lunes, 31 de enero de 2011

Tusquets y Willy Uribe*



Fue una charla rápida en un hotel de Bilbao. El editor tenía asuntos más importantes que atender. Mi intención era hablar de la novela que estoy escribiendo y conocer fechas posibles de su publicación. Sin embargo, para mi sorpresa, la charla fue dominada  por aspectos contables. Cuadrante Las Planas no funciona, me dijo, de aperitivo. No al menos como ellos esperaban. Y que eran conscientes de lo arriesgado de la apuesta, como si Cuadrante Las Planas no hubiera sido la decisión libre de un jurado independiente y de prestigio.
Tan solo han pasado seis meses de su publicación. No soy un imbécil, no del todo al menos, y conozco las premuras del mercado editorial, pero pienso que es muy poco tiempo para hacer balance. Mi malestar aumentaba debido a que el sustantivo apuesta y los adjetivos difícil, fallido y complicado se mantenían en la conversación. Hablamos un poco de la novela que estoy escribiendo. Le comenté lo que sé del argumento y esbocé algunos personajes. Pareció mostrar algo de interés, pero sus comentarios dispararon las alarmas; tenemos que hacer una novela más pausada, más sosegada; debemos relajar el ritmo respecto a novelas anteriores, buscar el equilibrio; escribiremos una excelente novela. Un plural aterrador. Algo imposible.
La mañana era lluviosa y desangelada, pero yo prefería la calle, acabar aquella lastimosa conversación. La apuesta. Como si fuera un caballo de carreras. En un último intento de clarificar la situación, le pregunté por la reedición de Sé que mi padre decía, planteada hacía unos meses. Su respuesta fue mercantil cien por cien. Es cosa vieja. Le dije que es una buena novela, que merecía ser reeditada, pero solo valían las estrategias. Claro. ¿Y por qué iba a ser de otro modo? Tal vez el problema resida en los escritores, en ver a las editoriales como una meta donde cobijarse, en pensar que son el único modo de llegar a los lectores.  Entonces, de un modo natural, surgió por mi parte el tema de la autoedición. Su opinión fue desoladora. Es un demérito.
Nos despedimos. Busqué la orilla de la ría y el lluvioso y gris Bilbao cayó sobre mí para insuflarme una pizca de buen rollo mientras caminaba hasta Zorrozaurre.  Me interné entre viejos pabellones industriales. En uno de ellos encontré un cobijo agradable. Saqué mi cuaderno y continué escribiendo. Al cabo de un par de minutos, el editor quedaba a años luz. Tusquets ya no existía.

* Entrada publicada por Willy Uribe en su blog Adiós Tusquets

sábado, 29 de enero de 2011

Diario de un escrito (1)

La pregunta es siempre la misma. ¿A quién se le ha ocurrido la genial idea? Pasa en todos los órdenes de la vida. En el mundo político, en el empresarial e incluso en el familiar. Más si cabe en el literario donde los escritores viven de aspiraciones, sueños y desviaciones.
Bueno, la idea fue mía y ahora me encuentro desasosegado. Pero asumo mi responsabilidad. Escribir una novela en directo, por mala que sea, no es fácil. Contra lo que pensaba al principio, la literatura basura tiene su técnica ya que, al fin y al cabo, no se escribe sola como pudiera parecer desde fuera, sino que también hay que esforzarse por rellenar cuartillas de manera mínimamente coherente para que la historia mantenga el interés.
Cada semana comienza con un sudor frío de saber si llegaré a mi compromiso con mis queridos y minoritarios lectores dominicales; de si sabré avanzar en la trama; de si mi detective no se perderá en cualquier juerga dejándome empantanado y, lo que es peor, sin invitarme a participar en la fiesta; de si llegaré a resolver el caso algún día.
Por eso voy a escribir un diario paralelo de la novela donde reflejaré de manera sucinta mis miedos literarios, mis dudas estilísticas, mis tomas de decisión equivocadas, los aspectos que me están influyendo en cada momento, etc. Una especie de intrahistoria de la novela que no servirá para nada más que para justificar lo injustificable.

jueves, 27 de enero de 2011

Por qué se escribe

El otro día apareció en El País un reportaje extenso sobre las razones para escribir. Me sorprendió un poco, no tanto por el contenido, sino por la oportunidad. En plena crisis del sector, hubiese sido mucho más periodístico (e interesante) preguntar, por ejemplo, sobre su papel como escritor en la sociedad digital, cómo se ven dentro de diez años, etc. En fin, fuimos a los fundamentos y aquí he seleccionado algunas respuestas (el artículo completo se puede leer pinchando al final). Curioso, nadie escribe para ligar más. Será que es demasiado esfuerzo y no compesa. Basta con comprarse un buen coche. 
Héctor Abad Faciolince
Porque mi cerebro se comunica mejor con mis manos que con la lengua. Porque el papel es un filtro, una coraza, entre mis palabras y los ojos del otro. Porque me odio menos escribiendo que hablando. Porque mientras escribo puedo corregir, escoger una por una las palabras y nadie me interrumpe ni se desespera mientras las encuentro. Por un ameno vicio solitario.
José Manuel Caballero Bonald
Empecé a escribir porque quería parecerme a Espronceda. Ya lo he contado por ahí alguna vez. Un día encontré en mi casa familiar una biografía del poeta y quedé fascinado por alguien que murió con 33 años y había vivido las grandes aventuras: fundó una sociedad secreta, sufrió persecuciones y cárceles, anduvo exiliado en Lisboa y Londres, combatió en las barricadas de París, fue guardia de corps y diputado, vivió amores difíciles, luchó heroicamente contra el absolutismo, etcétera. Pues bien, como yo no podía emular a Espronceda en tantas y tan singulares hazañas, elegí lo que me resultaba más factible: ejercer de insumiso y escribir poesía. Luego, con los años, la afición por la lectura me fue activando una discontinua dedicación a la escritura. Y así hasta hoy.

Fernando Iwasaki
Escribo porque leo y gracias a la lectura nacen arroyos y afluentes del torrente de libros leídos. Escribo porque creo en la austera inmortalidad de la palabra escrita y en las bibliotecas como paraísos laicos. Escribo porque es el más poderoso acto libertario que conozco. Escribo porque el hechizo de la literatura es fulminante y a mí me hace ilusión ser aprendiz de aquellas magias. Escribo porque mis padres y mis hijos se alegran cada vez que alguien les cuenta que ha leído algo mío. Escribo porque contar historias es el oficio más antiguo del mundo. Escribo porque dedico todos los libros de ficción a mi mujer y así -mientras siga escribiendo- ella sabrá que la sigo queriendo.
Use Lahoz
Es una pregunta trampa en cuya respuesta se funden el placer y la necesidad. Supongo que escribo porque adoro las sorpresas y vivir con intensidad. Nada hay más inalcanzable que lo vivido, y la escritura incluye a veces la quimera de atrapar el pasado junto a la posibilidad de soñar despierto. Trae implícita la aventura de revivir, de combatir el paso del tiempo. Escribir ayuda a comprender y a ordenar el desorden. Escribir equilibra. Escribo para encontrar sentido al sinsentido, y porque me permite sentir el placer de contar la realidad y lo que imagino. Y también porque en el acto de escribir interviene la memoria, la experiencia y la imaginación, bienes a proteger. Escribo para reflexionar y pensar y darle vueltas a la vida de personajes siempre más interesantes que la mía. Y disfrutar del placer de la ficción, que es adictivo y que, como la realidad, no tiene límites. Escribo por supuesto para combatir el aburrimiento y pasarlo en grande. Para un escritor vivir, fundamentalmente, es escribir. Escribo para estar en paz conmigo mismo, por aquello que decía Machado de "yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas". Escribo porque conmueve y perdura, cada novela es la primera. Además es bastante barato. En fin: escribo porque aprendo, y así, a veces, parece que siga estudiando.
Luis Mateo Díez
Escribo para disimular la incapacidad de hacer cualquier otra cosa. Escribir no solo me entretiene, también me apasiona y me hace sentir dueño de algo que se contrapone en mi existencia a una cierta inclinación de inutilidad. También escribo, igual que leo, para conocer gente, quiero decir que me siento haciéndolo inmerso en aquel callejón lleno de gente desconocida al que se refería Nemiroski. Siempre hay alguien esperándome, y solo en el relato de la vida encuentro lo más complejo del sentido de la misma. Además, los días en que me quedo satisfecho con lo que acabo de escribir, tengo la convicción de no haber perdido el tiempo.
Eduardo Mendicutti
También a mí, como a Vargas Llosa, me dicen montones de veces que lo único que sé hacer es escribir. A lo mejor por eso acaban dándome el Nobel. Para todo lo demás, estoy convencido, soy un desastre: para poner ladrillos, para cultivar tomates, para imponer el orden, para correr a pie o en bicicleta aunque sea dopado, para condenar a delincuentes -con lo que a mí me gustan algunos delincuentes- sin que se me parta el corazón, o para defenderlos sin contagiarme... Cierto que, desde hace 30 años, soy bastante bueno como secretario general de una patronal de empresas consultoras, pero con algo tengo que redimirme. Así que escribo. Para inventarme inventando historias, para disfrutar del lenguaje, para compensar la timidez, para sacar los pies del plato, para que me lean. Claro que, según algún crítico y algunos colegas, puede que también para escribir sea una calamidad, pero de eso aún no he llegado a convencerme.
Antonio Muñoz Molina
Creo que nunca he pensado mucho en por qué escribo, salvo cuando me han hecho esa pregunta y he tenido que improvisar una respuesta que sonara convincente. Escribo, sobre todo, porque me gusta mucho hacerlo, y me ha gustado casi desde que tengo recuerdos. Me gustaba inventar cuentos, escribirlos y dibujarlos cuando era niño. Me gustaba escribir redacciones en la escuela. Luego empecé a leer novelas de aventuras y me enteré de que todas ellas tenían un autor, que solía ser Julio Verne, y por primera vez me imaginé practicando ese oficio. Después me aficioné a leer poesía y por imitación me puse a escribir versos, siempre muy malos. Cuando tuve una máquina de escribir se me iban las tardes improvisando lo que fuera, por el puro gusto de golpear las teclas: diarios, poemas, obras de teatro. Escribo por gusto y porque me gano la vida escribiendo. Algunas veces disfruto mucho y otras preferiría estar haciendo cualquier otra cosa. Pero en ocasiones en que me he puesto a escribir contra mi voluntad y casi a la fuerza he encontrado cosas que de otra manera no se me habrían ocurrido. También escribo por quitarme la mala conciencia de no haber escrito, o para tener el alivio de haberlo hecho. Me puedo imaginar no publicando, al menos durante largos períodos, pero no me imagino no escribiendo. En el fondo es un vicio, un hábito cotidiano, o una manera de estar en el mundo, como tener afición por la lectura o por la música.
Andrés Neuman
Escribo porque de niño sentí que la escritura era una forma de curiosidad e ignorancia. Escribo porque la infancia es una actitud. Escribo porque no sé, y no sé por qué escribo. Escribo porque solo así puedo pensar. Escribo porque la felicidad también es un lenguaje. Escribo porque el dolor agradece que lo nombren. Escribo porque la muerte es un argumento difícil de entender. Escribo porque me da miedo morirme sin escribir. Escribo porque quisiera ser quienes no seré, vivir lo que no vivo, recordar lo que no vi. Escribo porque, sin ficción, el tiempo nos oprime. Escribo porque la ficción multiplica la vida. Escribo porque las palabras fabrican tiempo, y tiempo nos queda poco.
Álvaro Pombo
Pienso en el pequeño cementerio de Londres, a unos diez minutos a pie de Paddington Green, donde robé un perro feo, de cemento, del sepulcro de una dama ahí enterrada. Al venir a Madrid, abandoné ese perro a su suerte en el Flat A, que era el top flat con una cocinita y un cuarto de baño. Escribir esto, ¿es escribir, o no? Es, desde luego, un modo de hacer surgir los recuerdos y las imágenes distinto del modo normal: un modo prefabricado, artificiado, que desea causar un efecto imborrable al menos en mi alma y luego en la de un lector o un millón, si es posible. Y también es un intento de expresar el ser, el Dios, en la claridad del ser-ahí que era yo en aquel entonces, al borde de la nada. Querer decirlo era querer estar más cerca del ser que lo corriente. Aún no sé si estoy en lo cierto. Hablar es inmediato, como respirar. Escribir, mediato como el respirar del pranayama.
Benjamín Prado
Yo escribo por una sola razón: para divertirme, para entretenerlos, para aprender, para enseñarles, para que sea cierto que "escribir es soñar / y que otros lo recuerden / al despertar", para que no me olviden, para que no nos callen  y, en primer lugar, porque no podría no hacerlo.
Soledad Puértolas
Las alegrías de la vida te desbordan. El dolor y la pérdida te superan y  hunden. El tedio y la monotonía pueden resultar aniquiladores.
Cuando escribo, estoy fuera de esa realidad. He entrado en otra donde sí es posible buscar un sentido, incluso vislumbrarlo.
La soledad, que tantas veces se ha hecho insoportable, se hace ligera y deseable. El estado perfecto.
Hay metas, humanidad, sentidos. Hasta cabe la risa, el gran regalo.
En la vida, el dolor ahoga y la risa es efímera. En el texto, se produce una transformación que la inteligencia no puede explicar. Nos sumergimos en el dolor sin llegar a morir, conquistamos la distancia. Observamos, podemos emocionarnos,  escoger, aventurarnos. La incertidumbre de la narración resulta más segura que las certezas de la vida. La palabra se hace enteramente nuestra.
Santiago Roncagliolo
Debería decir que escribo porque no sé hacer nada más: no sé montar bicicleta, llevo un año tratando de sacarme el carné de conducir, no entiendo las declaraciones de Hacienda y, cuando se estropea el ordenador, la única solución que se me ocurre es llorar hasta que se arregle solo. Pero intentaré una respuesta más profunda: 
Creo que la realidad no tiene ningún sentido. Las cosas pasan a tu alrededor de una manera errática, a menudo contradictoria, y un día te mueres. Las cosas en que creías dejan de ser ciertas de un momento a otro. En cambio, las novelas tienen un principio, un medio y un desenlace. Los personajes se dirigen hacia algún lugar, la gloria, la autodestrucción o la nada, y sus acciones tienen consecuencias en ese camino. Escribo historias para inventar algo que tenga sentido.
Pero además, escribir -como leer- te devuelve a la realidad mejor equipado para vivirla, con una comprensión mayor de lugares, personajes o sentimientos que no habrías visitado de otra manera. Y en ese sentido, no hace que la realidad sea más sensata, pero sí la vuelve un poquito mejor.
Antonio Tabucchi
Preferiría formular la pregunta así: ¿Por qué se escribe? Hace tiempo, cuando era joven, escuché a Samuel Beckett responder: "No me queda otra". Las respuestas posibles son todas plausibles pero con un punto de interrogación. ¿Escribimos porque tememos a la muerte? ¿Por qué tenemos miedo de vivir? ¿Por qué tenemos nostalgia de la infancia? ¿Por qué el tiempo pasado corrió deprisa o porque queremos detenerlo? ¿Escribimos porque a causa de la añoranza sentimos nostalgia, arrepentimiento? ¿Por qué queríamos haber hecho una cosa y no la hicimos o porque no deberíamos haber hecho algo que hicimos y no debíamos? ¿Por qué estamos aquí y queremos estar allá y si estuviéramos allá nos hubiese resultado mejor quedarnos aquí? Como decía Boudelaire: la vida es un hospital donde cada enfermo quiere cambiar de cama. Uno piensa que se curaría más deprisa si estuviera al lado de la ventana y otro cree que estaría mejor junto a la calefacción.
Kirmen Uribe
En noviembre de 2007 tuve la suerte de asistir como escritor invitado a la clase de escritura creativa de Anthony MacCann, en el CalArts de Los Ángeles. Anthony me contó que los mejores de cada promoción son fichados por las grandes productoras para trabajar como guionistas de series de televisión. Se hacen ricos. Los "peores", por el contrario, se dedican a la poesía.
Uno empieza a escribir en la tierna adolescencia por mímesis, porque quiere crear algo parecido a aquello que ha leído. Más tarde, en su juventud, cree que escribir puede hacer mejorar el mundo. Luego se convence de que el suyo es, al fin y al cabo, un oficio. Sin embargo, ahora mismo me doy cuenta que escribo, sencillamente, porque disfruto mucho haciéndolo. Me encanta quedarme solo y escribir. "Un solitario impulso de delicia" me lleva a escribir, como diría Yeats en su poema Un aviador irlandés prevé su muerte. Disfruto casi tanto como los "peores" de CalArts, que tumbados en el césped del campus con un libro en las manos, levantaban la mirada para ver pasar las nubes. Yo, en la clase de Anthony, sería, sin duda, del grupo de los poetas.
Enrique Vila-Matas
Ah, ya veo, vuelve la vieja y pérfida pregunta. Pero también podrían ustedes preguntarme por qué acabo de hacer una lazada en mis zapatos. Y también por qué no me he contentado con un nudo que, para el caso, me habría servido igual. Este tipo de habilidades no nos llaman la atención, por ser muy familiares. Pero, en algún tiempo remoto, un antepasado hizo la primera lazada. Nosotros no somos más que sus imitadores, un eslabón en la cadena ininterrumpida de la tradición. De modo que a quién habría que preguntarle por qué escribo es a ese antepasado, preguntarle por qué quiso ir más allá del nudo.

Artículo publicado en El País

miércoles, 26 de enero de 2011

El mundo al revés


Nacemos boca abajo. Muchos vamos de cráneo. Y, además, en pocos años todos calvos. ¡Valiente porvenir nos espera! Parece como si el mundo estuviese patas arriba y no nos hubiésemos dado cuenta. Pensamos que es algo circunstancial; pero no, ese hecho es determinante de nuestras vidas.
A partir de ese momento fatídico, todo sucede al revés. Sólo falta echar un vistazo a la prensa. Madres que asesinan a sus hijos; jueces que comulgan con delincuentes; políticos que patean como asnos sobre sus contrincantes para complacer a sus cuadrillas; médicos que mejoran la estética de sus pacientes con vistas al sudario; religiosos que defienden su promiscuidad homosexual; marujas que se venden como periodistas; programas televisivos de éxito basados en las interioridades humanas más bajas y en la basura más alta; luchas intestinas en las principales entidades financieras para salvar sus privilegios; quiebras de los derechos humanos más elementales en muchos países; bombardeos a civiles en directo por los telediarios; atentados contra extranjeros en aeropuertos u hoteles, etc. Incluso piratas digitales. 
Me dirán que eso ha sucedido siempre. Les doy la razón, pero en otras épocas yo no vivía, así que no me enteraba. Son estos años los que me preocupan porque pienso que hemos perdido el norte. Ya nadie controla la máquina. La máquina se ha desbocado. La máquina nos engulle por falta de criterio y de autoridad. Y a ver quién le mete mano. Yo, desde luego no. No tengo ni ganas ni vocación. Aunque tampoco quiero que me metan mano. Porque aquí hay mucha tradición. O metes o te la meten. Y no es cuestión. 

Unicamente los australianos son conscientes de lo que ocurre. Ellos están acostumbrados. No sólo nacen, sino que viven boca abajo toda su vida mientras el resto del mundo les mira con envidia. Por eso, parte de su cultura se basa en andar de cabeza. La sangre siempre les hierve y van tirando de mala manera. Si no, que se lo pregunten a una amiga mía que tuvo la buena/mala fortuna de enamorarse de un australiano y vive en Melbourne. Sufre jaquecas. Ella lo achaca al clima; yo lo apunto a andar de cabeza.

martes, 25 de enero de 2011

Gusto literario

Está claro que con la edad el gusto literario va cambiando. Lo que antes te emocionaba, quizá ahora te aburra, y viceversa. Pero, en especial, lo que estoy notando en las últimas novelas que he leído es que apenas me dicen algo. Están bien escritas, son muy profesionales, pero no despiertan ninguna emoción en mí, incluso cuando teóricamente sus enfoques, sus tramas son brillantes.

Creo que la avidez editorial (explotación de escritores-marca, imitación entre editoriales, abuso de temas estándar muy centrados en el mercado) y curiosamente la profesionalización de los escritores –necesitan comer de lo que escriben y por eso se obligan a sacar un libro/año– están matando la creatividad, la auténtica originalidad basada en la reflexión, la pasión y el tiempo.
Ya nadie arriesga porque sabe que no se premia el riesgo; es más, se penaliza. En la actualidad, muchos escritores consagrados serían incapaces de colocar sus primeros manuscritos.
Por mi parte, pido a un libro que me atrape entre sus páginas por su temática, por la trama o por sus personajes, o por una combinación de esos elementos; además, que me emocione, que me toque esas partes sensibles de mi alma que poco a poco se van solidificando con la edad; también, claro está, que me haga pensar, que me rompa un poco los esquemas mentales sobre los que sostengo mi existencia; por último, que esté bien escrito, que posea un estilo personal, inconfundible, que me produzca placer su lectura.
Ya me gustaría saber qué esperan los demás de los libros; sobre todo, de las novelas. Lectores de literatura basura, abstenerse.

lunes, 24 de enero de 2011

Editores en acción

Hay varios libros que conviene tener en cuenta a la hora de acercarse intelectualmente al mundo editorial. Alguno ya lo he comentado en este blog. Otros paso a señalar:

- Pasando página, de Sergio Vila-San Juan (Destino)
- Los mercaderes en el templo de la literatura, de Germán Gullón (Caballo de Troya).
- Editar la vida, de Michael Korda (Debate).
- Trayecto, de Ignacio Echevarría (Debate).
Cada uno, a su manera, desvela la situación del mundo editorial. Vila-San Juan presenta los últimos treinta años en España, el punto de partida, la evolución, la concentración de editores, el star system, etc. Imprescindible por su rigor y por la panorámica que ofrece.
Gullón, por su parte, analiza la novela como producto comercial, al autor como marca y al libro como espectáculo. Necesario para comprender hacia dónde vamos.
Korda nos traslada a Estados Unidos, a principios de los cincuenta y nos muestra cómo era la editorial en esos años y cómo ha ido evolucionando. Y lo hace desde dentro, desde uno de los principales sellos americanos (Simon & Shuster). Muy recomendado.
Por último, Echevarría hace un recorrido rápido por la crítica y el reseñismo contemporáneo ofreciendo una imagen un tanto deteriorada de esa profesión. Aleccionador.
Por supuesto, también está Opiniones mohicanas (Acantilado) de Jorge Herralde con sus experiencias con los autores de su sello. Curioso. 
O la guerra de los planetas (ediciones B) de Rafael Borrás, antiguo editor de Planeta que destripa algunos entresijos del Grupo, aunque más convencional.

sábado, 22 de enero de 2011

Civilización del espectáculo según Vargas Llosa*



Este ensayo fue naciendo en los últimos años sin que yo me diera cuenta, a raíz de la incómoda sensación que solía asaltarme a veces visitando exposiciones, asistiendo a algunos espectáculos, viendo ciertas películas, obras de teatro o programas de televisión, o leyendo ciertos libros, revistas y periódicos, de que me estaban tomando el pelo y que no tenía cómo defenderme ante una arrolladora y sutil conspiración para hacerme sentir un inculto o un estúpido.
Este libro es mi alegato de defensa. Cuando comencé a escribirlo descubrí que llevaba tiempo tocando algunos de sus temas de manera fragmentaria en artículos y polémicas, y eso explica que cada capítulo tenga como colofón unos "antecedentes" que reproducen aquellos textos tal como fueron publicados (con la ocasional corrección de una errata o una falta de puntuación). Pero he utilizado también, en algunos capítulos, partes, a veces muy amplias, de ensayos y charlas, introduciendo en estos textos, allí sí, enmiendas importantes. Pese a todos esos collages creo que el libro es un ensayo orgánico que fui elaborando a lo largo de años aguijoneado por un tema inquietante y fascinante: cómo la cultura dentro de la que nos movemos se ha ido frivolizando y banalizando hasta convertirse en algunos casos en un pálido remedo de lo que nuestros padres y abuelos entendían por esa palabra. Me parece que tal transformación significa un deterioro que nos sume en una creciente confusión de la que podría resultar, a la corta o a la larga, un mundo sin valores estéticos, en el que las artes y las letras -las humanidades- habrían pasado a ser poco más que formas secundarias del entretenimiento, a la zaga del que proveen al gran público los grandes medios audiovisuales, y sin mayor influencia en la vida social. Ésta, resueltamente orientada por consideraciones pragmáticas, transcurriría entonces bajo la dirección absoluta de los especialistas y los técnicos, abocada esencialmente a la satisfacción de las necesidades materiales y animada por el espíritu de lucro, motor de la economía, valor supremo de la sociedad, medida exclusiva del fracaso y del éxito, y, por lo mismo, razón de ser de los destinos individuales.
Ésta no es una pesadilla orwelliana sino una realidad perfectamente posible a la que, insensiblemente, se han ido acercando las naciones más avanzadas y libres del planeta, las del Occidente democrático y liberal, a medida que los fundamentos de la cultura tradicional entraban en bancarrota, se iban desintegrando, y los iban sustituyendo unos embelecos que han ido alejando cada vez más del gran público las creaciones artísticas y literarias, las ideas filosóficas, los ideales cívicos, los valores y, en suma, toda aquella dimensión espiritual llamada antiguamente la cultura, que, aunque confinada principalmente en una elite, desbordaba en el pasado hacia el conjunto de la sociedad e influía en ella dándole un sentido a la vida y una razón de ser a la existencia que trascendía el mero bienestar material del ciudadano. Nunca hemos vivido como ahora en una época tan rica en conocimientos científicos y hallazgos tecnológicos ni mejor equipada para derrotar la enfermedad, la ignorancia y la pobreza y, sin embargo, acaso nunca hayamos estado tan desconcertados y extraviados respecto a ciertas cuestiones básicas como qué hacemos aquí en este astro sin luz propia que nos tocó, si la mera supervivencia es el único norte que justifica la vida, si palabras como espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, arte, creación, alma, trascendencia, significan algo todavía, y, si la respuesta es positiva, qué es exactamente lo que hay en ellas y qué no. Antes, la razón de ser de la cultura era dar una respuesta a este género de preguntas, pero lo que hoy entendemos por cultura está exonerada por completo de semejante responsabilidad, ya que hemos ido haciendo de ella algo mucho más superficial y voluble, o una forma de diversión ligera para el gran público o un juego retórico, esotérico y oscurantista para grupúsculos vanidosos y de espaldas al conjunto de la sociedad.
La idea de progreso es engañosa. Quién, que no fuera un ciego o un fanático, podría negar que una época en la que los seres humanos pueden viajar a las estrellas, comunicarse al instante salvando todas las distancias gracias al Internet, clonar a los animales y a los humanos, fabricar armas capaces de volatilizar el planeta e ir destruyendo con nuestras prodigiosas invenciones industriales el aire que respiramos, el agua que bebemos y la tierra que nos alimenta, ha alcanzado un desarrollo sin precedentes en la historia de la humanidad. Al mismo tiempo, nunca ha estado menos segura la supervivencia de la especie por los riesgos de una confrontación atómica, la locura sanguinaria de los fanatismos religiosos y la erosión del medio ambiente, y acaso nunca haya habido, junto a las extraordinarias oportunidades y condiciones de vida de que gozan los privilegiados, el contraste de la pavorosa miseria y las atroces condiciones de vida que todavía padecen, en este mundo tan próspero, centenares de millones de seres humanos, y no sólo en el llamado Tercer Mundo, también en enclaves de horror y vergüenza en el seno mismo de las ciudades más opulentas del planeta.
En el pasado, la cultura tuvo siempre que ver con esos temas y fue a menudo el mejor llamado de atención ante semejantes problemas, una conciencia que impedía a las personas cultas dar la espalda a la realidad cruda y ruda de su tiempo. Ahora, más bien, lo que llamamos cultura es un mecanismo que permite ignorar los asuntos problemáticos, distraernos de lo que es serio, sumergirnos en un momentáneo "paraíso artificial", poco menos que el sucedáneo de una calada de marihuana o un jalón de coca, es decir, una pequeña vacación de irrealidad.
Todos estos son temas profundos y complejos que no caben en las pretensiones, mucho más limitadas, de este libro. Éste sólo quiere ser un testimonio personal, en el que aquellas cuestiones se refractan en la experiencia de alguien que, desde que descubrió, a través de los libros, la aventura espiritual, tuvo siempre por un modelo a aquellas personas cultas, que se movían con desenvoltura en el mundo de las ideas y que tenían más o menos claros unos valores estéticos que les permitían opinar con seguridad sobre lo que era bueno y malo, original o epígono, revolucionario o rutinario, en la literatura, las artes plásticas, la filosofía, la música. Muy consciente de las deficiencias de mi formación escolar y universitaria, durante toda mi vida he procurado suplir esos vacíos, estudiando, leyendo, visitando museos y galerías, yendo a bibliotecas, conferencias y conciertos. No había en ello sacrificio alguno. Más bien, el inmenso placer de ir, poco a poco, descubriendo que se ensanchaba mi horizonte intelectual, que entender a Nietzsche o a Popper, leer a Homero, descifrar el Ulises de Joyce, gustar la poesía de Góngora, de Baudelaire, de T. S. Eliot, explorar el universo de Goya, de Rembrandt, de Picasso, de Mozart, de Mahler, de Bartók, de Chéjov, de O'Neil, de Ibsen, de Brecht, enriquecía extraordinariamente mi fantasía, mis apetitos y mi sensibilidad.
Hasta que, de pronto, empecé a sentir que muchos artistas, pensadores y escritores contemporáneos me estaban tomando el pelo. Y que no era un hecho aislado, casual y transitivo, sino un verdadero proceso del que parecían cómplices, además de ciertos creadores, sus críticos, editores, galeristas, productores, y un público de papanatas inconscientes a los que aquellos manipulaban a su gusto, haciéndoles tragar gato por liebre, por razones crematísticas a veces y a veces por pura frivolidad.
Quiero dejar sentada mi protesta, por lo que pueda valer, que, lo sé, no será mucho. Hay demasiados intereses de por medio, helás. Probablemente, el fenómeno que este ensayo describe en unos cuantos apuntes no tenga remedio, porque forma ya parte de una manera de ser, de vivir, de fantasear y de creer de nuestra época, y que lo que este libro añora sea polvo y ceniza sin resurrección posible. Pero podría ser, también, ya que nada se está quieto en el mundo en que vivimos, que ese fenómeno, la civilización del espectáculo, perezca sin pena ni gloria, por obra de su propia inanidad y nadería, y que otro lo reemplace, acaso mejor, acaso peor, en la sociedad del porvenir. Confieso que tengo poca curiosidad por el futuro, en el que, tal como van las cosas, tiendo a descreer. En cambio, me interesa mucho el pasado, y muchísimo el presente, que sería incomprensible sin aquél. En este presente hay innumerables cosas mejores que las que vieron nuestros ancestros, desde luego: menos dictaduras, más democracias, una libertad que alcanza a más países y personas que nunca antes, una prosperidad y una educación que llegan a muchas más gentes que antaño y unas oportunidades para un gran número de seres humanos que jamás existieron antes, salvo para ínfimas minorías.
Pero, en un campo específico, aunque de fronteras volátiles, el de la cultura, creo que hemos retrocedido, sin advertirlo ni quererlo, por culpa fundamentalmente de los países más cultos, los de la vanguardia del desarrollo, los que marcan las pautas y las metas que poco a poco van contagiando a los que vienen detrás. Y asimismo creo que una de las consecuencias que podría tener la corrupción de la vida cultural por obra de la frivolidad, podría ser que aquellos gigantes, a la larga, revelaran tener unos pies de barro y perdieran su protagonismo y poder, por haber derrochado con tanta ligereza el arma secreta que hizo de ellos lo que han llegado a ser, esa delicada materia que da sentido, contenido y un orden a lo que llamamos civilización.
* Artículo escrito por Mario Vargas Llosa en El País
http://www.elpais.com/articulo/portada/civilizacion/espectaculo/elpepuculbab/20110122elpbabpor_1/Tes

jueves, 20 de enero de 2011

Profesiones para la autorrealización


Desde luego, hay profesiones mucho más agradecidas que las de consultor o escritor. Antes, cuando era pequeño, añoraba la falta de responsabilidad de los chóferes de autobús que nos llevaban al colegio. Mientras nosotros debíamos hacer deberes, ir a clase y examinarnos cada dos por tres, ellos se dirigían, de un lado a otro de la ciudad, con la radio puesta y la mente en sus cosas. 
Después, con la edad y mis inquietudes literarias, pensé que la profesión adecuada era la de portero. Bastaba mirar sus gestos tranquilos desde la garita, sin apenas moverse ni pestañear ante el paso de los inquilinos. Su vida suponía el éxtasis para aquellos que quisieran leer o escribir sin que nadie se atreviera a molestarles.
De adulto, envidié a los funcionario de Diputación que cumplían sus horario a rajatabla, con precisión prusiana, y que, para su alegría, cada vez tenían menos trabajo. 
Más tarde, también descubrí a los profesores de escuela pública o de universidad que, aparte de los tres meses de vacaciones anuales, apenas tenían horas de enseñanza, eso sí con mucho estrés añadido, según ellos.
Hace unos pocos años cambié de opinión. Ahora me gustaría ser como Tatiana y David (antiguos presentadores de Disney Channel para los que no tengan niños) que estaban siempre haciendo el idiota con la misma ropa, y encima les pagaban.
Pienso que eso debe ser la felicidad, hacer el idiota con la misma ropa y que te paguen.

miércoles, 19 de enero de 2011

Hacia el parque temático literario

Los Emirato Arabes son un buen ejemplo de hacia dónde va nuestro mundo, literario o no. Me explico. Estos países han apostado muchos petrodólares en convertir su territorio en un continuo espectáculo, en una suma de parques temáticos donde los ciudadanos adinerados puedan ir a disfrutar de su ocio (y su negocio).
Los edificios más altos, las mayores mezquitas, los hoteles más caros, los centros comerciales más sofisticados, los principales museos, las conferencias mundiales más importantes, los espectáculos musicales o deportivos con los mejores músicos o deportistas… así hasta la saciedad en una especie de borrachera de nuevo rico hortera.
Eso sí, no es un democracia y todo está controlado por varias familias que se reparten el poder y la riqueza. Además, los árabes poderosos no quieren trabajar, sino vivir de las rentas como nuestros antiguos terratenientes; los extranjeros ocupan todos los puestos ejecutivos por arriba (científicos, arquitectos, ingenieros, etc.) o por abajo (albañiles, camareros, chóferes, sirvientes, etc.) con la única diferencia de que los de arriba son occidentales y viven bien y los de abajo son indios, paquistaníes o chinos y viven bastante peor.
¿Y que tiene esto que ver con la cultura y la literatura? Realmente nada. ¿O tal vez sí? Probablemente en el futuro los más famosos escritores sean patrocinados por los príncipes y sultanes para que les ofrezcan sus mejores poesías, cuentos o novelas como en los años del mecenazgo (y debido a la piratería que diría la Sociedad de Autores)a cambio de vivir en la famosa palmera y publicitarse de vez en cuando. Al tiempo. 


PS.No he visto a una persona nativa leyendo un libro en ninguna parte (feria, aeropuerto, centros comerciales, hoteles o calle). Lo harán en privado en sus casas? O la lectura no será uno de sus hábitos? Lo que sí hay son i-phones, blackberries, etc. por todas partes. Espectáculo, espectáculo!

martes, 18 de enero de 2011

Escritor central vs escritor periférico

Algunas diferencias genéricas entre los escritores que escriben desde la centralidad (Madrid y Barcelona) y los que escriben desde la periferia.
    - El EC es guapo; el EP es feo.
    - El EC se ha operado de miopía; el EP lleva gafas de culo de vaso.
    - El EC viste de marca; el EP viste con restos de sus familiares y amigos.
    - El EC escribe sobre temas universales; el EP lo hace sobre temas provincianos.
    - El EC tiene agente literario, consultor de comunicación, editor, corrector y masajista; el EP tiene al camarero de la cafetería de enfrente de su casa que le escucha mientras recoge las mesas.
    - El EC es invitado a todos los actos culturales; del EP no se acuerda ni su madre.
    - El EC escribe sobre el último modelo de Apple; el EP sigue con un IBM del año de maricastaña.
    - El EC es cocainómano, el EP es sólo alcohólico.
    - El EC tiene amante; al EP sólo le llega para mujeres de mal vivir (en caso de ser escritora, hombres de dudosa reputación).

lunes, 17 de enero de 2011

Belén Gopegui y sus derechos de autor*


Belén Gopegui, que el pasado octubre participó en la gala de los oXcars invitada por la eXgae, es autora de novelas como La conquista del aire, El padre de Blancanieves o Lo real. Pese a ser una de las autoras de referencia de las últimas dos décadas, mantiene una posición diametralmente opuesta a la de la mayoría del gremio de escritores o autores, en lo que hace a asuntos como el copyright o el acceso y el intercambio de contenidos. Miembro del colectivo de editores de Rebelión.org, una de las primeras webs de contrainformación en castellano, también forma parte de Red Sostenible, un espacio creado tras conocerse las políticas de control y censura en internet que el Gobierno de Zapatero quería poner en práctica con la Ley de Economía Sostenible.
- La relación entre dominio público y producción cultural no es nueva, pero internet y sobre todo fenómenos como las redes de intercambio entre pares le han dado una relevancia inaudita; ¿por qué la izquierda política es incapaz de hacer una reflexión y una propuesta seria, rigurosa y radical en un asunto que ya hoy es crucial?
Una parte fundamental de las redes de intercambio entre pares coincide con los análisis de cierta izquierda en torno a la plusvalía y la propiedad. Una vez más se trata de desalambrar, en este caso desalambrar el conocimiento de patentes y licencias que impiden su uso por aquellos que lo necesitan. Por otro lado, creo que hay discursos como el de la lógica de la abundancia, que olvidan a veces que la abundancia circula por canales privados, y estos canales están en manos del capital. Me refiero, por ejemplo, a la infraestructura de la red y a multitud de proyectos que cualquier día pueden verse forzados a una evolución no deseada -openoffice/libreoffice, Ubuntu en Canonical, guifi.net - o la concentración de servidores en manos de grandes corporaciones y la ausencia de servidores distribuidos, a la escasez de hardware libre, etcétera. Creo que hace falta una lucha radical para lograr que la red no acabe siendo, en efecto, "otra televisión" y en esa lucha necesitamos tanto de la izquierda política como de todas las nuevas organizaciones que están surgiendo.
- Un autor, ¿qué es? ¿un asalariado o un pequeño propietario?
Un autor, a mi modo de ver, ha sido mitad asalariado y mitad rentista. Esto le coloca en una posición contradictoria, y no es raro que la mayoría de los intelectuales se acaben aliando con el poder pues obtienen sus rentas del excedente, no de su trabajo sino del trabajo no pagado de otros. Lo mismo les ocurre a los propietarios de viviendas en alquiler, a los grandes empresarios, a buena parte de los funcionarios, a los directivos de empresas, etcétera. Vivimos del trabajo de los demás, el dinero es trabajo de los demás, y cambiar esta relación desigual y violenta implica cambiar la relación de fuerzas.
- Y, sobre todo, un autor ¿qué se cree que es?
En una entrevista reciente, Godard, el director de cine, declaraba: "El derecho de autor realmente no tiene razón de ser. Yo no tengo derechos. Al contrario, tengo deberes". Esta es una posición que me interesa mucho. En literatura la posición políticamente correcta consiste en decir que el autor no se debe a nadie, que el arte es autónomo, etcétera. Desde ese sitio difícilmente se puede establecer relación alguna de reciprocidad con la sociedad. Pero curiosamente son los autores que más defienden esa idea quienes más se sublevan por la pérdida de derechos. Yo creo que sólo en la medida en que la sociedad decida que necesita, pongamos, algunas historias largo tiempo meditadas, podrá ocuparse de retribuir a quienes las escriban. A lo mejor decide que no las necesita, que le basta con la inmensa producción creativa que hay en la red; si es así, los novelistas tal como hasta ahora hemos sido vistos nos extinguiremos y puede que no se pierda nada. Recordemos, no obstante, aquel tema de Eskorbuto:
Cuando los dinosaurios dominaban la tierra
hace un millón de años en la prehistoria,
la fuerza era la ley
y ellos eran los más fuertes
gigantescos brutales salvajes animales
Pero ocurrió todos sucumbieron
ahora son petróleo
necesario en nuestro tiempo
Cuando los dinosaurios dominaban la tierra
aún siguen haciéndolo, aunque sea de otra manera
Para mí la pregunta es ésa, no tanto si se extingue o no un tipo de industria como si nos van a seguir dominando, a través de otras industrias y otras organizaciones cínicas y violentas, las mismas historias repetidas, los mismos valores baratos que hoy infestan las narraciones hegemónicas.
- Determinados artistas que son símbolos para la izquierda social han identificado sus intereses con los de la industria cultural, defendiendo con uñas y dientes la estructura productiva y comercial de las últimas décadas. ¿Miedo, acomodamiento, servilismo? ¿Qué hace que los que en un terreno ejercen cierta disidencia en otro hagan causa común con el aparato de explotación cultural?
Supongo que, al menos en los autores más modestos, es el mismo mecanismo por el que los trabajadores muchas veces defienden a sus empresas y procuran que no se hundan a pesar de que les explotan. Más allá de eso, sabemos desde hace tiempo que el ser social construye la conciencia, y en ese ser están los privilegios de que se ha disfrutado. Los cereales que se comparten se acaban, los bits no: sin embargo, llevamos siglos matando de hambre a un gran parte de la humanidad y no porque no haya suficiente alimento, sino por un sistema económico y de dominación. Ojalá no ocurra así con los bits, ojalá la abundancia no acabe siendo controlada una vez más por el capital. En todo caso es muy pertinente un artículo de Cory Doctorov donde se pregunta algo como: ¿qué le hace a las libertades tu defensa de remuneración? Creo que ahí los artistas, autores y demás deberíamos tenerlo muy claro, quizá sea razonable esperar que alguien te retribuya parte del tiempo trabajado, o quizá un día ni siquiera sea útil cierta creación más lenta y ponderada -yo quiero pensar que sí lo será, pero es evidente que soy juez y parte-, pero lo que en ningún caso debemos consentir es que se nos utilice como pretexto para vigilar, perseguir y cercenar finalmente los derechos y libertades de todas las personas.
- Es complicado definir qué es un intelectual, pero, en cualquier caso, parece que catedráticos, periodistas, editores, directores de cine, escritores... están mayoritariamente ausentes o indiferentes cuando no son directamente hostiles a una batalla que en principio les pertenece: la de la cultura libre. ¿Por qué?
Creo que la batalla de la cultura libre es importante dentro de una guerra, si es sólo una batalla resulta confusa. Por así decir: pasar de estar explotado por un gran grupo de comunicación a estarlo por Google o por Telefónica no implica ningún cambio cualitativo. Los autores en este aspecto son conservadores, se aferran a lo malo conocido porque piensan que no hay diferencia entre una gran empresa y otra. La cuestión es ampliar el campo de batalla, por ejemplo, a la idea de que las redes de comunicación son un servicio esencial y debieran ser públicas con una clara voluntad política de romper la brecha digital. Creo que hay que dar también esas batallas. Ahora bien, esto no puede en ningún caso hacernos cerrar los ojos al hecho de que el lenguaje es común, de que las comunidades hacen ciencia y hacen arte a través de los individuos y no a la inversa.
- Generalmente publicas tus novelas con copyright, aunque ya puede encontrarse alguna de ellas en descarga libre en Rebelión. Luther Blissett, un nombre colectivo, ha publicado novelas como Q o 54 con licencia libre con una multinacional como Mondadori. ¿Cuál es el trato con tu editor y hasta qué punto tienes capacidad de, más allá de tu remuneración, establecer unas condiciones de publicación coherentes con tus posiciones políticas?
Es un trato amigable, he podido decirle con tranquilidad que no quería estar en Libranda y en su lugar estoy en vías de encontrar un espacio digital que me permita colocar mis libros sin DRM1 de tal manera que sólo los pague quien pueda hacerlo y que quien lo haga pueda prestar el libro cuando quiera. ¿Puedo, por ejemplo, permitirme devolver al dominio público todo lo que escribo? Me gustaría. Lo hago con artículos y textos sueltos, con algún libro libre, de momento no puedo hacerlo con todo porque no tengo, al menos por ahora, otra profesión, soy novelista, no soy además otra cosa, ni me veo cantando mis novelas en directo, y las otras cosas que sí soy, por ejemplo miembro del colectivo de editores de rebelión.org, no están remuneradas y creo que en este contexto político no deben estarlo. Por otro lado, escribimos y trabajamos, y vendemos la fuerza de trabajo y nos ganamos la vida en unas condiciones no elegidas individualmente, ojalá logremos transformarlas mediante la lucha colectiva.
1 Digital Rights Management. Son tecnologías de restricción de uso aplicadas a diferentes formatos digitales, desde música a libros, y que limitan la capacidad de copiar o compartir los contenidos una vez adquiridos. Establecen, por ejemplo, el número de veces que pueden copiarse y pegarse en otro documento párrafos de un libro electrónico, o si éste puede utilizarse en varios e-readers o compartirse con otros usuarios.
* Artículo recogido de Escritores.org

sábado, 15 de enero de 2011

A Abu Dhabi con mi e-book

Hoy sábado me encuentro viajando para Abu Dhabi con mi e-book. Es mi primera salida con el aparato de marras. Los que me seguís, ya sabéis que me lo he comprado hace poco y que, a pesar de algún cargo de conciencia como el que tuve ayer con la biblioteca de mi padre, estoy muy contento. Las ventajas generales las he enunciado en otra parte del blog.
Ahora me voy a referir a las asociadas al viaje. Por ejemplo, antes era una movida seleccionar el libro/libros adecuados para los días fuera de casa. Que si no podías llevar muchos libros por falta de espacio, que si pesaban demasiado, que si había que diversificar los géneros/temas por si no te gustaba lo elegido y te veías obligado a vivir varios días en un aeropuerto cualquiera gracias a las nevadas (o a los controladores), etc. 
Nada de eso ha ocurrido en esta ocasión. No he dudado ni un segundo de qué libro llevar conmigo para soportar las más de seis horas de vuelo desde Frankfurt, aparte de otras dos desde Bilbao y cuatro de espera en el aeropuerto. He seleccionado una docena y listo. Novelas de intriga, novelas de culto, novelas basura, ensayos, biografías y poesía. También he traído QUE LEER (glups) ¿Alguien da más? Y todo ello con 250 grs. y un tamaño algo mayor que una cajetilla de tabaco (exagerando un poco). De esa forma he aligerado el equipaje, he aumentado mi mente, y he utilizado una mochila pequeñas para salvaguardar el aparato. Bueno, espero contaros cómo se vive la literatura basura desde esa parte del mundo. Desde luego en al aeropuerto de Frankfurt he visto mucha porquería, de esa de tapas llamativas y sábanas santas. Debe ser un mal generalizado. Es lo que tiene la globalización.

Biblioteca familiar


Una biblioteca es un lugar en donde las distintas inquietudes de su dueño adquieren forma, espacio, tiempo. Son, a mi entender, los templos modernos del recogimiento.
Ayer pasee por la biblioteca de mi difunto padre. Una biblioteca de más de 3000 ejemplares que fueron coleccionados con todo su amor y con todo su mimo a lo largo de su no excesivamente larga vida.
Volúmenes encuadernados en piel con las iniciales PFG como máximo orgullo; libros de ensayo en Alianza Editorial; de narrativa en Destino; de viajes y descubrimientos en Austral; obras completas en Aguilar. Cientos de libros, muchos de ellos hoy descatalogados, que llenaron –estoy seguro– sus horas de ilusión y también de desesperanza.
Fui testigo desde niño de la compra, de la lectura voraz, de los subrayados con lápiz, de la acumulación en estanterías, de la reorganización constante por editoriales, por autores, por temáticas. Fui testigo de su pasión hacia los autores clásicos y modernos, de su constante inquietud por el pensamiento, por la cultura.
Esos libros estaban ayer ahí rígidos, quietos, polvorientos, afirmaría que compungidos. Nadie, excepto yo de manera esporádica, los ha tocado en estos últimos tiempos.  Me estaban, me están esperando para seguir vivos. 
Y yo mientras, como si no existieran, jugando con mi e-book. Se puede caer más bajo? Seguro que sí.

viernes, 14 de enero de 2011

Sinde y cia*

[Amador Fernández-Savater, coeditor de Acuarela Libros, fue invitado (por azar, por error o por alguna razón desconocida) a una reunión con la ministra de Cultura y otras figuras relevantes de la industria cultural española para hablar sobre la Ley Sinde, el tema de las descargas, etc. En este texto cuenta lo que vivió, lo que escuchó y lo que ha pensado desde entonces. Su conclusión es simple: es el miedo quien gobierna, el miedo conservador a la crisis de los modelos dominantes, el miedo reactivo a la gente (sobre todo a la gente joven), el miedo a la rebelión de los públicos, a la Red y al futuro desconocido.]
La semana pasada recibí una llamada del Ministerio de Cultura. Se me invitaba a una reunión-cena el viernes 7 con la ministra y otras personas del mundo de la cultura. Al parecer, la reunión era una más en una serie de contactos que el Ministerio está buscando ahora para pulsar la opinión en el sector sobre el tema de las descargas, la tristemente célebre Ley Sinde, etc. Acepté, pensando que igual después de la bofetada que se había llevado la ley en el Congreso (y la calle y la Red) se estaban abriendo preguntas, replanteándose cosas. Y que tal vez yo podía aportar algo ahí como pequeño editor que publica habitualmente con licencias Creative Commons y como alguien implicado desde hace años en los movimientos copyleft/cultura libre.
El mismo día de la reunión-cena conocí el nombre del resto de invitados: Álex de la Iglesia, Soledad Giménez, Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo, Alberto García Álix, Ouka Leele, Luis Gordillo, Juan Diego Botto, Manuel Gutiérrez Aragón, Gonzalo Suárez (relacionado con el ámbito de los vídeo-juegos), Cristina García Rodero y al menos dos personas más cuyos nombres no recuerdo ahora (perdón). ¡Vaya sorpresa! De pronto me sentí descolocado, como fuera de lugar. En primer lugar, porque yo no ocupo en el mundo de la edición un lugar ni siquiera remotamente comparable al de Álex de la Iglesia en el ámbito del cine o Muñoz Molina en el de la literatura. Y luego, porque tuve la intuición de que los invitados compartían más o menos una misma visión sobre el problema que nos reunía. En concreto, imaginaba (correctamente) que sería el único que no veía con buenos ojos la Ley Sinde y que no se sintió muy triste cuando fue rechazada en el Congreso (más bien lo contrario). De pronto me asaltaron las preguntas: ¿qué pintaba yo ahí? ¿En calidad de qué se me invitaba, qué se esperaba de mi? ¿Se conocía mi vinculación a los movimientos copyleft/cultura libre? ¿Qué podíamos discutir razonablemente tantas personas en medio de una cena? ¿Cuál era el objetivo de todo esto?
Con todas esas preguntas bailando en mi cabeza, acudí a la reunión. Y ahora he decidido contar mis impresiones. Por un lado, porque me gustaría compartir la preocupación que me generó lo que escuché aquella noche. Me preocupa que quien tiene que legislar sobre la Red la conozca tan mal. Me preocupa que sea el miedo quien está tratando de organizar nuestra percepción de la realidad y quien está tomando las decisiones gubernamentales. Me preocupa esa combinación de ignorancia y miedo, porque de ahí sólo puede resultar una cosa: el recurso a la fuerza, la represión y el castigo. No son los ingredientes básicos de la sociedad en la que yo quiero vivir.
Por otro lado, querría tratar de explicar lo que pienso algo mejor que el viernes. Porque confieso desde ahora que no hice un papel demasiado brillante que digamos. Lo que escuchaba me sublevó hasta tal punto que de pronto me descubrí discutiendo de mala manera con quince personas a la vez (quince contra uno, mierda para...). Y cuando uno ataca y se defiende olvida los matices, los posibles puntos en común con el otro y las dudas que tiene. De hecho me acaloré tanto que la persona que tenía al lado me pidió que me tranquilizara porque le estaba subiendo la tensión (!). Tengo un amigo que dice: “no te arrepientas de tus prontos, pero vuelve sobre los problemas”. Así que aquí estoy también para eso.
Quizá haya por ahí algún morboso preguntándose qué nos dieron para cenar. Yo se lo cuento, no hay problema, es muy sencillo. Fue plato único: miedo. El miedo lo impregnaba todo. Miedo al presente, miedo al porvenir, miedo a la gente (sobre todo a la gente joven), miedo a la rebelión de los públicos, miedo a la Red. Siento decir que no percibí ninguna voluntad de cambiar el rumbo, de mirar a otros sitios, de escuchar o imaginar alternativas que no pasen simplemente por insistir con la Ley Sinde o similares. Sólo palpé ese miedo reactivo que paraliza la imaginación (política pero no sólo) para abrir y empujar otros futuros. Ese miedo que lleva aparejado un conservadurismo feroz que se aferra a lo que hay como si fuera lo único que puede haber. Un miedo que ve enemigos, amenazas y traidores por todas partes.
Quien repase la lista de invitados concluirá enseguida que se trata del miedo a la crisis irreversible de un modelo cultural y de negocio en el que “el ganador se lo lleva todo” y los demás poco o nada. Pero no nos lo pongamos demasiado fácil y pensemos generosamente que el miedo que circulaba en la cena no sólo expresa el terror a perder una posición personal de poder y de privilegio, sino que también encierra una preocupación muy legítima por la suerte de los trabajadores de la cultura. Ciertamente, hay una pregunta que nos hacemos todos(1) y que tal vez podría ser un frágil hilo común entre las distintas posiciones en juego en este conflicto: ¿cómo pueden los trabajadores de la cultura vivir de su trabajo hoy en día?
Lo que pasa es que algunos nos preguntamos cómo podemos vivir los trabajadores de la cultura de nuestro trabajo pero añadiendo (entre otras muchas cosas): en un mundo que es y será infinitamente copiable y reproducible (¡viva!). Y hay otros que encierran su legítima preocupación en un marco de interpretación estrechísimo: la industria cultural, el autor individual y propietario, la legislación actual de la propiedad intelectual, etc. O sea el problema no es el temor y la preocupación, sino el marco que le da sentido. Ese marco tan estrecho nos atrapa en un verdadero callejón sin salida en el que sólo se puede pensar cómo estiramos lo que ya hay. Y mucho me temo que la única respuesta posible es: mediante el miedo. Responder al miedo con el miedo, tratar de que los demás prueben el miedo que uno tiene. Ley, represión, castigo. Lo expresó muy claramente alguien en la reunión, refiriéndose al modelo americano para combatir las descargas: “Eso es, que al menos la gente sienta miedo”. Me temo que esa es la educación para la ciudadanía que nos espera si no aprendemos a mirar desde otro marco.
Tienen miedo a la Red. Esto es muy fácil de entender: la mayoría de mis compañeros de mesa piensan que “copiar es robar”. Parten de ahí, ese principio organiza su cabeza. ¿Cómo se ve la Red, que ha nacido para el intercambio, desde ese presupuesto? Está muy claro: es el lugar de un saqueo total y permanente. “¡La gente usa mis fotos como perfil en Facebook!”, se quejaba amargamente alguien que vive de la fotografía en la cena. Copiar es robar. No regalar, donar, compartir, dar a conocer, difundir o ensanchar lo común. No, es robar. Traté de explicar que para muchos creadores la visibilidad que viene con la copia puede ser un potencial decisivo. Me miraban raro y yo me sentía un marciano.
Me parece un hecho gravísimo que quienes deben legislar sobre la Red no la conozcan ni la aprecien realmente por lo que es, que ante todo la teman. No la entienden técnicamente, ni jurídicamente, ni culturalmente, ni subjetivamente. Nada. De ahí se deducen chapuzas tipo Ley Sinde, que confunde las páginas de enlaces y las páginas que albergan contenidos. De ahí la propia idea recurrente de que cerrando doscientas webs se acabarán los problemas, como si después de Napster no hubiesen llegado Audiogalaxy, Kazaa, Emule, Megavideo, etc. De ahí las derrotas que sufren una y otra vez en los juzgados. De ahí el hecho excepcional de que personas de todos los colores políticos (y apolíticos) se junten para denunciar la vulneración de derechos fundamentales que perpetran esas leyes torpes y ciegas.
Tienen miedo a la gente. Cuando había decidido desconectar y concentrarme en el atún rojo, se empezó a hablar de los usuarios de la Red. “Esos consumidores irresponsables que lo quieren todo gratis”, “esos egoístas caprichosos que no saben valorar el trabajo ni el esfuerzo de una obra”. Y ahí me empecé a poner malo. Las personas se bajan material gratuito de la Red por una multiplicidad de motivos que esos clichés no contemplan. Por ejemplo, están todos aquellos que no encuentran una oferta de pago razonable y sencilla. Pero la idea que tratan de imponernos los estereotipos es la siguiente: si yo me atocino la tarde del domingo con mi novia en el cine viendo una peli cualquiera, estoy valorando la cultura porque pago por ella. Y si me paso dos semanas traduciendo y subtitulando mi serie preferida para compartirla en la Red, no soy más que un despreciable consumidor parásito que está hundiendo la cultura. Es increíble, ¿no? Pues la Red está hecha de un millón de esos gestos desinteresados. Y miles de personas (por ejemplo, trabajadores culturales azuzados por la precariedad) se descargan habitualmente material de la Red porque quieren hacer algo con todo ello: conocer y alimentarse para crear. Es precisamente una tensión activa y creativa la que mueve a muchos a buscar y a intercambiar, ¡enteraos!
Lo que hay aquí es una élite que está perdiendo el monopolio de la palabra y de la configuración de la realidad. Y sus discursos traducen una mezcla de disgusto y rabia hacia esos actores desconocidos que entran en escena y desbaratan lo que estaba atado y bien atado. Ay, qué cómodas eran las cosas cuando no había más que audiencias sometidas. Pero ahora los públicos se rebelan: hablan, escriben, se manifiestan, intervienen, abuchean, pitan, boicotean, silban. En la reunión se podía palpar el pánico: “nos están enfrentando con nuestro público, esto es muy grave”. Pero, ¿quién es ese “nos” que “nos enfrenta a nuestro público”? Misterio. ¿Seguro que el público no tiene ninguna razón verdadera para el cabreo? ¿No es esa una manera de seguir pensando al público como una masa de borregos teledirigida desde algún poder maléfico? ¿Y si el público percibe perfectamente el desprecio con el que se le concibe cuando se le trata como a un simple consumidor que sólo debe pagar y callar?
Tienen miedo al futuro. “¿Pero tu qué propones?” Esa pregunta es siempre una manera eficaz de cerrar una conversación, de dejar de escuchar, de poner punto y final a un intercambio de argumentos. Uno parece obligado a tener soluciones para una situación complejísima con miles de personas implicadas. Yo no tengo ninguna respuesta, ninguna, pero creo que tengo alguna buena pregunta. En el mismo sentido, creo que lo más valioso del movimiento por una cultura libre no es que proponga soluciones (aunque se están experimentando muchas, como Creative Commons), sino que plantea unas nuevas bases donde algunas buenas respuestas pueden llegar a tener lugar. Me refiero a un cambio en las ideas, otro marco de interpretación de la realidad. Una revolución mental que nos saque fuera del callejón sin salida, otro cerebro. Que no confunda a los creadores ni a la cultura con la industria cultural, que no confunda los problemas del star-system con los del conjunto de los trabajadores de la cultura, que no confunda el intercambio en la Red con la piratería, etc.
Eso sí, hablé del papel fundamental que para mí podrían tener hoy las políticas públicas para promover un nuevo contrato social y evitar la devastación de la enésima reconversión industrial, para acompañar/sostener una transformación hacia otros modelos, más libres, más justos, más apegados al paradigma emergente de la Red. Como se ha escrito, “la inversión pública masiva en estudios de grabación, mediatecas y gabinetes de edición públicos que utilicen intensivamente los recursos contemporáneos -crowdsourcing, P2P, licencias víricas- podría hacer cambiar de posición a agentes sociales hasta ahora refractarios o poco sensibles a los movimientos de conocimiento libre”(2). Pero mientras yo hablaba en este sentido tenía todo el rato la sensación de arar en el mar. Ojalá me equivoque, porque si no la cosa pinta mal: será la guerra de todos contra todos.
Ya acabo. Durante toda la reunión, no pude sacarme de la cabeza las imágenes de la película El hundimiento: encerrados en un búnker, sin ver ni querer ver el afuera, delirando planes inaplicables para ganar la guerra, atados unos a otros por fidelidades torpes, muertos de miedo porque el fin se acerca, viendo enemigos y traidores por todos lados, sin atreverse a cuestionar las ideas que les arrastran al abismo, temerosos de los bárbaros que están a punto de llegar...(3)
¡Pero es que el búnker ni siquiera existe! Los “bárbaros” ya están dentro. Me gustaría saber cuántos de los invitados a la cena dejaron encendidos sus ordenadores en casa descargándose alguna película. A mi lado alguien me dijo: “tengo una hija de dieciséis años que se lo baja todo”. Y me confesó que no le acababa de convencer el imaginario que circulaba por allí sobre la gente joven. Ese tipo de cosas constituyen para mí la esperanza, la posibilidad de razonar desde otro sitio que no sea sólo el del miedo y los estereotipos denigratorios. Propongo que cada uno de los asistentes a la próxima cena hable un rato sobre el tema con sus hijos antes de salir de casa. O mejor: que se invite a la cena tanto a los padres como a los hijos. Sería quizá una manera de sacar a los discursos de su búnker, porque entonces se verían obligados a asumir algunas preguntas incómodas: ¿es mi hijo un pobre cretino y un descerebrado? ¿Sólo quiero para él que sienta miedo cuando enciende el ordenador? ¿No tiene nada que enseñarme sobre el futuro? El búnker ya no protege de nada, pero impide que uno escuche y entienda algo.

* Artículo de Amador Fernández-Savater (11-1-11) en blog de Acuarela de libros y en El País.