miércoles, 21 de diciembre de 2011

Belfondo, de Jenn Díaz

Generalmente los libros primerizos son sobre escritores que escriben [bueno, sobre lo que les cuesta escribir y lo mal que lo pasan y lo perverso que es su progenitor que no entiende la vocación del vago de su hijo y lo dura que es la vida literaria...]. Encima, lo hacen convencidos de que están revolucionando la narrativa contemporánea [lo que no saben es que los lectores están hartos de lloricas y tienen preocupaciones mucho más profundas]. 
Este no es el caso de Jenn Díaz. La joven escritora no tiene necesidad de narrar sobre sí misma. Es más, tampoco le gusta retratar nuestra estúpida vida moderna. De una forma atrevida, la autora crea su propio mundo, una sociedad cerrada, apartada, rural, rica en personajes y en interrelaciones humanas que se enlazan de manera afortunada creando un ambiente extraño entorno al amo.
Porque en Belfondo predomina la máxima autoridad: el dueño de la fábrica, cuyo poder pesa sobre el conjunto de los habitantes, personajes que tiene sus historias, muchas de ellas insignificantes pero cuando menos curiosas. Por ahí aparecen maestros, enterradores, pianistas, prostitutas, curas e incluso un Dios bastante humano, seres que se preguntan sobre sus vidas y lo que hay fuera de esa sociedad sofocante y controlada.
Belfondo es, por tanto, un símbolo de la libertad humana y de los peligros que la acechan si no somos conscientes de que hay que pelear por ella. Es, además, una meritoria novela donde la autora desarrolla su propia voz, su propio mundo narrativo, con grandes dosis de amor e ironía.

Nota: la autora sabrá por qué ha puesto a sus personajes esos nombres

Belfondo
Jenn Díaz
Editorial Principal de Libros
Págs. 157

viernes, 9 de diciembre de 2011

Luz de noviembre, de Eduardo Laporte

Luz de noviembre es la historia de nuestra vida [y de nuestra muerte]. Ni más. Ni menos. Es la crónica de cualquier hijo que debe enterrar a sus padres y que antes debe ser testigo de la enfermedad y de la degeneración. Es la narración del miedo, de la huida, del desamparo y, al final, de la maldita madurez que nos obliga a asumir lo que más tememos. Es la historia de una época pretérita llena de lagunas ya irrecuperables porque nunca nos ocupamos de ella con el suficiente interés [total eran nuestros padres y siempre estaban ahí!]. 
Y Eduardo Laporte nos la muestra con especial habilidad, desde un punto cercano [pero no sensiblero] en donde se intercalan recuerdos con reflexiones de una manera ágil y ordenada que nos obligan a echar una mirada introspectiva crítica sobre nuestras propias relaciones filiales
Y lo hace desde la firme convicción de escritor en ciernes que siempre supo que acabaría escribiendo sobre aquello. Aquello son sus padres, la firma textil Philippe Laporte en la que trabajaban ambos progenitores, el cáncer, los hospitales, Pamplona, las tías, la novia... 
Laporte comienza a escribir este libro cinco año después de su fallecimiento, con la duda creativa del principiante, pero con la convicción de que su elección es la correcta y que llegará al final del camino con éxito, como así ha sido.
Desde luego, Luz de noviembre es una novela necesario en este nuevo género que son las narraciones autobiográficas [en donde el diálogo/distancia padre-hijo juega un papel esencial], al igual que lo fue recientemente Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente.


Luz de noviembre por la tarde
Eduardo Laporte
Editorial Demipage
Págs. 174

lunes, 5 de diciembre de 2011

Constatación brutal del presente, de Javier Avilés

La imposibilidad de la reseña deriva de la imposibilidad de la obra. 

Nota: leer la obra de Javier Avilés es como pasear por un campo de minas con la intención de volar por los aires. No es inteligente pero a algunos nos gusta.  

 
En la literatura española hay escritores buenos, malos y regulares. Lo que no suele haber son escritores únicos. Y tampoco libros que son concebidos como únicos. Javier Avilés y Constatación brutal del presente son la excepción. Estoy convencido que el autor es de esa clase de narradores que sabe que lo suyo no es contar historias sino destruirlas, consciente de que el tiempo de la novela ha finalizado y que sólo nos queda la hecatombe literaria [y quizá por eso humana].
Porque Constatación brutal del presente es una novela experimental que juega con el lector de principio al final y que le sumerge en un mundo de ciencia ficción, sabotaje, pérdida de identidad, bloqueo de la percepción y caos narrativo como pocas veces se ha visto en este país [si fuera norteamericano estaría ocupando una cátedra en alguna de sus prestigiosas universidades].
Y lo hace de una manera bestial [que no siempre acertada] mezclando historias y narradores, valiéndose del cine como referencia, hurgando en la barbarie individual y colectiva, conocedor de que el lector que acabe su obra no será el mismo[probablemente ya no será], como tampoco lo será la literatura tras la bomba digital que nos viene encima y que finalizará con los lectores tradicionales y con la industria editorial.

[Aquí termino. El resto no tiene importancia. Ni la trama, ni los personajes, ni el estilo, ni el lenguaje. Todo eso es accesorio en esta novela grandiosa y apocalíptica].

Constatación brutal del presente
Javier Avilés
Editorial Libros del Silencio
Págs. 168