lunes, 28 de febrero de 2011

Amazon, Carmen Balcells y los libros electrónicos*

La editora Carmen Balcells espera que sea el revulsivo para el libro electrónico en español, cuyas ventas  fueron de 5.885 euros en 2010.
 
Gabriel García Márquez es el autor en español con más éxito entre los libros electrónicos de Amazon.
Amazon abrirá su librería virtual este mismo año en España. La agencia literaria Carmen Balcells, que representa a las principales firmas en lengua castellana, ha avisado a todos sus autores sobre del desembarco de la compañía, espera que represente un revulsivo para el mercado de los libros electrónicos, que actualmente obtiene unas ventas mínimas.
“El año 2011 Amazon se instala en España y desean multiplicar ventas”, dice Carmen Balcells en una carta donde explica a sus representados que las obras vendidas en formato e-book son “un mercado incipiente en el que los resultados son casi nulos”.
Los derechos de autor por obras electrónicas de los 32 literatos que Balcells gestiona han supuesto unos ingresos de tan sólo 5.885 euros en todo 2010. Sólo hay cinco obras que han tenido unos resultados más destacables, y son las que precisamente Amazon seleccionó para hacer unas acciones especiales para  ser comercializadas en formato digital desde su tienda de Estados Unidos.
Pero hasta los libros más vendidos como pueden ser los de Gabriel García Márquez o Isabel Allende aún mueven unas cifras muy limitadas con unos royalties de 2.017 euros  y 1.196 euros respectivamente. 
Los ingresos por los derechos electrónicos son mínimos ya que la mayoría de los autores se quedan muy por debajo de los 100 euros. Por ejemplo: las obras de Camilo José Cela han generado tan sólo 43 euros, las de Antonio Gamoneda, un poco más de 3 euros, o las de Juan Marsé, 41 euros.
“El mercado del libro electrónico está teniendo mucha notoriedad mediática y muy poca en términos de ventas”, insiste en su carta Balcells, quien aconseja a todos los escritores que sean cautelosos en la forma de gestionar sus derechos con el formato digital.
Las unidades vendidas de libros vuelven a ser irrisorias. En total se han descargado 3.414 obras en formato digital de los autores de Balcells. La mayoría de los títulos disponibles registran entre cero y dos ventas, y el que más éxito ha logrado, Todos los cuentos de Gabriel García Márquez, se queda en 835 unidades. 

El peso de Amazon 

Las cifras que maneja la agencia literaria ponen en evidencia el peso de Amazon, que representa el 63% de las ventas del mercado en cuanto a número de unidades vendidas.
Su principal competencia en EE UU, la librería Barnes & Noble se queda con un 26% de las ventas de obras en castellano, mientras que la española Leer-e representa sólo un 8% de las descargas literarias.
El mercado de los dispositivos móviles es por ahora el más pequeño con Mobipocket, que ha generado un 2,8% de las ventas.
Ante este panorama, la llegada de Amazon y su servicio de descargas para e-books se plantea como el elemento dinamizador que realmente puede hacer que este mercado empiece a despegar y a tener una mayor relevancia para la literatura en español.
Amazon ya ha dado sus primeros pasos para instalarse en nuestro país con la compra de la tienda virtual Buy Vip, y el fichaje de Koro Castellanos, quien ha sido designada como su directora general.  Por ahora, Amazon no ha hecho oficial sus planes para poner en marcha su web de comercio electrónico, que estará funcionando antes de que finalice el año, dado los planes de los escritores españoles.


Artículo aparcido en La información

sábado, 26 de febrero de 2011

Diario de un escrito (4)

Siento que me estoy prostituyendo como autor. Tan pronto, sí. Ha sido algo repentino. Desde que me di cuenta la semana pasada que sólo las mujeres leen libros. Y que también las editoras son de sexo femenino. Al igual que las lectoras de informes. Antes, cuando escribía, no pensaba en nada más que en la gloria, pero ahora la gloria tiene cara de mujer.
Desde entonces he cambiado mis planes cobardemente y pienso en cómo contentarlas, en cómo engatusarlas para que mi detective se adentre en su corazón y se quede ahí para siempre.
Al principio opté por cambiarle de sexo, pero como dije, no creo que salga bien la operación. Por eso he preferido perfilarlo como un hombre abrumado por las circunstancias. Las circunstancias son su infancia, su ex mujer, su hija Adriana y su compañera Eva. Como se puede observar, para compensar, todo mujeres. Todo ello le ha conformado/deformado, seguro, aunque mantiene un corazón noble como los grandes héroes. Eso a las tías les encanta ya que siempre piensan que nos van a regenerar y que gracias a ellas saldremos de la miseria y dejaremos de mirar a otras mujeres, lo que no suele ser cierto para su desgracia y, quizá, para la nuestra.

jueves, 24 de febrero de 2011

La piratería no existe por Juan Gómez Jurado*

Soy creador. Escribo novelas, y este –junto al periodismo- es mi único modo de vida. Mis dedos presionan medio millón de veces las teclas de este Mac, y como resultado se produce un archivo de texto que, una vez editado y corregido, se convierte en un libro que se traduce a decenas de idiomas. Mi familia y la hipoteca de mi casa dependen de mis derechos de autor. Según muchos medios de comunicación, y según muchos talibanes del todo gratis, eso me alinearía instantáneamente en las filas de los que defienden ese horror legislativofalaz e inútil conocido como Ley Sinde, que se va a aprobar contra la voluntad de cientos de miles de ciudadanos.

Eso es mentira, y gorda.
Es una más de las que llevan apareciendo en los medios durante años, especialmente durante los últimos meses. Dicen que los españoles son piratas, que va en nuestra idiosincrasia, esa famosa picaresca tan tópica y desacertada como pintarnos a todos con el traje de luces y la paellera debajo del brazo.
Para empezar, es falso que España sea el país más pirata del mundo. De hecho en software, por ejemplo, ocupamos el puesto 79, según una encuesta de la BSA, y en cuanto al resto, los estudios de la International Intellectual Property Alliance achacan un nivel de “piratería” del 20%. ¿Cómo se conjuga eso con que haya que pagar el canon en el 100% de los casos?
Tampoco es real que la piratería esté matando el cine, cuya recaudación ha crecido a buen ritmo en los últimos diez años, al igual que el resto de contenidos.  También es falso que yo tenga derecho a vivir de mi obra. Lo que tengo derecho es a intentarlo.
Sí, es cierto que las nuevas tecnologías hacen desaparecer el modelo de negocio basado en soportes físicos cerrados, lo cual es normal -también desaparecieron los fabricantes de carretas cuando Karl Benz inventó el automóvil-. No, no es cierto que las páginas de descargas tengan la culpa. ¿Acaso no es patente la incoherencia que existe por parte de la industria entre acusar a las páginas de descargas de “forrarse” y no intentar hacer lo mismo?
No defiendo las páginas de descargas, pues aunque sean legales no es justo que haya quien se aproveche del trabajo ajeno. Pero no son ellas la causa de todos los males, ni mucho menos quienes las usan ladrones y proxenetas, tal y como les llaman algunos -exiliados en Miami por causas fiscales-. Por cierto, para ellos el recordatorio de que para exigir al gobierno habría que empezar por pagar impuestos aquí como hacemos los demás.
El mayor problema que existe en el mercado en español es la ausencia de flexibilidad, de ganas de crecer y de adaptarse. En una palabra, y tal como Amador Fdez-Savater percibió en su cena con la ministra, sobreabundancia de miedo. Miedo a perder el status quo, la cadena alimenticia ante un cambio de paradigma. Y sin embargo tenemos ejemplos a nuestro alrededor de que si damos un paso adelante ocurrirá justo lo contrario.
Miremos a Estados Unidos, donde se han creado tres modelos de negocio impecables y de éxito abrumador. KindleiTunes y Netflix. El primero es una librería virtual que vende 775.000 títulos con precios en torno a los 7 euros para las novedades, mucho más baratos e incluso gratis para los libros de fondo de catálogo. Los libros se descargan en 30” con un solo clic en el propio dispositivo, que incluye 3G gratis. El segundo –único que opera en España- es, desde hace diez años, la referencia indiscutible en la música, habiendo vendido más de 10 mil millones de canciones. Y el tercero es un videoclub virtual con tarifa plana por 6 euros al mes. Para muestra de su éxito, baste decir que los mandos a distancia de los televisores que se venden en EEUU llevan desde 2011 un botón para acceder a Netflix de serie.
¿Qué tienen en común estos servicios? Lo más importante de todo es su sencillez. Una vez registrado en el servicio, no hay que hacer nada más. Los cobros se realizan por tarjeta de crédito, con total comodidad. Las descargas son instantáneas, y la calidad está garantizada. Las películas se ven en streaming, y están siempre disponibles. Los libros están editados por casas de primer nivel. La música no lleva protección anti copia, o DRM.
A esto hay asociado un factor precio, muy importante. Conscientes de que en la era digital la competencia es mucho más dura, los norteamericanos han buscado a la perfección el “sweet spot”, ese lugar donde interseccionan las ganas del consumidor de poseer algo rápido cuanto antes sin molestarse en buscarlo por Internet y obtenerlo con mala calidad, y la resistencia a soltar la pasta. En otras palabras, un precio justo. O sea, lo opuesto a lo que plataformas como Libranda –cuyo único objetivo, como señala Juan José Millás, parece ser no vender libros- están haciendo.
De nuevo, el miedo. DRM y precios altos. Que mis distribuidores no se enfaden. Que mi cuenta de resultados no se resienta. Que la gente haga lo que yo digo porque cierro los ojos muy fuerte y lo deseo mucho. Y si los consumidores tienen otras ideas… Que el gobierno proteja mis derechos inalienables, contra viento y marea.
En lugar de crear modelos de negocio funcionales, nos dedicamos a blindar el status quo con leyes absurdas, e insultar a nuestros mejores clientes. Llamarles piratas, sinvergüenzas y ladrones. ¿Quién creen ustedes que invierte 200 euros en un lector de ebooks, alguien que no lee? Al contrario, alguien que gasta tanto al año en libros que sabe que le acabará compensando la inversión. Y si no es capaz de encontrar contenidos interesantes de pago, los conseguirá por otras vías, con lo que de no conquistar a esta persona habremos perdido de un plumazo a un consumidor clave. Lo mismo sucede con los aficionados al cine y a la música, que llevan años haciéndolo así.
El mayor reto que tiene que superar la industria cultural en nuestro país es vencer el miedo y comprender que los piratas no existen. Tan sólo personas que quieren consumir cultura y que por desgracia hoy en día no encuentran alternativas razonables. Y a lo gratis sólo puede ganarle lo sencillo. Desde luego no leyes mordaza, retrógradas, que sirven tan sólo a los intereses de unos pocos.
Por último, una reflexión como creador. Nadie llega a crear nada que merezca la pena sin haberse empapado de los que soñaron antes que él. Alejandro Sanz, en ese barrio obrero de Moratalaz que nos vio nacer a Penélope Cruz, a él y a mí, tuvo que copiarse muchas casetes en su adolescencia, igual que yo me sentaba en un rincón en la FNAC de Callao los sábados por la mañana y leía por la cara decenas de novelas que me han ayudado a ser el escritor que soy.  Vivimos el advenimiento de un cambio de modelo que está dando como resultado la era más luminosa de la humanidad, y ahora mismo hay centenares de adolescentes en nuestras calles que llevan dentro de si el potencial para ser los cantantes, los escritores y directores del mañana. Ellos también están descargando. No paréis nunca de hacerlo, ni de soñar. Y a quienes soñamos primero, os digo: dejad de tener miedo y abrazad el futuro de una vez por todas.

5 propuestas para el crecimiento digital

  1. Creadores, abrid los ojos. Aprendamos nuestros derechos y las opciones disponibles para monetizar nuestro esfuerzo, que no son siempre las tradicionales. Internet es, ante todo, nuestro mayor portal de exposición, y el mayor mercado del mundo. Y aquellos que navegan por él no son ladrones, sino personas como nosotros, tan dignas como nosotros aunque su trabajo brille menos que el nuestro.
  2. Ejecutivos de la industria, estudiad los modelos que funcionan. No infravaloréis a vuestro público. No deis cosas por supuestas. La España de pandereta ya no existe. Vuestra nueva audiencia es el ciudadano digital, y este no tiene el toro encima de la tele, entre otras cosas por que es extraplana, ya no cabe. Buscad economías de escala, mejor vender cien mil copias a un euro que mil copias a diez. Y por encima de todo, no compliquéis las cosas intentando que no copien. Lo harán igual, pero si es difícil lo que no harán será comprar.
  3. Consumidores, tened presente que copiar no es robar, pero también que hay alguien detrás de los productos que nos hacen felices. Hay un escritor detrás de los libros, y todo un elenco detrás de una película. Si es posible y hay una alternativa sencilla a un precio razonable, cómprala. Mientras lo permita tu economía, opta por lo original. Y por favor, no digas que una película o un libro son caros para luego bajar al bar y tomarte tres mojitos a 5 euros cada uno.
  4. Políticos, cread programas para ayudar a los autores a monetizar sus contenidos. Incentivad la creación de modelos de negocio novedosos. Luchad contra el IVA del 18% en las descargas, contra leyes como el precio único. Reformad la ley de la Propiedad Intelectual desde cero. Abolid el canon digital.
  5. Para todos, no insultemos. Intentemos ponernos en el lugar del otro, pues en la actual tesitura todos tienen parte de razón. Y sobre todo, escuchemos, debatamos y reflexionemos. Que no nos cuelen más mentiras y gordas.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Bicicleta literaria

Todos pasamos por crisis existenciales. Por eso me he comprado una mountain-bike. Es gris y azul, marca desconocida, por lo menos para mí. Ignoro si me pondré en forma, pero ya me han quitado un riñón y parte del otro. Como cualquiera puede comprender, no la he adquirido por gusto. Ni por moda. La he comprado porque estoy pasando una crisis. Nadie, si no, sería tan absurdo. Con lo bien que se va en coche. Hasta en servicio público. 
Pero estoy pasando unos momentos que todos los manuales comentan, una crisis en la que los trabajos se cambian, los amigos se dejan, las familias se rompen. Los psicólogos conocen la causas. Yo soy consciente de las mías. Se me acaban las oportunidades. Todo el mundo se preguntará: ¿oportunidades de qué? No estoy seguro. Oportunidades de pasar las tardes elucubrando sobre el futuro, de mirar el culo de las tías con aire de propiedad, de tirarme en el suelo y ver películas de Truffaut hasta la madrugada. Quizá, la simple sensación de que todavía podría si quisiera, que no quiero, por supuesto.
Es una crisis maldita por la que todo el mundo sabe que pasará en algún momento, y, además, de un día para otro. ¿Qué cómo? Fácil. Cuando ves que te empiezan a crecer los pelos en las orejas. Cuando notas que ya no puedes agacharte sin peligro de quedarte clavado y gemir ¡Ay Dios mío!
Por eso decidí comprarme la bicicleta. Me vi viejo, calvo, gordo, inelástico, achacoso, desorientado ante uno de esos cacharros electrónicos que cualquier crío desmenuza con los ojos cerrados. Y, sobre todo, me vi agonizante en un sillón mientras contemplaba la 25 edición de los horteras de Gran Hermano.
Había que tomar decisiones drásticas –visibles– que no me permitieran dar marcha atrás. Me armé de valor y me acerqué a la tienda de bicis. Había decenas: de carreras, de monte, de paseo. Con luz, sin luz, con cesta, sin cesta. Con asiento para el bebé, para la abuela. De muchas marcas y colores. Ni qué decir tiene que había pasado por esa tienda meses enteros sin ni siquiera pararme a mirar el escaparate. Era un comercio que me sobraba en mi rutina diaria. Yo había andado en bicicleta con siete, con diez, con doce años. Después mis aspiraciones subieron de escalón hacia la moto y, poco más tarde, hacia el automóvil.
Es más, cuando veía a algunos carrozas disfrazados de Contadores de tercera –casco, gafas, pulsómetro, maillot amarillo, zapatillas–, me compadecía de ellos, pobres diablos deseosos del elixir de la juventud, y les deseaba una buenas agujetas, por no decir algo peor.
En la actualidad me he transformado en uno de ellos. Sin darme cuenta, como atrapado por un miedo atroz al envejecimiento prematuro, a la artrosis degenerativa, al alzheimer definitivo, he adquirido el artilugio maldito.
Hacía años que no montaba en un trasto como éste. Ha sido tremendo. Está siendo terrible. El sillín –enano, estrecho, incómodo, altivo– se me clava en mis mullidas posaderas provocando que las almorranas estallen en alegre sinfonía. Además, la ciudad se ha transformado en una constante cuesta que paraliza mis abductores a pesar de los ochocientos piñones y los cuatrocientos platos con los que está equipada. Sin contar con los carriles para bicis, trampas mortales que te dejan descolocado al borde del vacío y de la nada.
Estoy viviendo una segunda juventud. He empezado a tomar vitaminas para poder soportar la bicicleta. Ignoro si este es el proceso de todo cuarentón. Por supuesto, no he hecho un buen negocio. Estoy agotado y he dejado de rendir en mi trabajo. Ya no escribo. ¿A dónde me conducirá tanto esfuerzo?

martes, 22 de febrero de 2011

Hernán Casciari en acción*

Si algo caracteriza al escritor argentino Hernán Casciari (Buenos Aires, 1971) -además de su ironía y viveza- es su forma de mezaclar literatura con nuevas tecnologías. Tanto que hasta hace poquito muchos le tildaban de blogger o bloguero sin caer en que lo que escribía eran novelas en toda regla, eso sí, virtuales como "Más respeto que soy tu madre". 

Ahora acaba de publicar un nuevo libro llamado "El nuevo paraíso de los tontos" (Editorial Plaza&Janés), que aunque está en papel habla de internet y de las historias que se derivan de su uso. Casciari plantea, entre otras cosas, el papel del romanticismo en tiempos de Facebook, si le daríamos la contraseña de nuestro correo a nuestras parejas o que por fin, los tontos han encontrado su espacio y viven conversando los unos con los otros gracias a la Red. 
¿Se ha despegado ya la etiqueta de blogger?

Costó unos años, pero ya creo que sí. Estuve a punto de empezar a matar gente porque me parece mucho más cool la etiqueta de asesino. Pero no hizo falta. Ahora dirijo una revista y me dicen “editor”.
Que "la noticia sea el perro", ¿se da demasiado en la actualidad?
La vieja frase rezaba: “Cuando un perro muerde a un hombre no es noticia; cuando un hombre muerde a un perro sí lo es”. Pero, a veces veo a los telediarios titular “Hace frío” en invierno y titular “Hace calor” en verano, y descubro que ya no es lo que era.
La “importancia” de alguien hoy parece medirse en visitas a YouTube, ¿dónde vamos a llegar?
No importa cómo funciona Youtube, que de hecho funciona muy bien. Lo preocupante es cuántas veces en los telediarios la noticia es algo que la gente ve en Youtube.
Entonces... para alertar a las jóvenes generaciones, como dice en su libro, ¿cierto éxito digital es proporcional al número de intelectuales que te desprecia?
Vivimos una transición en la que ser intelectual y ser analógico-conservador es casi lo mismo. Pero ya está mejorando la cosa, de a poquito.
¿Faltan historias? ¿Los periodistas no sabemos reconocerlas muchas veces?
El periodismo ya casi no existe. Lo que hay ahora son empresas que contratan a niños mal pagados para llenar páginas. Los niños no son malos, a veces hasta tienen muchas ganas, pero les falta un poco de rebeldía. Hay demasiada gente viviendo con sus padres en España. Yo no quiero que me informe gente que vive con sus padres. 
Dice… “Lo que propicia internet no es sólo una comunicación global en donde todos los locos pueden encontrarse buscándose en Google, sino también la oportunidad de hablar sin los velos que existen en el mundo real”. ¿Desde que existe internet hay menos tabúes?

Ya no hay tabúes. Todo, lo más oscuro, se puede compartir con alguien. Internet es, entre otras cosas, la muerte de psicoanálisis.
¿La locura puesta en común toma más fuerza?

Casi todas las cosas se potencian cuando muchos van para el mismo lado. Y esto no es necesariamente una virtud. Pensemos en el nacionalsocialismo.
En relación a lo que cuentas de Facebook o el correo, ¿las relaciones de pareja viven una nueva época?
Yo creo que sí. Todo es más veloz: el amor, la costumbre, el desamor, la traición. Yo creo que en los tiempos analógicos había muchos hombres fieles por una razón: pereza. Ahora todo es más fácil.
Vaya  con la cama 2.0, ¿no? ¿Cómo es que nadie ha dicho antes nada al respecto?  Mucho invento, mucho invento… pero al final lo que usted dice: la cama no ha evolucionado nada
Yo no puedo creer que estemos en 2011 y yo todavía tenga que poner la sábana de abajo levantando el colchón, o dar vuelta la almohada cada tres horas.
Hablamos de tu verdadera pasión: la literatura. Resulta que el efecto blog ha supuesto “El fin de los talleres literarios”, ¿cómo es eso?
Los talleres literarios, esa antigüedad, servían para que la gente se leyera sus cosas. No había otro modo. Pero ahora, con la Red, ¿para qué sirven?
“Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre”, ¿esa es una de las premisas de todo escritor?
No sé si le servirá a todo el mundo. A mí me sirve y admiro mucho al escritor que la dijo.
“Una de las grandes ventajas de internet en este siglo es que ha logrado que los tontos se queden en casa conversando entre ellos”, ¿internet favorece a los tontos?

Mirame a mí: ya lo ves...
Entonces… en qué quedamos, ¿mejor libro digital o libro de papel de toda la vida?
¿Horno o microondas? Según para qué. Si lo que quieres es invitar a cenar a gente amiga, mejor el horno. Pero si te vas a recalentar unos macarrones para ti... microondas.
¿La tecnología ha terminado con las grandes historias como la de Romeo y Julieta o la de Hansel y Gretel? ¿Es el adiós a los clásicos?

No lo creo, pero es bonito ponerlo en esos términos. Supongo que antes de la invención del tren la literatura era más de a pie, y los escritores necesitaron tiempo para adaptarse al vértigo de esa nueva velocidad en el transporte de sus personajes. Pero, después llegaron grandes obras que ocurren incluso dentro de los trenes. Así que no pasa nada. Siempre estaremos signados a relatar nuestra época con condimentos de ficción.
¿Qué hacemos con la pedantería intelectual?
La miramos y sonreimos.
La historia de los ‘Metalampos’ es realmente sensacional, ¿es mejor morir de amor que morir de miedo?
Mil veces mejor morir de amor que de miedo. Es la metáfora secreta de ese relato.
Pase lo que pase en el mundo, ¿han dejado de importarnos los temas globales y es el personalismo o el individualismo lo que impera en la sociedad actual?
No lo creo, soy optimista. Yo creo que cada vez nos importamos más como seres sociales. Si te fijas bien, lo único que funciona realmente en este mundo es Twitter.
Ha iniciado un nuevo proyecto, la revista Orsai, ¿no es una paradoja?
Sí, es una paradoja. Una revista en papel en tiempos digitales. Alguien dijo, con mucha razón: el último proyecto del siglo XIX que funciona en el siglo XXI.
Consiguió vender 4.000 ejemplares en solo ocho días. Todo un éxito, sin duda, ¿qué balance hace?
En realidad se colocaron 10.080 ejemplares en un mes de preventa. Pensamos que serían menos, estamos encantados con esa cifra.
Sea en el formato que sea… ¿se demanda, ante todo, calidad?
No, se demanda ante todo honestidad y cercanía.

lunes, 21 de febrero de 2011

Muerte en el baño de casa

En el baño de su casa aparece muerto de una manera extraña un famoso escritor de blogs, un tal Garrido. El cuerpo del asesinado está desnudo, en una posición rara, con las manos tapando la orejas y con cara de haber sufrido mucho. 
En el mundo virtual su muerte causa un gran estupor y todos los blogueros lamentan su fallecimiento y dedican un día de luto sin escribir. 
Además, en un acto de solidaridad inaudito, se comprometen a averiguar lo que ha pasado. En especial, los compañeros kikikomori(que es un borde), willy uribe (que siempre tiene sitio libre) y molina (un amargado). 
Entre los tres, uniendo sus habilidades deductivas, sus conocimientos de la red y sus contactos con la policía, descubren que el tal Garrido es el seudónimo de uno de los más famosos científicos del País Vasco que se dedica a la biotecnología y ha realizado grandes experimentos en transgénicos. 
Su blog, ese blog tan vinculado con la literatura basura, es simplemente una tapadera para enviar mensajes a los servicios secretos judíos (MOSSAD) que han decidido utilizar nuevas armas biotecnológicas para arruinar a sus vecinos palestinos (ya de por sí muy pobres). Garrido, con su cara de bueno, es su suministrador oficial europeo. 
En esta guerra sin cuartel de oscuros intereses en donde no se sabe quién es quién, parece que los distintos espías palestinos, americanos y soviéticos se han apoderado de otros blogs. Entre todos se destapa una lucha fraticida de mensajes envenenados, una lucha soterrada por el poder. 
Tras muchos carreras por el ciberespacio, muchos manuscritos virtuales, hablar con familiares, amigos, compañeros de trabajo e, incluso, competidores, se descubre que Garrido ha sido asesinado con un mensaje cifrado –con voz mecánica– que recibió en su teléfono varias noches seguidas. Decía algo así como: le llamamos del departamento de clientes de El Corte Inglés. Espere un momento, por favor...
Nadie sabe quién ha sido el autor material, el despiadado grupo asesino, pero todos reconocen la efectividad de la medida y las angustiosas y reiteradas llamadas de súplica de Garrido. 
Por otra parte, se descubre la razón de taparse con las manos sus orejas (y no sus partes más íntimas) antes del último suspiro. Caso cerrado.

sábado, 19 de febrero de 2011

Diario de un escrito (3)

Ayer en la presentación del libro de relatos de Juan Carlos Márquez, Llenad la Tierra, uno de los valedores, Jon Bilbao, habló de cuatro características que él pedía a las obras literarias y a sus autores: honestidad, imaginación, emoción y ambición. Me he dado cuenta que Asesinato en la ciudad del diseño carece de las cuatro. Es lo malo de ir a presentaciones. Eso no quiere decir que la novela sea mala, no, todavía no. Sólo que nace pervertida de inicio y que su recorrido será limitado –como casi todo en esta vida– e incluso puede tener un final traumático.
Pero la novela avanza. Al menos no se encuentra con tantas polémicas como en el proyecto To be continued donde los escritores de la historia colectiva están exaltados porque les parece injusta la selección de capítulos, la edición de textos y las incoherencias narrativas. En mi caso, soy el responsable único y absoluto. Bueno, hasta donde los autores son responsables, porque mucho tienen que ver también los malos narradores o los personajes insubordinados. 
En cualquier caso, como decía, avanza y según avanza, me preocupa más. No he sido consciente en ningún momento de que, en la actualidad, los lectores mayoritarios de libros son mujeres (dentro de poco ver a un hombre con un libro será como antes verle jugando al hula hoop). Y las mujeres no están para tonterías con detectives inmaduros que intentan tirarse a todo lo que se mueva. Es más, han decido apostar por libros donde las mujeres tengan un protagonismo fuerte, que sean luchadoras y que, sobre todo, luchen contra esos hombres estúpidos y egoistas. Ahí tenéis el éxito de María Dueñas con El tiempo entre costuras o el actual lanzamiento de El salón de la embajada italiana, de Elena Moreno (Planeta, of course), que le releva. Por eso pienso que mi protagonista debería haber sido mujer (pero yo de psicología femenina entiendo poco). Quizá en una alarde de ingenio pueda sorprender y engañar a todos los lectores al final del libro y cambiarle de sexo. Borges sabría hacerlo sin despeinarse. Yo, supongo que no, supongo que el bisturí se me irá de las manos y le cortaré algo más que los testículos. 
En fin, que la novela avanza, aunque todavía no sepa por dónde, por qué, ni para qué. 

jueves, 17 de febrero de 2011

Un millón de luces, de Clara Sánchez-Informe de lectura


Impresión general:
La novela Un millón de luces de Clara Sánchez es una historia con posibilidades narrativas que la autora no ha sabido dotar de originalidad propia ni de credibilidad suficiente.

Resumen de la trama: 
 La novela narra las vivencias de una escritora en ciernes que por causa de la separación con su pareja y, ante la necesidad de dinero, decide ponerse a trabajar.
Gracias a una recomendación de su ex pareja entra en una gran empresa ubicada en un rascacielos –la Torre de Cristal– donde comienza a experimentar una serie de vivencias relacionadas con las relaciones humanas dentro de la organización.
En el proceso de ascenso, la narradora –tras un breve lapso tiempo en la recepción– pasa a ocupar la secretaría personal del vicepresidente Sebastián Trenas, socio fundador con Emilio Ríos (Presidente) del negocio. Ahí descubre a un hombre pulcro, honesto, desencantado, que guarda las apariencias. Tras un incidente sin importancia con unas actas antiguas, Trenas es rebajado a vocal del Consejo de Administración y sustituido por dos hermanos gemelos (Alexandro y Jano). Poco después aparece muerto en su despacho sin síntomas de violencia.
A partir de ahí se desencadena un recorrido con sus nuevos jefes, hasta que la empresa empieza a ir mal por razones fundamentalmente afectivas (uno de los hermanos es homosexual y se enamora de Conrado Trenas –hijo de Sebastián e importante directivo de Coca Cola en Nueva York– y abandona el negocio. Desde esa fecha el hermano que queda comienza a dudar en todas las decisiones).
Son sustituidos, a su vez, por la directora económica, Lorena Serna que no quiere a la narradora en su equipo. Entonces es trasladada directamente a la secretaría de Emilio Ríos, en donde convive con su secretaria personal, Teresa.
La historia termina, tras distintas averiguaciones y/o confesiones de los personajes que aclaran las relaciones humanas de todos ellos (amantes, hijos ilegítimos, etc), cuando los hermanos gemelos expulsados compran la empresa, tras una traición del director de desarrollo, Xavier Climent.

Personajes:
La narradora de la historia es una mujer bastante equilibrada e intuitiva capaz de discernir las infidelidades desde la distancia –sin apenas conocer a las personas– (Jorge y Hanna; Ríos y Nieves) y de hacer hablar a los personajes en los momentos más difíciles.
Los personajes de la novela están articulados en torno a las vidas de los dos socios: Emilio Ríos y Sebastián Trenas. Ambos, complementarios profesionalmente y, quizá, antagónicos afectivamente, llevan unas vidas entrecruzadas por motivos profesionales (empezaron juntos, cada uno destaca por características distintas, la evolución también difiere) y personales (relaciones afectivas entre Ríos y la mujer de Trenas –Nieves–, entre Ríos y la hija de Trenas –Anabel).
Además, aparecen personajes secundarios como lo hijos de Sebastián Trenas (Conrado y Anabel); el chófer (Jorge) y su mujer; la secretaría de Ríos (Teresa) enamorada y amante ocasional de Trenas; la compañera de trabajo drogadicta (Vicky); los hermanos vicepresidentes; los responsables de finanzas (Lorena) y de desarrollo (Clivert).
De los personajes principales, sólo Sebastián Trenas tiene algo de calor humano y su comportamiento es más o menos acorde con la de un hombre enfermo. De Emilio Ríos apenas conocemos nada, a pesar de ser uno de los pilares de la novela por su puesto en la empresa.
El resto de los personajes secundarios son estereotipados, realizan comportamientos muy mecánicos y fuera de cualquier lógica. Como ejemplo, destaca la relación que tiene la familia de Trenas con los objetos personales del difunto metidos en una caja. Ninguno de los hijos ni la mujer los quieren, a pesar de contener libros, fotografías, etc. Es la narradora la que los mantiene guardados durante años y, al final, entrega a la viuda.
Quizá uno de los personajes más interesantes sea Vicky y su mundo particular, marginal.

Temas:
El tema principal son las relaciones humanas en un entorno profesional. Un conjunto de individuos coincide en un rascacielos, en una misma empresa. Ahí, a pesar de las apariencias iniciales, existe un conjunto de conflictos humanos que se van descubriendo según avanza la novela.
Argumentos como el compañerismo, la ambición de las personas, la traición, las relaciones familiares se interrelacionan.
Existe una línea argumental no trabajada y que podría haber dado buen resultado narrativo con la probable traición de los socios a una persona (JL Codes) en el inicio de su recorrido empresarial.

Lenguaje y técnica literaria:

La novela utiliza una estructura lineal en presente sobre una época pasada, con flash-backs explicativos. El hecho de utilizar el presente le da una frescura especial a la narración que está bien desarrollada, sin artificios innecesarios.
La voz de la narradora es clara, precisa. El estilo de la obra es sobrio, eficaz, ajustado a las características “empresariales” de la novela y de sus personajes. Las escenas están bien articuladas conduciendo al lector sin esfuerzo hasta el desenlace. Hay un buen equilibrio entre las partes descriptivas y los diálogos.

Factores positivos:

La novela trata un tema con grandes posibilidades narrativas. El hecho de juntar a personas dispares en un escenario como un rascacielos (una empresa) con una observadora nueva e independiente es positivo de partida y permite aventurar una trama atractiva.
Además, la novela está bien escrita, con un ritmo continuado, con un desarrollo de la acción basado en los nuevos descubrimientos de las vidas de los personajes (confesiones, revelaciones, documentación).

Factores negativos:

La novela no consigue despegar por falta de conocimiento del medio empresarial y por ausencia de originalidad/credibilidad en los planteamientos: chofer liado con mujer de socio; socio liado con mujer de otro socio; secretaria rescatada de un lugar de alterne y enamorada de su salvador; padre que admira a hijo y repudia a hija, que es de otro padre; vicepresidente que deja todo por amor y persigue a otra persona sin su consentimiento; secretaria que se vuelve loca; etc. Personajes demasiado planos y falsos.
Además, la encadenación de algunas acciones es algo forzada, así como determinadas confesiones de los personajes (padre de gemelos, Teresa sobre la hija de Anabel, etc).

Valoración de la obra:
Literaria
Es un texto bien escrito que cumple con los estándares de novela de consumo, pero cuyo valor literario es bajo por la falta de acierto del autor en pergeñar la historia con originalidad y, sobre todo, vertebrar la psicología de sus personajes. Puntuación: 5

Comercial
Es una obra que puede funcionar en el mercado editorial por tratar temas de amor, poder, traición, que gustan al lector menos exigente. Además toca un ambiente muy urbano que afecta a la mayoría de los asalariados. Puntuación: 6,5

Público
Adultos de ambos sexos, de nivel profesional medio-alto, a partir de los 20 años.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Socorro! Siguen llamando


Socorro, amigos, sigue llamando la voz metálica de los grandes almacenes.(ver) ¿Quién para la máquina?

martes, 15 de febrero de 2011

Pirateo editorial*

Para desengrasar de cosas egipcias, un post completamente off topic (soy consciente de que la frase que acabo de escribir es la pesadilla de un filólogo de la Fundéu, ya que ni me molesto en poner cursivas a la barbarie extranjera).

Aunque leí de niño (y de mayor) La isla del tesoro, y sé de calaveras y huesos cruzados, de ho, ho, ho, la botella de ron y de la posada del Almirante Benbow, confieso que no tengo nada claro qué es un pirata.
Intento ponerme en la piel de Robert Louis Stevenson y no sé quién le parecería más digno del calificativo piratil: si las bandas armadas que asaltan barcos pesqueros frente a las costas de Somalia, o los pescadores que se aprovechan de la ausencia de un Estado para esquilmar los recursos pesqueros de un país sin someterse a regulación administrativa alguna.
Tampoco termino de aclararme sobre la piratería cultureta. ¿Quién es el pirata? ¿El que se hace gratis con un producto que casi se le mete solo en el ordenador o la industria que durante años y años ha amasado fortunas a costa de explotar y exprimir el talento ajeno? ¿Quién se aprovecha del trabajo de los artistas? ¿El que lo consume —gratis, pero con interés, y a veces poniéndole subtítulos y garantizando una difusión que no tiene por los cauces comerciales habituales— o el que lo malpaga y lo desvirtúa, mutila o trivializa en nombre del marketing? ¿No es un pirata el que somete a un creador/artista/músico/loquesea a un contrato desigual que le priva de buena parte de los beneficios de su trabajo?
Esa misma industria cultural —no toda, claro, pero en esto al final pagan justos por pecadores— que ahora lloriquea y pide que enchironen a todos los adictos al emule es la misma que lleva décadas obligando a quienes les suministran la materia prima a vender su trabajo por debajo del precio de coste y a asumir unas cláusulas absolutamente indecentes. Es la misma que no se ha cortado en falsear cifras de ventas (que nunca se facilitan y que, a diferencia de lo que ocurre con otros sectores regulados, como la prensa, no están controladas por un organismo independiente como podría ser la OJD) y en racanear sus liquidaciones. ¿Saben cuántos editores “se olvidan” de pagar a sus autores? ¿Saben cuántas discográficas se han apropiado de todos los derechos de unos músicos y se han dedicado a reeditar sus discos sin pagarles nunca un euro? ¿Saben cuántos editores aseguran haber vendido menos ejemplares de los que justifican ante sus autores?
Es más, ¿saben cuántas editoriales practican la autoedición encubierta —hablo del terreno literario, que es el que controlo, ya perdonarán la especialización—? ¿Cuántos estafadores viven de publicar a pobres diablos sin talento ni posibilidad alguna de llegar a un público literario, a quienes obligan a comprar la mitad de la tirada y les prometen la gloria del parnaso? ¿Cuántas editoriales publican premios literarios de instituciones, cobran el importe de la tirada pero luego nunca tiran nada? Un amigo mío, sin ir más lejos, ganó un premio bastante bien dotado que incluía la edición en un sello hoy ya conocido por todo el mundillo por sus prácticas bucaneras. El editor le entregó una cajita con 20 ejemplares al autor y le dijo que el libro ya estaba lanzado, pero sus amigos intentaban comprarlo y no lo tenían en ninguna librería ni había forma humana de conseguirlo: no constaba en ningún distribuidor. Mosqueado, mi amigo llamaba al editor, quien le daba largas, hasta que se cansó y lo dio por perdido. Está convencido de que el editor sólo imprimió esa cajita de 20 ejemplares para que él los viera, después cobró la pasta para la tirada y se fue una semana a Cancún o a algún sitio asín.
Por eso surgió la profesión de agente o de representante. Porque las empresas culturales actuaban como timadores y eran muy oscurantistas con su gestión.
Yo no me siento estafado, que quede esto claro, lo que expongo es sólo ilustrativo. Los dos primeros contratos de edición que firmé tenían dos o tres páginas y unas cláusulas muy generales en las que se estipulaba que la editorial me comunicaría cuántos ejemplares se habían vendido cada año y procedería a liquidarme mi tanto por ciento. Bien. Sin embargo, el tercer contrato que firmé lo hice a través de mi agente literaria, y lo redactó ella. Esta vez, el documento tenía unas 15 páginas y no era nada general. No sólo se detallaba la forma en la que cobraría mi parte de las ventas, sino que obligaba a la editorial a facilitarme todos los datos referentes a ellas: mi agente se reservaba el derecho de inspeccionar los albaranes y justificantes del distribuidor; de comprobar in situ, en los almacenes, que los ejemplares que quedan en stock son los que la editorial dice tener, y de consultar cada liquidación de cada librería para saber cuántos ejemplares se han vendido en cada establecimiento. También incluye cláusulas que obligan al editor a presentar las facturas del impresor, para comprobar que se han tirado los ejemplares que se acordó tirar, y que, efectivamente, se han distribuido. Esto no es casual: se trata de evitar por todos los medios que el editor me asegure que he vendido 1.000 cuando a lo mejor he vendido 10.000 o tres millones. Y si lo tienen tan detallado es porque esos deslices editoriales estarán mucho más generalizados de lo que nos creemos.
Cuando uno trata con caballeros no precisa de tantas garantías: los contratos de 15 páginas sólo se firman entre granujas. Entre piratas. Para prevenir la puñalada que prevés que te van a dar en cuanto bajes la guardia un segundo. Ya se sabe que los piratas prefieren matarte y quedarse con todo antes que repartir el botín como acordaron al principio. Ir con un representante es como acudir a una cita con padrinos o con guardaespaldas: presupones que no tratas con gente de fiar y buscas protección.
Y los editores aceptan el juego, aceptan que desconfíes de ellos, luego, implícitamente, aceptan su condición pirata. O mafiosa, como gusten. Puede que todos seamos honrados y nos portemos bien, pero, por si acaso, estas son mis pistolas.
Por eso es tan interesante un proyecto como el de Hernán Casciari en Orsai. A mí me preocupa mucho más la piratería de la industria cultural que la que pretende destruirla. La primera me puede joder mucho y es una amenaza real. La segunda, ojalá la sufra. De verdad, ojalá me tenga que preocupar algún día por que mis libros se descargan gratis a mansalva, porque eso significará que mis libros le interesan a mucha gente y tendré una posición más que holgada en el mundillo juntaletril. Si algún día tengo las mismas preocupaciones que Muñoz Molina o que Vargas Llosa significará que soy como ellos y que me invitarán a cocido madrileño todos los jueves en el Ritz. Ojalá tenga yo alguna vez las preocupaciones de Muñoz Molina si eso significa que dirijo el Instituto Cervantes de Nueva York y dos doctorandas italianas y una letona tetona (las tres complacientes y dispuestas a cualquier cosa por la literatura) preparan sus tesis doctorales sobre unos pedetes en forma de novela que me tiré en el año catapún.
Qué quieren que les diga: en ese caso, piratas a mí.

Pirateo editorial por Sergio del Molino*

lunes, 14 de febrero de 2011

Abajo la tecnología estúpida!

No soporto la tecnología estúpida. Y no soy un hombre de cromagnon ya que utilizo muchos de los soportes tecnológicos que tengo a mano. 
Estoy de acuerdo en que la tecnología juega un papel fundamental en el futuro de la Humanidad y, por ende, en el futuro de la literatura.
Si no, que se lo pregunten a los escritores que desconocen el papel físico y aman intensamente a su ordenador, ese aparato que permite cambiar, cortar, modificar palabras, párrafos o páginas, con suma facilidad y que, encima, produce una sensación de impresión real, todo limpio, ajustado, alineado, con la tipografía elegida (times, paladino, courier, etc.)
O que se lo pregunten también a los libreros que tiemblan ante las grandes mutaciones que esperan de la edición actual (libro lleno de sudor y polvo) con los especímenes digitales llamados e-books. 
Lo que no soporto es la tecnología basura
(brillante asociación de ideas). Un ejemplo personal. Hace poco, mientras estaba volcado en mi blog con devoción pagana, y mis hijas dormían plácidamente, suena el teléfono de mi casa. Son las 21h 30. Cojo a velocidad de sonido para evitar desvelos inoportunos. Una voz femenina metálica me informa: le llamamos del departamento de clientes de El Corte Inglés. Espere un momento, por favor... Y la muy jodida me abandona durante unos segundos hasta que me cisco en sus muertos (de la máquina) y cuelgo de un golpetazo.
¿Qué tengo yo que ver con el gran almacén si odio los grandes almacenes (a estas alturas ya saben que tengo muchas fobias, literarias y extraliterarias)? No sólo interrumpe en mi casa, no sólo llama a horas intempestivas para esos menesteres, no sólo me habla una máquina, no sólo me deja colgado esperando que me otorgue la venia, sino que, encima, me quiere vender algo. Y sin mencionar a los famosos operadores de telefónica que  piensan que eres un anormal por no aceptar sus continuadas ofertas. Abajo la tecnología estúpida!
Lo siento compañeros blogueros tecnológicos. Ya sabéis lo que significa que una hija se despierte una vez dormida, verdad?

sábado, 12 de febrero de 2011

Más talento que Javier Marías*

... La vesánica ocurrencia es esta: yo tengo más talento que Javier Marías; digamos que dos o tres veces más.
Como saben los que me siguen, pocas cosas me obsesionan con tanto infantilismo como el estatus, o dicho a la pata la llana, quiénes son tus padres. No es infrecuente que, cuando alguien lleva a cabo una proeza de algún tipo, ya sea artística, deportiva o empresarial, mi admiración primera por esa persona baje muchos enteros si acabo por saber que, como pintor genial, tenía un padre también pintor, y no malo, como tenista destacado, tenía un padre entrenador de tenis, y como empresario deslumbrante, ostentaba un abolengo de empresarios invictos y avezados.
La ocasión en la que se me ocurrió el disparate que encabeza este post tiene que ver con Derrida, al que no he leído. Al parecer, fueron sus ideas las que hicieron a las universidades americanas privilegiar a una poeta lesbiana de Zimbabue por delante de Faulkner, prelación sostenida por el hecho de que las coordenadas donde se inscribe la poeta antedicha sugerían una obra final que, siendo o no mejor que la de Faulkner, sería desde luego distinta, hablaría de cosas de las que Faulkner no hubiera sido capaz y, sobre todo, desde un lugar al que ni Faulkner ni ningún otro genio blanco occidental (heterosexual) podría aportar nada. 
Esta herramienta de criba, sistema de selección, modo de leer la literatura, me ha parecido siempre demencial, pero le debo, como apunto, la ocurrencia de pensar esto: no medir a un artista por el punto al que ha llegado, sino por el punto de partida.
No me cabe duda de que la situación de Javier Marías no carece de sinsabores, siendo el más localizable de ellos el de la sospecha continuada que se les aplica a los hijos de (lo han tenido fácil, a huevo) y el más freudiano de los mismos, el de que han de intentar constantemente superar a sus padres para acallar la maledicencia (de gente como yo, por ejemplo).
Sin embargo, de lo que no tengo dudas es de la situación en la que yo he estado, estoy, estaré, y tantos otros, muchos más, de los que, como es mi caso, han tenido la retorcida idea de pensar que podían escribir libros, hacer películas, cantar o pintar sin que en su familia hubiera precedentes ni guías, ni, muchas veces, libros siquiera.
Bautizo como "conocimiento activo", lógicamente enfrentado a otro "pasivo", a todo el saber al que uno ha llegado por sus propios medios. En mi caso, y en el de tantos otros, muchos más, ese "conocimiento activo" es la totalidad de mi conocimiento.
Esto quiere decir que yo nunca he localizado en mi memoria un dato cultural que supiera sin saber que lo sabía, y mucho menos sin saber que muchos otros, tantos, no lo sabían. En un ejemplo sencillo: una amiga mía habla de Heiner Müller con soltura, como quien nombra al presidente del gobierno o a Belén Esteban, en la creencia de que ese autor teatral es de sobra conocido por todos. No lo es. Pero, en este ejemplo concreto, sucede que mi amiga tiene un padre director de escena, que durante la infancia de ella organizaba ciclos completos de Müller en salas de centros culturales. Me imagino el cuadro: papá llega del trabajo y, durante la cena, habla de Heiner Müller, de sus obras, de los problemas que ha tenido con un actor y de asuntos semejantes. La niña, sin darse cuenta, acaba sabiendo algo tan simple como Heiner Müller=Teatro, del mismo modo que todos, y ella también, supimos en las cenas Mayra Gómez Kemp=Un dos tres, o Danone=Yogurt.
Sí, ya veo rugir comentarios anónimos despectivos contra mi padre. Los aprobaré, no se asusten.
El caso es que, en su artículo, que no lo dije, Javier Marías va y afirma que todos los artistas parten del mismo punto, que es cero, no como los herederos, dice Marías, de empresas o zapaterías, que, claro, tienen esa empresa, esa zapatería desde la que ser fácilmente empresarios y vendedores de zapatos.
Pues no.
La diferencia, las diferencias, que se me ocurren entre la situación de Javier Marías y la del que esto escribe son muchísimas. Muchas más de las que, probablemente, Javier Marías podría siquiera imaginarse.
Al conocimiento pasivo del que él ha disfrutado, y que le permitiría, supongo, saber quién es, y en detalle, Ortega y Gasset desde sus siete años (de Marías) hay que unir otro elemento, casi escénico, del que he tenido conocimiento, como quien dice, también hace poco.
Un ejemplo. Me reúno, a veces, con un señor que hace películas, que escribe guiones pero que, de vez en cuando, dirige películas. Tomamos café y hablamos y todo parece desarrollarse de un modo natural entre dos personas con cierta afinidad cultural y creativa. Sin embargo, en un momento dado, algo en mi interior (perdón por el cliché) da una campanada y de pronto se me encabritan los nervios al pensar: estoy con alguien que dirige películas. Tal cual.
Estoy con alguien que dirige películas. Estoy con alguien que escribe novelas. Estoy con alguien que dirige un periódico. Estoy con un ministro. Estoy con Enrique Vila-Matas tomando café. Estoy con ellos.
¿Quiénes son ellos? Ellos son los que uno siempre ha visto lejos, detrás de pantallas fantasmáticas, pantallas de televisión, páginas de periódicos y revistas, solapas de libros, títulos de crédito... Ellos, gente que hace las grandes cosas, que tomas las grandes decisiones, que vive en el cogollito motor de un país, de una cultura, de la Historia.
Aquí es cuando un comentarista dirá: ¡complejo!, ¡acomplejado!, etc. Lo aprobaré, no hay problema.
Es este elemento el que me permite tildar de pura demagogia, por ejemplo, el artículo de Amador Fernández-Savater sobre esa cena con la ministra y Álex de la Iglesia y otras personalidades rutilantes de nuestra cultura. Es obvio que siendo hijo (con todos mis respetos, Amador, si lees esto) de un filósofo de gran prestigio, fama y trayectoria, Amador habrá tenido más de una ocasión de ver pasar por su casa y su monopatín a ministros, premios Nobeles, cineastas y mentes preclaras de todo tipo y condición. En su artículo da a entender a la gente que él también es gente (me acordaba de la canción de Calle 13, cuando dice: "yo no soy calle, pero mira, tú tampoco eres calle") y que eso de cenar con una ministra es una situación como nunca antes había conocido, aterradora, incómoda, fatal.
Su artículo se titulaba La cena del miedo, pero estoy seguro de que Amador no sabe realmente lo que es tener miedo de la presencia social de otros, de lo que es no poder ser lo que quieres ser porque nadie a tu alrededor lo es, y los que lo son no pasan por tu casa; de lo que es pensar: quién soy yo para escribir un libro.
También pienso a menudo, dentro de este contexto, en Jonás Trueba (un saludo, Jonás), director de cine que, cuando no sabía ni lo que era un plano secuencia (lo imagino sabiéndolo sin saberlo a los 10 años) veía en el vhs de su casa películas de José Luis Boráu (en un poner) con José Luis Boráu al lado (iba a poner: al lau), comprendiendo así que los directores de películas son gente que, de vez en cuando, también acuden al cuarto de baño, así que no hay que tenerles miedo.
Un comentarista podrá decir: paleto, medroso, pringao. Se agradece.
Porque vamos a la siguiente, y casi última, vuelta del camino de esta tesis. Hablo del "clasismo cultural". Me adjudico la etiqueta, el concepto, mientras un lector no me demuestre lo contrario, vamos, que alguien lo dijo antes que yo.
El clasismo, como sabemos, es el desprecio por las personas que, por nacimiento, tienen menos dinero que tú, menos educación y menos contactos sociales de altura. Al parecer, todos entendemos como objetable el "clasismo", ese desprecio a la criada, al camarero o al simple señor que no pudo hacer nada más para ganarse la vida que barrer la calle o limpiar zapatos.
Sin embargo, se lleva mucho, y con cierta impunidad, el clasismo cultural. Un ejemplo: Javier Marías, en alguna de sus novelas, ataca con fiereza a los españoles que hablan inglés chapuceramente, hablantes mediocres de otro idioma que localiza con facilidad, afirma en el libro, porque recurren incesantemente a la coletilla: you know? (disculpa mi pronunciación, Javier).
Entiende uno que Marías, cuyo padre dio clases en Estados Unidos (vivían en la misma casa que ocupó, años atrás, Vladimir Nabokov: conocimiento pasivo Nabokov=Literatura), no tuvo excesivos problemas para acceder a una formación idiomática esmerada, y que, aunque lo sepa, no es capaz de comprender que otras personas no recibieron llovida del cielo la competencia lingüística de la que él presume.
"Cuando sientas deseos de criticar a alguien” -fueron sus palabras- “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste", El Gran Gatsby.
Como muestra de flagelación pública, hablemos de "clasismo inverso". Defino clasismo inverso a aquel que practicamos algunas personas con otras de clase social superior, movidos por el prejuicio (complejo vuelto contra sí mismo) y las ganas de tocar las narices. Así las cosas, acuñemos rápidamente (copyright) el término "clasismo cultural inverso", que se define como el desprecio por la ignorancia de los que no tienen excusa para ser ignorantes, como es el caso de esos directores de cine español que no saben quién es Kim Ki-Duk y lo afirman alegremente, o esos escritores reconocidos que ni se han molestado en leer a más de dos o tres comtemporáneos suyos.
Cierro afirmando que he leído todo lo que ha escrito Javier Marías, y que le tengo por uno de los mejores escritores españoles de los últimos treinta años; que he visto Vete de mí, de Jonás Trueba, y que me encantó; que uno de los libros que edita Amador en Acuarela ha sido muy importante para la novela que terminé en noviembre, y que además lo cito por extenso en mi texto (existe el derecho de cita, pero con Acuarela hay barra libre copyleft); pero que hay días, como he titulado y he dicho varias veces en este post tan cándido, que pienso en mí, pienso en el talento, pienso en lo difícil que es que el talento sortee los obstáculos sucesivos que buscan malbaratarlo, pienso en que mi talento ha tenido que sobrepasar muchísimos más obstáculos para hacer novelas muchísimo peores que las de Javier Marías de los que ha tenido que sobrepasar el talento de Javier Marías, y concluyo que, así a ojo, mi talento ha tenido que ser el doble o el triple que el de Javier Marías, y que si he llegado hasta aquí he llegado lo más lejos que he podido y que me han dejado, aunque sepa que así, justamente así, no se va a escribir la Historia. 
al que ni Faulkner ni ningún otro genio blanco occidental (heterosexual) podría aportar nada.

jueves, 10 de febrero de 2011

Sin razón o sinrazón


Tenía un amigo que decía que veía a su alrededor mucho hijo-puta suelto. No explicaba la razón de esta visión ni los motivos de su agresividad. El sólo veía gentuza y, además, los veía de forma nítida.
He de decir que este amigo, aparentemente, no tenía problemas familiares, ni era un hombre acomplejado, ni pasaba por una crisis de identidad. Tampoco era un político o un escritor, lo cual hubiese tenido su lógica.
Era una persona tranquila, con hábitos regulares, que trabajaba como funcionario en una de las muchas administraciones de este país. Su horario lo cumplía con rigor y seriedad.
Se podría afirmar que este personaje se correspondía con el modelo estándar del buen europeo, cabreado pero respetuoso, concienciado con el medio ambiente y la guerra de Irak, pero indiferente ante los niveles de pobreza crecientes o insolidario con la marginalidad. Un ciudadano que ejercía cada cuatro años sus derechos políticos inalienables y después se olvidaba.
Mi amigo podría tipificarse como una persona negativa. Quizá fuese algo congénito. Percibía que no existían profesionales cualificados en sus puestos, que el ser humano gastaba más tiempo en aparentar lo que no era que en ser lo que era, que el mundo estaba repleto de personas absurdas, con pretensiones y vanidades.
Al poco tiempo ingresaron a mi amigo en un manicomio. Según los médicos, estaba poniendo en peligro su integridad física y la de sus semejantes. Decían que tenía una disfunción psicológica fruto de un problema de infancia no superado. Cuando le visité sonreía beatíficamente y, a pesar del tratamiento, seguía viendo tipejos por todos los lados. No tenía remedio.
Lo grave es que, a la salida del hospital, yo también comencé a percibir su mismo mal. Pero yo, más prudente, bajé la cabeza y seguí mi camino sin detenerme a mirar ni a izquierda ni a derecha.

miércoles, 9 de febrero de 2011

El despiste de los editores*

La aparición de gigantes como Google, Apple o Amazon tiene en jaque a los editores españoles, que ven como su modelo de negocio tradicional se puede trastocar tras la aparición del ‘ebook’.
La cadena de valor del sector editorial, que se había mantenido inalterable en las últimas décadas, se ha visto sacudida por la irrupción de nuevos actores que quieren hacer negocio con el libro electrónico. Mientras tanto, “todo lo que se está haciendo en el sector es intentar mantener el mismo modelo de negocio y la cadena de valor que ahora existe, pero eso es inviable”, avisó el primer ejecutivo (CEO) de Direct Group Bertelsmann, Fernando Carro, durante la jornada Los retos del negocio editorial.
En el Observatorio en Cataluña, organizado por EXPANSIÓN, Carro puso sobre la mesa los distintos desenlaces que podría acarrear el éxito del ebook. Desde la venta directa del autor al lector –sin necesidad de contar con un editor–, hasta la comercialización a través de nuevos canales como Apple, Google o Amazon, que acabarían desplazando a los puntos de venta tradicionales.
La directora general de Editorial Salvat, Mónica Casetti, señaló como “perdedores claros” a los operadores logísticos, los impresores y las librerías. Algunas iniciativas del sector han sido calificadas de proteccionistas hacia los libreros, como la creación de la distribuidora digital Libranda. “Pretendía visibilizar que estábamos juntos y que si los libreros hacían su trabajo, podríamos ir juntos”, acuñó el director general de Grup 62, Xavier Mallafré.
La consejera delegada de Random House Mondadori, Núria Cabutí, fue más clara: “Libranda quiere dinamizar el mercado del libro electrónico en España y apoyar al desarrollo de los canales de venta actuales antes de la entrada de los grandes operadores”, señaló.
Nuevos actores
El director general de Círculo de Lectores, Joaquín Álvarez de Toledo, tildó de “inconveniente” la entrada de players como Telefónica, Apple o Google, empresas que son “capaces de mover una industria y establecer estándares”. Además, “son compañías capaces de asumir costes hundidos en el desarrollo de nuevos modelos de negocio”, valoró.

En el coloquio, en el que también participó KPMG, Álvarez de Toledo también puso sobre la mesa la necesidad de buscar nuevos formatos. “Debemos aprender de los videojuegos: se han adaptado a todos los retos de la digitalización con nuevos contenidos”, recordó. En este sentido, Daniel Fernández, propietario de la editorial Edhasa, apostó por que “el libro electrónico cuando incluya nuevos contenidos atractivos que hasta ahora el libro tradicional no podía incorporar”.
Jesús Badenes, director general de la división de librerías de Planeta, abogó por repensar el concepto ebook, que no debe entenderse como “la mera transcripción tecnológica de un contenido creado y pensado para otro soporte y otros clientes”. De prolongarse esta situación, “venderemos el mismo contenido a precios distintos y se quedarán con el más barato”, añadió.
A día de hoy, la cuota de mercado del libro electrónico es del 4%. Las previsiones de Bertelsmann apuntan a que el ebook supondrá la mitad del negocio en un futuro, aunque sólo el 20% de las transacciones se producirán a través de Internet. Que este proceso se produzca más tarde o más temprano dependerá de la evolución del modelo de negocio y la creación de contenidos más atractivos para este soporte. Se calcula que el parque de lectores electrónicos asciende a 150.000 unidades.
Barrera de entrada
Uno de los principales motivos que están frenando la entrada de estos gigantes tecnológicos en el negocio es la edición en lengua castellana, ya que los derechos de autor se negocian por idiomas. El factor idiomático como barrera de entrada fue una visión compartida por Carles de Gispert, director general de Grupo Océano, y Ernest Folch, presidente de la Associació d’Editors en Llengua Catalana y director general de Ara Llibres. “Si editaramos en inglés, ya estaríamos muertos”, admitió Badenes.

Otra de las barreras que detectó Folch para estos grandes operadores es el tipo de consumo que se realiza en España. “Estas compañías están acostumbradas a vender al mayor y no al menor”, recordó el directivo de Ara Llibres, quien también instó a los editores a mejorar la oferta de libros electrónicos. “Lo que genera piratería es la falta de oferta”, opinó.
La publicación de obras en soporte físico y digital de manera simultánea y la reducción de precios –lastrada ahora porque el IVA del ebook es del 18%, frente al 4% del papel– son dos de los temas que marcarán el futuro del sector.
Ante los mensajes pesimistas que lanzaron algunos de los partícipes en el encuentro, el director general de RBA Libros, Joaquim Palau, pidió acabar con la visión de que “el crecimiento de un soporte es la muerte anunciada del otro. Los dos tipos de libro son compatibles”, defendió.

El directivo del grupo de comunicación que preside Ricardo Rodrigo también puso sobre la mesa la necesidad de repensar la figura del editor: “En el futuro, el editor podría volver a ejercer las funciones del agente literario; son un elemento perfectamente prescindible”, apostilló.
Mallafré precisó los pasos que deben seguir las empresas para realzar su importancia dentro de la cadena de valor. “Debemos hacer trajes a medida: hay autores que querrán que les gestionemos el márketing y otros que definamos hasta el título, la portada y el tema de la novela”, consideró.
Canibalismo editorial
Durante su intervención, Fernando Carro asumió que los cambios que se implementen ahora para adaptarse a la nueva situación del sector requerirán de nuevas estructuras organizativas. En opinión del ejecutivo, “cualquier negocio que te canibalice tienes que crearlo fuera de lo que ya tienes”. Cabutí, de Random House Mondadori, también defendió este modelo como una “alternativa”, por la cantidad de decisiones que se deben tomar sobre el ebook.

* Artículo publicado en Expansión 

martes, 8 de febrero de 2011

Consejos prácticos para editar

Aunque hay muchas excepciones, y grandes editores que se alejan de los siguientes estereotipos, vamos a dar algunos consejillos prácticos para editar una obra:
    1. Ser escritor. Poco valorado por el editor. Existen demasiados autores y obras innecesarias. No representados por agente, abstenerse. Escritores con una única obra, abstenerse. Escritores no catalanes o que vivan fuera de Cataluña, abstenerse.
    2. Haber creado una obra maestra. Valorado, aunque no implica una rápida impresión (ver caso de García Márquez). Dudosos de su valía, abstenerse. Clásicos, abstenerse. Normales, abstenerse.
    3. Ser amigo de editor. Valorado. Especial atención a la mujer del editor. Personas conflictivas, abstenerse. Antipáticos, abstenerse. Feos, abstenerse.
    4. Ser famoso de la televisión. Muy valorado. Sobre todo, si se es presentador de informativos o de programas de masas. Televisiones locales, abstenerse (excepto para editores locales).
    5. Ser famoso de la radio. Muy valorado. Sólo grandes comunicólogos. Segundas filas, abstenerse. Radios locales, abstenerse (excepto para editores locales).
    6. Ser famoso de la prensa escrita. Valorado. Sólo firmas con columna diaria o semanal. Resto, abstenerse. Prensa local, abstenerse (o para editores locales).
    7. Ser famoso de la prensa virtual. Simplemente, abstenerse. Evitar escritores de blogs y demás calaña.
    8. Ser político. Muy valorado. Sobre todo si se es ex-presidente de Gobierno. También sirven los presidentes regionales. Consejeros, concejales, asesores, etc., abstenerse. 
     9. Ser rico. Valorado. Cuanto más rico, mejor valorado. Banqueros o ex-banqueros tipo Conde, valoradísimo. Además, en el peor de los casos pueden pagar las ediciones.