o una persona con un problema mental (¡sí, estoy loco de escritura, no puedo tomar un empleo!), para poder dedicarse a escribir.
Claro que enseguida habrá quien objete que sería muy difícil juzgar quiénes deberían ser los “autores verdaderos” merecedores de una beca de escritura o pensión de autor. Acaso no se tenga en cuenta que el Estado realiza todos los días complejas evaluaciones a personas que deberán dedicarse a esto o lo otro –incluso algunos con oficios muy similares al de los escritores—, o que serán merecedoras de todo tipo de prestaciones según su formación, su economía personal y situación familiar, y que las bases por las que todo ello se regula son actualizadas por la administración año a año, etc.
También habrá quien argumente –ante la solicitud de atención económica pública para quienes producen buenas obras literarias— que los escritores deben ser seres libres, independientes de cualquier dinero público (otra vez este argumento). A ninguno de los que así piensa se le ocurrirá, sin embargo, colegir que cualquier cineasta –que recibe dinero público de TVE, ICAA (Ministerio de Cultura), y un larguísimo etcétera de instituciones autonómicas, nacionales, europeas e iberoamericanas, para la realización de sus películas—, sea un autor dependiente, no libre, y su obra se encuentre plegada a los designios e intereses del poder establecido.
Y sin embargo, por alguna razón, pensamos que los libros de los escritores serían distintos (dependientes) si fuera el estado quien les dotara, por medio de cualquier plan, de lo necesario para ponerse a escribir.
Este argumento de la necesaria independencia del escritor tiene su miga. No nos parece adepto al poder, o domesticado, el autor que recibe el Premio Cervantes o el Nacional de Narrativa, aunque se trate de dinero público, al fin y al cabo. Tampoco nos parecen adeptos al poder, dependientes, los escritores que continuamente, por su obra y su buen saber hacer, son reclamados para impartir conferencias y todo tipo de eventos remunerados, casi siempre, con dinero público. Pero en cuanto sale el tema de la financiación pública para la creación literaria irrumpe el concepto de escritor puro, independiente y auto manifiestamente libre que se apresura a declarar “aparta de mí este cáliz”.
Tal vez debiéramos preguntarnos de qué libertad, de qué independencia estamos hablando. ¿Una libertad y una independencia en la que los escritores no pueden hacer su trabajo (mientras el amigo locutor de radio, el agricultor, el músico y el director de cine, sí)?
De qué independencia hablaríamos. ¿Una en la que los escritores tienen que trabajar en otra cosa y escribir por la noche, en los fines de semana, los días de fiesta, en vacaciones? ¿O una en la que el escritor, si se pone a ello caiga quien caiga, quien cae primero es él mismo, y, si acaso su obra merece la pena, cuando la sociedad se dé cuenta del sacrificio que ha hecho ya lo cubrirá de honores, aunque sea después de muerto)?
De qué dignidad tan gallarda hablan quienes dicen que lo mejor es ser libres, independientes, no depender de la limosna del político (esa “limosna” que llueve como agua de mayo sobre quienes se han apuntado a fabricar energía con molinos de viento, los ganaderos y las mismísimas entidades financieras). ¿O acaso hablamos de una libertad que considera el sumun del éxito profesional escribir en periódicos y revistas artículos al servicio de un partido político o de otro (cuántas veces el interés de los políticos de por medio).
Como ya hemos apuntado, se da la absurda paradoja de que del libro viven todos: impresores, libreros, editores, distribuidores, traductores… Menos los autores. Qué clase de dignidad torera nos asiste cuando esgrimimos nuestra supuesta libertad e independencia para escribir lo que queramos, si aceptamos tácitamente este injusto “tanto vendes tanto vales”, que hace que editores, distribuidores y libreros traten con cierta condescendencia a la inmensa mayoría de los autores, pues cómo sino como pobres diablos pueden ver a quienes contribuyen con tanto esfuerzo y sacrificio personal e intelectual al negocio que ellos hacen; y a cambio, tan sólo, de dígame usted esa vanidad del escritor.
Los escritores mismos reprimimos cualquier manifestación de victimismo. Pero cómo no van a producirse manifestaciones de victimismo entre nosotros si con nuestra ausencia de “activismo” lo único que conseguimos es que la sociedad toda mantenga ante nosotros una actitud culpable por el trato que nos dispensa.
¿Y de verdad cree alguno que alguien se va a poner a leerle en serio sin que esa culpabilidad (provocada por la falta de consideración social) desaparezca, por muchas campañas de fomento de la lectura que los gobiernos realicen?
Hace unos días, a un buen amigo escritor (a uno de esos que se toman su trabajo en serio), le hicieron una pregunta: “Y tú qué haces, a qué te dedicas”. “Yo no hago nada, soy escritor: estoy en mi casa”, respondió. Su respuesta no me sorprendió en absoluto. Esa es siempre una pregunta incómoda. Muchos escritores no pueden menos que decir de sí mismos lo que todos parecen pensar de ellos, para qué gastar energías con explicaciones...

[El artículo continúa]*

* Artículo de Nicolás Melini

domingo, 24 de noviembre de 2013

Por asociación de ideas...


Nadie sabe muy bien cuál es la vida de un libro. Todos los escritores aspiramos a que sea lo más larga posible y que llegue a muchos y buenos lectores. Eso no se consigue sólo por la oportunidad del tema o por la calidad de los escrito, sino que es necesario mucho trabajo por detrás para poder obtener la visibilidad necesaria como para llamar la atención a los ojos y oídos de los potenciales compradores. Más todavía cuando se trata de la primera novela de un autor desconocido y se publica con una editorial pequeña e independiente.
A eso hay que sumarle efectos negativos como la crisis económica, el cambio estructural de la industria del libro, la piratería o la disminución generalizada de lectores. Sólo una cosa es capaz de superar todos esos obstáculos: la ilusión del autor y de sus editores por la novela, por tu novela, porque cada libro debe ser tratado como único, algo que muchos olvidan en esta industria masificada. 
Pues bien, desde que comencé la andadura con Las flores de Baudelaire, en mayo de 2012, mi máxima aspiración ha sido cumplida llegando hasta la tercera edición en poco más de un año. Para ello, he sido activo en las redes sociales, pero también en el ámbito físico participando en todo tipo de actos y ferias con igual pasión que el día de su presentación oficial. Era consciente de que el entusiasmo es la base del éxito en todo proyecto que se precie, por la capacidad de empatizar con los demás y de contagiarse y extenderse. Así ha sido. En todas las partes el libro ha tenido una buena acogida, desde librerías, blogs literarios, medios de comunicación, bibliotecas, hasta lectores particulares, etc., aunque algunos también me han criticado por dedicar demasiado tiempo a explicar mi novela. Para este sector, el escritor no debe rebajarse a vender, eso es cosa de los editores, de los distribuidores, de otros. Creo que se equivocan, como puedo probar en mi caso. El esfuerzo debe ser compartido y máximo por parte de toda los agentes involucrados. Y más en estos tiempos de desconcierto.
El salto se ha dado. El objetivo se ha conseguido. Ahora, tras ese recorrido, comienza otra etapa muy excitante. El gigante de la edición, Penguin Random House, acaba de adquirir los derechos de Las flores de Baudelaire para su edición de bolsillo. La edición de bolsillo está concebida para atender la demanda de un público mayoritario, y se distribuye de forma importante en las grandes superficies, cadenas de libros y librerías tradicionales, además de aeropuertos, etc. 
Es una nueva oportunidad que se le da a mi historia. Una nueva ilusión que espero compartir con todos vosotros.