martes, 26 de abril de 2011

Por fin pasó!

Por fin pasó el día del libro, ese día en el que familias enteras ocupan los stands de los libreros con afán depredador. Los que no han leído en todo el año (47% de la población) intentan recuperar el tiempo perdido en unas horas y, encima, ahorrarse el 10% del precio del libro y llevarse una rosa. 
Como se ve, no tengo nada en contra de estos actos de amor hacia la lectura. De hecho, muchas editoriales venden hasta un 15% de su producción anual en ese día (por supuesto, en Cataluña). 
Lo que me molesta es que los escritores españoles (o no españoles) se vayan como locos a Barcelona para sumarse al carro de las ventas. Hasta 200 hombres de letras han estado el fin de semana en la ciudad condal para ofrecer su firma a los potenciales lectores.
¿Cuántos han quedado en Bilbao, San Sebastián, La Coruña e, incluso, Madrid, por nombrar algunas ciudades? Respondo: los despistados, los que no entran en ese tipo de promoción o los de tercera regional.

martes, 19 de abril de 2011

Opera con mujeres operadas

Ayer estuve en la opera escuchando Eugene Onegin de Chaikovski; una historia de amor ambientada en la Rusia de la zares. El conjunto de la obra estuvo muy bien, con gran actuación de Ainhoa Arteta, del coro y del ballet, y con un decorado muy atractivo donde hubo hasta agua.
Y hablando de decorado, lo que más me impresionó fue observar la cantidad de mujeres operadas –valga el juego de palabras– de todo: nariz, labios, frente, párpados. Pero no una o dos o tres, parecía un ejército de robots sin expresión vestido con sus mejores galas.
Y pensé, entre acto y acto, que ya somos una sociedad avanzada, que ahora nuestra mayor preocupación es morir con apariencia de jóvenes.
Buen argumento para un libro. Los malos son los cirujanos plásticos, ¿verdad?

lunes, 18 de abril de 2011

Libros y hamburguesas*

Schiffrin nació en París en 1935, hijo de un editor legendario, y vive en Nueva York. Fue director de Pantheon, una de las grandes editoriales del mundo. En 1990 creó The New Press, editorial independiente con la que ha resistido haciendo lo que quiere. El mundo editorial, dice cuando se sienta a la mesa, se parece mucho al menú de un almuerzo. "Y uno sabe que sin cultura abundará la comida rápida". 

Él está en contra de la comida rápida. Y tiene una buena relación con la comida. Su mujer, María Elena de la Iglesia, escritora, es española de origen, hija de un general que mandó en la defensa republicana de Madrid. "Y es muy buena cocinera". A él le gusta "la variedad regional española"; esa variedad, cree, "se parece mucho a lo que uno tiene que hacer como editor... Variedad y calidad, buena comida". Hubo un movimiento, slow food (comida lenta), "que triunfó en Italia y en otros países; y luego surgió el movimiento slow publishing, que apelaba a cierta lentitud en el manejo de los libros". 
Se trataba de dar más tiempo para que la gente encontrara los libros en las librerías, "y se trataba también de conseguir que las novedades permanecieran ahí más tiempo. Ahora la presión lleva a vender libros de manera casi instantánea. Comida rápida. Y los libros han de cocinarse con tiempo y con amor. No como una hamburguesa".
Y es que el mundo editorial (y cultural) "se ha decantado por la prisa", con lo que esto puede significar para los estómagos literarios. No ocurre solo en el universo en el que trabaja; afecta a la prensa, a la música, al cine. Y él ha estudiado el fenómeno en dos libros que ahora junta: El dinero y las palabras / La edición sin editores (Península), para cuya aparición ha hecho este viaje Nueva York-París-Madrid. "Muchas personas están preocupadas", dice después de haber hecho caso a su editor, Manuel Fernández-Cuesta, que le aconseja que pida un relleno de rape... "Los retos tecnológicos son muy serios. En Estados Unidos, a pesar de que muchos lectores utilizan e-books u otros aparatos similares, el peligro que acecha es el cierre de muchas librerías... Los best sellers dominan las listas de los libros, el libro electrónico cuesta lo mismo que un libro de bolsillo, que hasta ahora era el ingreso más importante de una editorial. Y dentro de unos años, Amazon será la que tenga el monopolio de la venta de libros".
El menú editorial se parece al de una hamburguesería, pero aquí, en el restaurante, disfruta de un mayor optimismo gastronómico. La sombra persiste: "El cierre de librerías significa que habrá menos lugares en los que los lectores descubran libros. Siempre he dicho que la librería ideal no es la que tiene el libro que andas buscando, sino la que te vende el libro que no sabía que querías".
Y, en general, dice, "la cosa no está bien". ¿Solución? "Lo cuento en mi libro: se pueden hacer leyes que protejan la librería, se hace en Noruega, se hace en Alemania. Un día le pregunté a Michael Naumann, librero que fue ministro de Cultura alemán, qué pasaría si acabara la protección legal de las librerías. Y me dijo que cerraría la mitad. En Alemania sigue habiendo 8.000 librerías".


Artículo publicado en El País 

martes, 12 de abril de 2011

Acosados en la bitacora

Empiezo a entender el tema del acoso. Hasta ahora nunca me había ocurrido. Ni en el trabajo, ni en el mundo literario (ahí me he sentido vapuleado, pero no es lo mismo). Había oído hablar de él, de sus consecuencias negativas para el equilibrio personal, de las dudas sobre el comportamiento que en cada uno provoca, de las dificultades para rehacer la vida después de un episodio tan desagradable.
Sin embargo, ahora me siento acosado. Si bien es un acoso cibernético. Me explico. Hasta hace unos años, los que teníamos blogs éramos hermanos de sangre. Nos leíamos a veces, nos saludábamos de vez en cuando y siempre nos respetábamos. Que si uno escribía de cuentos (bien!), que si otro de actualidad (perfecto!), que si el de más allá de desamor (genia!), que si alguno de política (super!). En el fondo, gente seria.
Todo esto está cambiado en la actualidad. En estos tiempos han aparecido como extraterrestres docenas de blogueros que disparan a todo. Ahora te encuentras con gente que habla de sexo (bien!), de pinchos (why not!), de tecnología (uh!), de parques temáticos (uh!), de fútbol (uh!), de carreteras (uh!), de famosillos de tercera (uh!), etc. 
En definitiva, buscan el éxito social rápido y nos están obligando a los viejos blogueros a enrocarnos en nuestros cuarteles de primavera.
Desde que han cambiado las cosas, me enfrento a un acoso permanente de los nuevos compañeros de viaje. Estoy por demandar blogger –por ponerlo tan fáci– porque noto mi integridad física y psíquica en peligro. ¿Hasta cuándo aguantaré?


lunes, 11 de abril de 2011

El editor Stephen Page y Faber & Faber*

Debe dar mucho gusto, y mucho pavor, estar sentado aquí, en esta editorial que se edificó sobre el genio de T. S. Eliot, uno de los grandes escritores del siglo XX. Eliot le dio su impronta a Faber & Faber, la gran editorial inglesa de literatura. Ha sido tan decisivo para aguantar su prestigio que incluso ha sido fundamental para sustanciar sus finanzas. Los derechos de Cats, los poemas que Eliot dedicó a los gatos y que fueron el armazón de un musical de éxito, han sido esenciales para que Faber no se desviara de lo que quisieron Eliot y sus compañeros de aventura: mantener allí, en el Bloomsbury mítico, una empresa que gane dinero apostando por un catálogo del que no tengan que avergonzarse los huesos de los fundadores.
El que se sienta en esta silla y trata de cumplir con aquel mandato es Stephen Page (inglés de 1965), un ejecutivo editorial (un publisher) que tuvo varias experiencias en el mundo comercial de la edición hasta desembocar en este santuario. De sus éxitos en la relación con los autores, que son la clave de Faber, hablan dos ejemplos recientes: Harold Pinter le pidió que le representara en la recepción del Premio Nobel que le correspondió, y P. D. James, la gran dama de negro de la literatura inglesa, resumió en una dedicatoria la devoción que a veces los editores y las editoriales desatan en sus autores: "A Stephen Page, editor, y a todos mis amigos, viejos y nuevos, de Faber & Faber".
Eso es un bagaje, sobre todo en una editorial que se sustenta sobre esa relación autor-editor, que es la que ha permitido crear una backlist (un catálogo) que pesa como una conciencia.
Usted está al mando de una editorial fundada por gente que tenía un enorme respeto por el pasado de los libros y sobre todo por la poesía. ¿Cómo se enfrenta usted a esa historia y al mundo que viene?
Aquí uno siente y reconoce los 80 años de legado de Faber, el pragmatismo con el que esas personas han liderado esta empresa y la backlist que crearon. Pero la backlist no es lo único que hicieron. Y la poesía ha sido una apuesta, pero ahí intentamos perder lo menos posible. Faber ha sido siempre una editorial que abarca muchos géneros: desde libros infantiles hasta jardinería... Los archivos están repletos de libros comerciales de calidad; gracias a eso Faber pudo sobrevivir y ser independiente. Y por eso consiguió publicar a escritores y obras extraordinarios. La historia está presente, pero no podemos levantarnos cada mañana pensando que tenemos que publicar la nueva Tierra baldía de Eliot. Aunque siempre te puedes despertar con la esperanza de que una de las obras que publiques tenga repercusión en el futuro y pueda aportar a ese abrumador catálogo.
¿Cómo le ha ayudado a usted su experiencia personal a la hora de dirigir una editorial como esta?
Mi bagaje personal ha creado una extraña mezcla entre experiencia e intereses que parecen hechos a la medida para dirigir Faber. Nunca he sido un editor. Siempre he estado en el lado comercial dentro de pequeñas editoriales o grandes editoriales con mucha historia. Pero a lo largo de mi vida he sido un lector apasionado. Ahora en Faber tengo un grupo de editores extraordinarios y expertos en su labor. Mi trabajo consiste en supervisarlos, pero no soy uno de ellos... Esto es crucial, que el rol de publicar esté íntimamente ligado con el puro trabajo editorial. El venir de un pasado comercial me permite suponer que uno lo ha de saber todo acerca de la obra que se esté publicando. Pero no es verdad. Puedes saber muchas cosas, pero nunca predecir lo que va a ocurrir con esa obra una vez lanzada al mercado. El aspecto comercial en el mundo editorial está sobrevalorado. No sabemos los cambios que van a llegar, no podemos predecir, por tanto, si un libro va a ser un éxito o no. Lo que ocurrió ayer tal vez no sea importante mañana.
¿Hay un momento preciso en que usted sintió que esto es así?
A partir de 1995 el mercado comercial se volvió feroz. Y lo que hicimos fue más que nunca cuidar la obra, el envoltorio, el marketing; pero eso por sí solo no es suficiente. Uno también ha de estar atento a las dinámicas del mercado sin dejar que este te dicte lo que tienes que publicar o cómo.
¿Y cómo ha podido resistir Faber a ese mercado feroz?
En Faber tenemos la suerte de contar con accionistas extraordinarios que entienden que el trabajo a largo plazo es justamente eso. La mitad de los accionistas pertenecen a la familia Faber. Y la otra mitad pertenecen a la familia Eliot. No esperan que ocurran milagros de un día a otro. Ningún accionista me ha llamado para preguntarme cómo vamos a aumentar las ventas. Entienden el equilibrio entre la identidad de la empresa y lo que publica. Aquí sabemos que si contamos con copyrights [derechos] excelentes y si cuidamos lo que publicamos y somos ambiciosos en esto, a largo plazo todo eso cuenta mucho. Hay que creer fielmente en la calidad y apostar por ello... Creemos en la cantidad de lectores que quieren algo de calidad.
Internet irrumpe en la cultura del libro tal como era hasta ahora. ¿Cómo ve usted el futuro del libro y de las librerías? ¿Existe el peligro de que mueran?
Tanto el autor como el lector gozan de una salud muy buena. Y esa es la esencia de nuestro negocio. Y sí, hay muchos cambios en la manera en que lo hacemos. Pero soy optimista. Nuestro trabajo consiste en que lo que escriban los escritores sea de una calidad excelente y que eso llegue a los lectores. Ese es nuestro trabajo. Uno de los miedos era que los escritores iban a ir directamente al lector, sin pasar por la editorial. Pero no es así. No ha cambiado en lo esencial. La inversión en los escritores no se ha desvanecido. Las editoriales existen para ayudar al escritor. El segundo paso, que es el de editar, el de mejorar lo escrito, sigue siendo algo que se hace de manera muy consistente. Y se invierte mucho en ello. Al menos se debería. Las editoriales tienen que servir al escritor. No al revés. Sé que hay agentes y escritores que creen que las editoriales no ponen empeño en esto, y en algunos casos es verdad. Es peligroso porque sin duda la mejor inversión es la que se hace en el escritor. El tercer paso, que es el de llegar al lector... Ahora tenemos competidores nuevos, como Amazon. Algunos piensan que Amazon sabe quién es el lector y las editoriales no lo saben. Que conocemos las librerías, pero no los lectores. Y las editoriales se están empezando a transformar, orientándose más en el lector y dependiendo menos de los lugares donde se venden los libros. Las editoriales tienen un monopolio en el sentido de que controlan cómo llegan los libros a las librerías, supermercados o tiendas. Pero no tienen el monopolio y no controlan cómo hacer llegar tu libro digital al lector. En el Reino Unido se prevé que las ventas online signifiquen un 5% de nuestros ingresos de aquí a un año o dos. Otro 10% lo vendemos a través de Amazon y empresas parecidas. Eso representa un 15% de ingresos que no están viviendo a través de las librerías. Para mí esa es la amenaza más grande: cómo reestructurar el sistema para que las librerías puedan seguir existiendo. Pero ya dije antes que creo firmemente en que los lectores sigan comprando libros impresos, y aunque cada vez haya más demanda para libros digitales, no seguirá el mismo curso que ha seguido la música, por ejemplo.
¿Por qué?
El CD es un CD... El libro, no. El libro sigue siendo un objeto. El 30% de los libros se compran como regalos. La edad de los compradores de música es joven; los compradores de libros son mayores. La mayoría de los libros los compran hombres mayores de 50 años, seguidos por mujeres mayores de 50 años. Dicho todo esto, creo que lo importante es que la gente lea. No me importa si es un ebook. Lo que haremos es producir libros más sugerentes, más atractivos. Libros.
¿Y le preocupan las descargas gratuitas?
Por supuesto. Si hablas con cualquier persona que trabaja en el mundo discográfico, esa es su principal preocupación, el pirateo, como lo llaman ellos. A diferencia de lo que pasa en el sector musical, donde lo que importa es el empresario, a nosotros lo que nos importa es el escritor. Las licencias de copyright tienen que asegurar que se proteja al escritor y su obra. Esa licencia tiene que trabajar para que no se abuse del escritor, porque si el sistema de licencia no le protege, todo se derrumba. El problema en el mundo digital es que existe una delgada línea entre el uso y el abuso de la obra. Uno de los grandes placeres que existen es prestar libros a los amigos. Si yo le presto a un amigo el libro Matar a un ruiseñor, no me siento mal porque este no le pague un royalty al escritor por leerlo sin haberlo comprado. Pero tenemos que pensar en una nueva manera de operar con el mundo digital. Tenemos que concienciar a la gente de que la única fuente de ingresos de un escritor es el copyright.
Creí que había venido a hablar con un comercial de la edición y encuentro que usted resguarda cierto romanticismo editorial: el valor del autor, el valor de la librería, el valor del libro bien hecho...
[Risas] ¡Soy un comercial romántico! Si se hace un repaso histórico del trabajo del editor, siempre existe un lado romántico e intuitivo. Me gustaría pensar que nuestro trabajo tiene que seguir aproximándose al escritor, hemos de seguir creando fuertes lazos con el escritor, el librero y el lector. Al mismo tiempo, hemos de aprender el nuevo sistema económico y compartir de manera equitativa. Me gustaría estrechar más que nunca los lazos con el escritor. En Faber trabajan personas que tienen desde 20 hasta 65 años. Y en los últimos años hemos incorporado a personas más jóvenes. Esto resulta muy interesante y es importante escucharlos. Es necesario saber lo que piensan y cómo operan.
¿Y qué ha aprendido a nivel personal de este oficio en el que es el editor de los editores?
No es cuestión de que te guste todo lo que un editor te propone, pero si un editor defiende una obra a capa y espada, tienes que hacerle caso. Es un trabajo que requiere equilibrio. Por un lado tienes que proteger las relaciones a largo plazo con un escritor y abrir nuevas ventanas y posibilidades a nuevos escritores. También es necesaria la evaluación. Los editores no son necesariamente las personas más indicadas para saber cuánto habría que pagar por el copyright. Y ahí entra el departamento comercial, que tiene un rol muy significativo. No están ahí para juzgar la obra o para decir que no quieren comprarla. Su trabajo consiste en decir: de acuerdo, queremos esta obra, ¿cuánto valdrá en el mercado? Es una cuestión de encontrar un equilibrio entre el lado comercial y el lado editorial. Viniendo del mundo comercial, se me da bien hablar con ellos.
Eliot dijo: "El crítico no debería tener emoción al menos que esté ante una obra de arte". Esto se podría aplicar al editor, ¿no?
Sí, por supuesto. Tienes que mantener una cierta claridad mental, pero sin duda lo más importante es estar infectado por la pasión. En ningún otro departamento de una editorial se vive tan de cerca la creación de la obra. Ser un editor implica estar lo más cerca posible del escritor. Y esto es apasionante. Necesitas saber qué es lo que necesitan, cómo se sienten. Por supuesto, hay otros temas importantes de los que hablar con el escritor, como los temas comerciales, legales, etcétera, pero este no es el trabajo de un editor.
Gallimard decía que editor es aquel que osa elegir y sabe esperar. Esta es la regla de oro, decía.
Y tiene razón. Y añadiría la palabra apostar. Hay que apostar. Porque este es un universo caótico. Al escritor no se le pueden exigir formas de escribir concretas o fechas de entrega absurdas. El escritor funciona de otra manera. Tenemos que trabajar con lo que recibimos. A veces recibes más de lo que necesitas. A veces menos. Así que tienes que mantener la calma. Porque hay muchos más fracasos que éxitos. Hay que aprender de los fracasos... Esta industria atrae a personas generalmente muy críticas y narcisistas. Así que hay que mantener la calma. No sabemos lo que vamos a recibir ni cuándo. Y cuando lo recibamos, hay que ver adónde nos lleva. No hay nada seguro.
Lo que dice Gallimard: si hablas con certeza de un libro, no eres un editor.
Y ese es el goce de este trabajo. Decir lo que va a ocurrir con un libro es imposible porque hay factores que no puedes tener en cuenta, como la aceptación del lector. Trabajé en un libro titulado Longitud. "Trata sobre la longitud, escrito por un relojero inglés", me dijo el editor. Y dije que imprimieran 10.000 ejemplares. Se vendieron más de un millón. Acerté en un 1%. Era suficiente. Lo compramos, lo editamos y nos fue muy bien. Pero no sabíamos el éxito que íbamos a tener. Diría que en este oficio hay que seguir publicando, seguir apostando y seguir esperando.
Rulfo dijo que escribió Pedro Páramo porque quiso leer ese libro. ¿Hace usted encargos de libros que le gustaría leer?
Creo que sí... Lo que sí le puedo decir es que cuando leo por placer no puedo desconectar al editor que tengo en mí. Leo y pienso: ¿es esto lo que quieren leer los lectores?
Editar es como respirar, pues. ¿Cómo respira usted?
A veces sin aliento.
* Artículo de El País

miércoles, 6 de abril de 2011

Pajaros cantores en premios literarios

Hace poco descubrí que los premios literarios no son los únicos en los que la subjetividad de un jurado es parte fundamental del desenlace. Bueno, además de la valía de la obra, de la labor de los agentes literarios, de los intereses de las editoriales y de otros avatares que ya son sabidos.
No, descubrí por azar que hay concursos de PAJAROS CANTORES, como lo oyen, y he visto al jurado en plena faena.
Aparte de lo pintoresco de la escena (árboles, jaulas y, sorprendentemente, muchos hombres), he de decir que el juez escuchaba imperturbable a tres pajaritos encerrados en sus respectivas cuchitriles en medio de un bullicio de coches, campanadas de iglesia y niños saltarines.
Para mí, que soy un poco tapia, me parecía que no cantaban, pero cantaban, se lo aseguro, aunque de una forma desigual, como con desgana. La misma desgana que puede detectar en el juez que miraba al paisaje bucólico-urbano con una cierta ensoñación.
Yo, en esos momentos, me imaginaba a los jurados de premios literarios repartiéndose los cientos de manuscritos a concurso con las mismas miradas perdidas que los pájaros cantores; no, perdón, con las miradas de los jueces de los pájaros cantores.

lunes, 4 de abril de 2011

Michael Krüger opina sobre los libros*

Michael Krüger (alemán de 1943, poeta, novelista, editor) es el director de Hanser, una de las grandes editoriales literarias de Europa. Su despacho está en Múnich, y está rodeado de originales en papel.
Delante, ante sus ventanales airosos que nosotros visitamos en enero, hay unos árboles suntuosos que él, poeta de la ironía y de la memoria, identifica con los que nos estarán mirando en el futuro. ¿Y el presente? Ese es el meollo de la cuestión ahora: ¿qué será del libro tal como lo conocemos, tal como lo piensa él, como autor y como editor? ¿Qué será? Tiene en uno de sus libros de poemas unos versos hermosísimos sobre la memoria: "A veces la infancia / me envía una tarjeta postal". ¿Qué le dice la memoria al editor, qué postales le envía? Es de la estirpe de los editores literarios que ha tenido Europa: Carlos Barral, Roberto Calasso... De modo que siente por el texto como siempre lo hemos tocado un respeto enorme, que es el mismo respeto que siente sobre el paso del tiempo. De eso, del tiempo que viene, queríamos hablar con él en esta serie acerca de los desafíos a los que se enfrenta el mundo creado por su paisano Gütenberg.
Dice usted en uno de sus libros traducidos al español: "Ir así como si la muerte no estuviera en los zapatos". A veces vivimos como si la muerte no tuviera nada que ver con nosotros. Y ahí están los libros tal como los hemos conocido. ¿Morirán estos libros?
Respuesta. Los libros realmente buenos tienen una vida más larga que la de un hombre. Y esa es una situación extraña. Como la de sentarse por la mañana delante de un papel en blanco. Pero el autor un buen día se muere y el libro sigue ahí. Eso es lo fascinante de un libro: que tiene su propia vida. Y se relaciona con el autor solo porque su nombre figura en el libro. Lo extraño es que todos -los estúpidos, los inteligentes, los cultos y los ignorantes- pueden leer un libro de distintas maneras. El texto tiene vida propia. En el momento en que publicas un libro debes saber que el libro va a vivir, probablemente, mucho más que tú como autor. Y la única persona que va a velar por él es el editor. El editor tiene el deber de mantener el libro vivo aun cuando el autor esté muerto. Los únicos que siguen ahí tras la muerte del autor son el editor y el texto. El libro es un organismo vivo.
Y está el lector.
El libro siempre está a la espera de un lector. Si no llega un lector, el libro se muere. Por eso los editores tienen el deber de mantenerlo vivo. ¿Qué significa esto? Todos sabemos que el 90% de los libros que se han publicado en 2011 no sobrevivirán de aquí a un año. La mayoría de los libros que se ven en las tiendas tienen una vida de seis meses. El 10% restante podría tener una vida más larga. Algunos libros, aun cuando son importantes, se olvidan. Pero, de pronto, alguien viene, lo coge y dice: "Esto es una obra de arte, hemos de releerlo". Y muchas veces los lectores siguen este consejo. Kafka es un buen ejemplo. Mientras vivió publicó unas 200 páginas. Cuando se publicaron estas 200 páginas lo leyeron mil personas. Mil personas. Nadie más. Sin embargo, después de la guerra alguien cogió el libro y dijo: "Este libro describe perfectamente el estado de la condición humana en los tiempos de la Primera Guerra Mundial y hay que releerlo". Actualmente lo leen personas en todo el mundo.
Y, en su tiempo, era casi inédito...
Mientras vivió, a nadie le importaba lo que escribía Kafka. Y el deber de un editor es escuchar la música del tiempo... Esa música siempre está buscando a alguien y el texto puede ser revitalizado. Por ejemplo, hace dos años publicamos lo que yo llamaría la traducción más apropiada del Quijote. Por supuesto, existían muchas traducciones al alemán, unas 10 o 15. Sin embargo, aquí pensamos que hoy en día sus alegorías podrían suscitar interés, podrían tener una nueva lectura. Pensamos que sería interesante leerlo en la actualidad, en este momento histórico, capitalista, europeísta, en el que hay tantas nuevas luchas contra los molinos de viento. Lo interesante es que la nueva traducción tuvo muchísimo éxito. Pero lo que no esperábamos era que esa situación metafórica y alegórica, la de don Quijote y Sancho Panza, encajase tan perfectamente con la situación presente. El editor tiene que saber que un libro, aunque tenga 500 años, puede tener una nueva vida. Imagínate Hamlet ahora...
Es que la condición humana es siempre la misma...
Correcto. Y no cambia de manera acelerada. El periodo de vida de un ser humano es muy corto. Al ser tan corto uno debería leer los buenos libros que existen. Y el editor tiene que saber qué libros -del pasado y del presente- realmente pueden interesarle al lector desorientado. En los últimos años hemos sufrido tantos cambios, en nuestras nociones sobre el mundo, sobre nuestra existencia, sobre la política, sobre la Unión Europea. La gente ha cambiado tanto, se ha variado tanto el pensamiento. Eso es lo que tienen que tener en cuenta los políticos: que ya todo es distinto, y que acaso los autores lo están percibiendo mejor que ellos. Cada país tiene sus autores, nosotros debemos estar atentos a lo que escriben, pero los políticos también. Creo que la mentalidad es descrita correctamente solo en la literatura. Hasta los años cincuenta del pasado siglo las personas solo tenían la literatura para entender otros mundos. Ahora tenemos otros mecanismos. Para saber cómo somos. Pero hemos de leer la literatura si queremos realmente saber cómo es la mentalidad de las personas.
Decía usted que su trabajo consiste en revivir libros muertos. En el caso de los libros actuales, ¿cómo es el proceso de selección? ¿Cuándo sabe usted que un escritor, como hubiera dicho Gertrude Stein, es un escritor-es-un-escritor?
Esto te lo da la experiencia. Creo que muchos de los editores hoy en día no leen. Están tan inmersos en leer a los contemporáneos y leer informes sobre libros que ellos ya no leen por placer. Ya no son lectores apasionados. Y el 80% o el 90% de los libros que publican desaparecerán el año que viene. Claro que tenemos que alimentarnos y alimentar al escritor, así que la máquina tiene que funcionar. Pero la máquina no tiene nada que ver con la persona que está sentada sola escribiendo. El trabajo de escribir: eso es lo que me fascina. Y eso no ha cambiado nunca. Sigue habiendo un escritor sentado a la mesa delante de un papel en blanco. El proceso de escritura no tiene nada que ver con la máquina. Solo que la infraestructura ha mejorado para el escritor, pero nada más.
En uno de sus libros usted dice que el futuro es una broma. ¿Podríamos hablar del futuro como si fuera una broma?
Si tienes mi edad, 67 años, por supuesto que puedes hablar del futuro con sentido del humor. Nadie supo pronosticar la crisis global que estamos sufriendo. Ni siquiera las personas con un alto nivel educativo, con dinero, con cultura. Nadie. Nadie pensó que iba a haber una reunificación en Alemania. Nadie pensó que en África iban a sublevarse. Nadie pensó que Facebook iba a cambiar la sociedad. Hace 20 años nadie pensó que las personas iban a caminar por la calle con un teléfono móvil. Antes solía contentarme con poder leer un periódico por las mañanas. Hoy hay gente que no está satisfecha si no recibe 15 periódicos al día en su ordenador. Al final me sentaré y miraré el árbol y la casa que tengo delante. Y me moriré con ese árbol delante de mis ojos.
Muchos cambios. ¿Y cómo afectarán a la lectura?
Afectan a nuestra propia existencia. Esto significa que en estos momentos en que vivimos nadie tiene tiempo. Es muy habitual escucharlo. ¡No tengo tiempo! Si empleas aunque sea un periodo muy breve de tiempo en leer basura se lo estás quitando a una lectura de un poema de Góngora. Cuanta más basura haya menos tiempo tendrás para ti. Y es una situación paradójica: escuchar a gente decir que no tienen tiempo. ¡Porque sí lo tienen! Y, claro, en ese vaivén la lectura se ve perjudicada. Porque no se puede leer más rápido. A Proust no se le puede leer en menos de tres meses. Y eso hace que la máquina se enfade. La máquina lo que quiere es que una persona pueda leer a Proust en dos días. La máquina pensará en crear formatos más cortos, en resúmenes, en tiras de cómic... Lo que ocurre me recuerda una cita de Woody Allen; después de leer a Dostoievski le preguntaron sobre el libro y dijo: "Lo único que puedo decir es que es ruso". La lectura es totalmente contraria a esta aceleración. A este ritmo. Cualquier cosa sí se puede adaptar a este ritmo, pero la lectura no.
¿Afectarán estos cambios también a la escritura? ¿Y a las editoriales?
Acabo de volver de Nueva York, donde me dijeron que ahora el 35% de los libros va a estar disponible en formato e-book. Puede que ese porcentaje suba. El e-book es más barato, no precisa papel, los bosques están felices. Esto también significa que se pueden almacenar cientos de libros en tu ordenador, no necesitas espacio físico para guardarlos. Creo que todo eso está afectando enormemente al mundo editorial. Las librerías pequeñas están cerrando. De aquí a cinco años tendré que reorganizar nuestro modo de funcionar. Necesitaré a más personas que supervisen la venta electrónica, que promocionen los libros a través de las redes sociales. Y tendrán que meterse en blogs. La escritura tiene ahora que ver con meter una idea en un universo electrónico. La idea es más rápida que el libro. Cuando en 1858 alguien lograba una solución matemática para un problema, esa noticia viajaba lentamente hasta ser aprobada y adoptada. Ahora en ocho minutos puedes compartir una solución matemática con todo el mundo.
¿Y los editores seguirán siendo los guardianes de los libros?
De aquí a 20 años seguirá habiendo editores. Tal vez no tantos como hoy, pero muchos sobrevivirán. El mercado en sí se está reduciendo. La tirada de libros se está reduciendo y el coste está aumentando. Dentro de 10 o 20 años un libro valdrá demasiado para un joven lector. En lugar de comprarse un libro se imprimirá los sonetos de Shakespeare de manera directa. Y esto nos lleva al asunto del copyright. Este es el gran problema. La mayoría de los libros y la información disponible en una librería se puede conseguir por Internet. Uno lo paga o lo piratea. Si la voluntad de comprarse un libro desaparece el libro desaparecerá. Y eso mismo ha pasado con la industria editorial. No sé cómo será en España, pero aquí los autores hacen giras con sus libros y dan charlas. Si pueden dar 14 charlas al año llegan al público y obtienen lo suficiente como para vivir de eso, aparte de lo que obtengan por las ventas.
Son trovadores.
Y en ese rol de trovador el autor puede vender sus libros de manera personal e íntima. Y este es un mercado al alza aquí. Es un acontecimiento, y si el autor consigue transmitir y ser un buen orador, puede tener éxito.
¿Todo esto cambiará la relación entre el autor y el editor?
Yo me paso mucho tiempo con los autores porque eso me encanta. Me interesa estar cerca de ellos. El proceso de escribir sigue siendo para mí lo más fascinante de mi trabajo. Lo que viene después, vender el libro, se hace de la manera más transparente posible e intentamos que el escritor entienda qué es lo que hacemos. Recuerdo que Günter Grass me dijo que lo único que necesitaba era una mesa y papel. Y le pregunté: ¿sabes cuánto vale el papel? ¿Sabes cuánto vale un anuncio en EL PAÍS? Y no lo sabía. La mayoría de los escritores no sabe cómo funciona el mercado y es nuestro deber hacérselo saber. Creo que la solución es estrechar los lazos con el autor. No existiríamos sin el autor.
Cuando lee un manuscrito, ¿qué es lo que le convence para publicar?
Busco aprender. Si leo una novela, por ejemplo, quiero aprender algo sobre la forma de escribir, algo sobre el tema que trata, o quiero que alimente lo que yo llamo "mis pilas de placer". Si no aprendo nada, no la publico. Esa es mi prioridad: aprender, tener placer. Anoche estuve leyendo hasta las dos de la madrugada porque hoy tenía que tomar una decisión. Si no aprendo nada, no publico lo que he leído. Claro que hay editores a los que solo les interesa publicar teniendo en cuenta el aspecto comercial. Al leer no leen por leer sino que leen para ver si eso reúne los ingredientes comerciales adecuados... Samuel Pepys dijo: "No quiero morir porque tengo que leer 400 libros. Quiero morir cuando los haya leído todos". Es algo heroico lo que dice Pepys. Pero yo me contento pensando que hasta el último momento de mi vida tendré libros para leer.
Tiene usted unos versos muy bellos sobre la niñez, que "a veces me manda una tarjeta postal". Si usted pudiese escribirle al niño que fue una tarjeta postal sobre lo que se va a encontrar, ¿qué le pondría?
Diría que si tiene que elegir entre el mundo de los libros y el mundo del campo que escoja el mundo del campo, del bosque, que huya de la ciudad. O vas a Atenas o te quedas en el campo.
* Artículo publicado en El País